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04 noviembre 2010

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Estimados Escribidores, estimados Literaturos, estimados Fotografistas, lectores, comentaristas y visitantes distraídos:

Con toda humildad me atrevo a solicitar su apoyo para la publicación del texto que adjunto. La historia es como sigue: vagaba por las calles del centro de la ciudad de México, cuya historia y sitios de interés me son casi totalmente desconocidos (situación que, dicho sea de paso, intento solucionar en estos meses de desempleo), y terminé en una iglesia pequeñita, una casa de muñecas enclavada en la callecita a la que llaman Manzanares. Como no soy muy entendido de casi ninguna cosa, en lugar de ver los lindos detallitos de esa casita dedicada al Señor, me hinqué y fervientemente me puse a rezar un padrenuestro. Pero soy de atención dispersa, por lo que más bien terminé viendo el piso porque se puso a correr por ahí una cucaracha. La seguí con la mirada y vi que se metió en una ranura de la que salía un pedacito de tela toda vieja. Me fui a ver qué cosa era y la jalé. Y mientras más jalaba, más tela iba saliendo. Y la tela tenía un montón de cosas ahí escritas. Como estoy desempleado, dediqué los siguientes dos días a descifrar y transcribir lo que entendí. Inventé algunas cosas (bueno, muchas), porque no todo se veía muy claro. Pero me dio un montón de susto, porque fíjense qué cosa extraña: terminé con mi trabajo ayer: tres de noviembre de dos mil diez, justamente un día antes de la fecha que dice el cuento o lo que sea. Y más raro todavía: le habla a una persona que se llama Iván. Yo me llamo Iván, pero igual hay muchos ivanes por el mundo. Además, yo no tengo caballos. Ayer mismo, en una recepción, a todos los presentes les anduve contando, a todos, que en mi vida he tenido ni pizca de caballos. Dejo a su estimable consideración la amable publicación del texto.


Iván

---Comienza texto adjunto---

Si todo sale de acuerdo con mis cálculos, este perpetuo volar sobre el lomo de mi caballo volador no habrá sido en vano. Si los pasos se han seguido con precisión, este texto —escrito desde el que usted quizá considera un pasado remotísimo, ahistórico, merecedor del desdén de su curiosidad, varado en un punto ciego del tiempo, un instante inanimado, inadvertido, silencioso, jamás incluido en los libros de texto— será publicado el día cuatro de noviembre de dos mil diez en una bitácora colectiva y se hará pasar por un texto de ficción. Si usted ha sido lo suficientemente cuidadoso, habrá preparado el terreno con suficiente antelación y hará creer al resto de los participantes del colectivo que éste es un cuentito enviado por un escritorcillo invitado para la ocasión. Sin embargo, estimado Iván, usted y yo sabemos lo que está en juego. Recuerde borrar este primer párrafo antes de enviar el texto, o toda la misión podría verse comprometida, y todas las sospechas podrían caer directamente sobre usted, especialmente si aún conserva alguno de los caballos voladores. Usted es el último eslabón de un proceso que comenzó en la más remota y oscura de las antigüedades, y sólo usted puede hacer que el mensaje llegue al Volantísimo. En su discreción confiamos.

El grandísimo caballo volador (un cuentito de Diana Solano)

No hay puesteros más amables que los del Mercado de San Juan. Me dijeron los nombres de todas las frutas y verduras extrañas que encontré a mi paso. No recuerdo ninguno de esos nombres, tampoco los lugares de origen o las intrincadas recetas, por supuesto, pero sí la divertida estampa de las calabazas gigantes, los cebollines morados y los ejotes de un metro y medio de longitud. Me tomé la foto con el lechoncito pelado del pasillo dos —“Mamíferos adorables”— y observé con detenimiento la sanguinolenta carne de león del pasillo seis —“Mamíferos malvados”—. Casi al final de mi recorrido por los asombrosos pasillos —la feria de fenómenos del mundo de los abarrotes— encontré el puesto de los huevos de avestruz, y durante quince minutos discutí con la encargada las maravillas de las avestruces y los consecuentes precios elevados de sus productos: doscientos pesos el huevo ornamental, vacío; cuatrocientos el normal, listo para hacer un huevo con chile para tres meses; veintisiete millones ochocientos veintitrés mil cuatrocientos veintiséis —susurró el número sagrado— monedas de platino si eres quien creo que eres. Me llevo el ornamental: mi tía les pone lentejuelas, ja, ja, ja. Le di el viejo billete de doscientos: donde antes estaba el Claustro de Sor Juana, se leía, a la luz del detector de billetes falsos: “Las maletas ya están con Celestino —pasillo doce: ‘Tubérculos peludos y solanáceas fluorescentes’—. Por instrucción de los Volantes, fundí el platino; encontrará una enorme barra en cada maleta. Las exhibirá con un letrero —técnica: esterbrook sobre cartulina naranja—: ‘Mantequilla de ostra del Índico. Mercancía invaluable. Tóxica. Niños: cuiden a sus papás’. Las sacará una a una en los siguientes meses y las conducirá a su siguiente destino. Buen trabajo, Antena. En su discreción confío. Hasta el siguiente Gran Vuelo. Diana”. (Iván: mucho le encargo que cambie los nombres antes del último envío de esta comunicación. Dadas las circunstancias por nosotros ampliamente conocidas, no tengo creatividad suficiente para cambiar algo tan simple como eso; las molestias serán ampliamente compensadas por la generosidad del Volantísimo.)

