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20 enero 2011

El Disfraz del diablo




El disfraz del diablo


La historia de Juan Palomete es la de un descenso hacia las profundidas de la vida. Sin embargo, pudo haberlo evitado.



El gran problema de Juan, fue siempre el cigarrillo. El vicio comenzó de joven, cuando todavía no había pisado los quince años.


Para los veinte, fumaba alrededor de cuarenta cigarrillos por día. A los treinta, unos sesenta.
Cuando alguien le preguntaba la edad, debía mostrar el documento de identidad. Nadie le creía los "treinta y dos" que afirmaba tener.


La piel del rostro resquebrajada, el cabello ralo, los dientes manchados, el aliento fuerte, las manos temblorosas, los dedos sucios de nicotina, le daban apariencia de hombre orillando los cincuenta o incluso más.


Aquel que lo conociera, difícilmente podía imaginarse a Juan sin un cigarrillo encendido. Ya sea sosteniéndolo entre sus dedos, colgando en la comisura de la boca o apoyado en un cenicero, cerca de él.


Cuando las leyes antitabaco se pusieron de moda y fue obligación respetarlas, se vio obligado a dejar de fumar en la oficina. Esto motivaba que cada cinco minutos bajara por las escaleras, saliera a la calle y se encendiera un cigarrillo.


Volvía con el espíritu renovado, aunque tosiendo, como era costumbre. La tos era tan característica como el cigarrillo mismo. Podía saberse cuando Juan subía las escaleras por el sonido repetitivo de la tos, que por más que quisiera ocultar bajo dorso del brazo, llegaba a oídos de los demás.


No era bien visto que por querer fumar, dejara tanto su puesto de trabajo