Antena me dio el huevo, que llevé hasta el paradero de los Volantes, no sin antes pasarme por la pulquería local y echarme un curado de guayaba, darme una vuelta por el entonces todavía funcional mercado de artesanías y comprar una olla de barro negro y tomar un café en El Cordobés, donde encontré, finalmente, a Aura. A voces le conté lo bonito y popular de ir al Mercado de San Juan a comprar un huevo de avestruz ornamental para ponerle muchas lentejuelas, lo colorido de ir al mercado de artesanías, lo sabroso de los curaditos con su botana caldosa. A voces celebró conmigo que al fin hubiera decidido conocer una zona tan pintoresca de la ciudad. Nos despedimos. (Iván: si considera que no es muy claro este párrafo, le pido que lo aclare sin perder el ritmo de la narración. Debe entenderse que no en vano se confió en mi discreción, pues claramente entregué el recado, a la vez que disimulé la misión y la hice pasar por un paseo cultural lleno de color y tradición.)

Fui recibida en el atrio mismo del paradero de los Volantes, donde desempaqué la mercancía, para conmoción de todo el grupo. Comenzó entonces el Gran Proceso: la larga iluminación con lámparas de halógeno (Iván: no puedo desandar mis pasos en la escritura de este urgente documento: inserte, donde lo crea correcto, que durante mi “paseo” me detuve en la tienda de Alón, en Artículo 123, a recoger las lámparas), la lentísima incubación, los interminables segundos de la ansiada gestación de los caballos. Fue después de veintisiete millones ochocientos veintitrés mil cuatrocientos veintiséis segundos que el huevo comenzó a quebrarse para dar a luz al más sublime de los milagros: veintisiete millones ochocientos veintitrés mil cuatrocientos veintiséis caballos voladores, que fueron inmediatamente embalados y enviados con instrucciones precisas a los miembros de la sociedad secreta, excepto, claro está, los que por derecho y obligación nos correspondían. (Iván: usted recibió los suyos con las instrucciones anexas: ¿considera necesario reproducir el mensaje que entonces se emitió? Si es así, por favor transcríbalo; si no, se puede narrar directamente cómo volvimos al 27 823 426 d.V. a pisar las mariposas. No sé si usted todavía tenga ese recado en su poder. Era éste: Recomendaciones su discreción y eficacia, persuadídonos han confiarle patriótica, vital, importantísima misión. Caso éxito, será recompensado con profundidad. Ante nos preséntese, rayo.)

Cuando todos hubieron recibido sus caballos, doblaron por nosotros las campanas de La Profesa. Supimos entonces que era momento de montar hacia el pasado remoto, nuestra línea del tiempo original. Volvimos e hicimos lo que no pudimos hacer la primera vez que el Volantísimo nos dio la oportunidad: pisamos —nosotros y también los caballos— las mariposas de donde hoy reposa el estéril estado de Michoacán: acabamos con las más viejas y opacas, con las naranjas y brillantes y sanas y veloces, con los capullos esperanzados, con las orugas viscosas. Efectivamente, si hoy, cuatro de noviembre de dos mil diez (Iván: le recuerdo que es vital que el texto sea publicado ése y no otro día), el Volantísimo despierta a su artificial línea del tiempo, podrá corroborar que Michoacán es estéril, clara prueba de que hemos cumplido cabalmente la misión y que absolutamente todo ha cambiado en el destino de los hombres. Para él habrá pasado un día, pero nosotros habremos estado vagando desde entonces, volando en la espesa oscuridad sobre nuestros caballos. (Todos, menos usted, Iván, a quien, qué extraño, no hemos encontrado pisando las mariposas: entregue el mensaje; será perdonado. Caso éxito, nos veremos en el siguiente Gran Vuelo.)

---Fin del texto adjunto---

5 comentarios:

Lexihel dijo...

Por volantísimo! Que historia tan volátilmente buena. No se hacia donde volé, pero volé... Es... Es como un sublime y violento vuelo. Si se entiende... No? Cierto... No..!

MauVenom dijo...

Diana

Tengo envidia de las sociedad secreta y urgencia por volver a ciertos mercados

me he perdido del paso de los caballos o será que no han llegado a destino y finalmente liberados... sigo envidiando a tal sociedad secreta

pero Triunfo... han cambiado el destino de los hombres, en estos días en que con buena fórmula es posible hacerlo mediante el sol, magia y dos o tres casualidades.

Gracias por participar con este magnífico texto.

(Ivan: buena elección, Iván, que lo proteja el Volantísimo).

Ivanius dijo...

Yo nunca, nunca he tenido caballos. Ni he pisado mariposas más que por accidente. Si el suelo está hecho de legumbres fractales es importante aprender a volar, aunque sea en nombre de un homónimo distante y hasta la multiplicación de lo volátil, digo, de lo Volante.

Pero no lo digo yo; todos creen que cuando hablo sólo balbuceo sueños,

Tel vez es algo que comí o leí.

Ahora soñaré que vuelo.

la MaLquEridA dijo...

¿Qué hay que hacer para obtener un caballito volador o pisar mariposas?. aunque preferiría verlas volar.

Qué bonito texto me ha echado a volar en un caballito con alas doradas.

Diana dijo...

Lexihel, MauVenom, Ivanius, MaLquErida: Muchas gracias a los cuatro por tener la paciencia de leer mi cuento y por detenerse a comentarlo. De veras, gracias.

Por otro lado, gracias a los Escribidores y Literaturos por darme chance de venir a macular su colectivo. Se me hace acá bien buena onda que dejen que almas inexpertas vengan a rayonear la página en blanco. De todo corazón, espero que mi cuento no les haya parecido una tontería insufrible, sino que se haya defendido ahí dos que tres, y que ustedes sigan abriendo sus puertas a más y mejores invitados. Gracias, pues, por dejarme participar de esto.

Un abrazo a todos.

D.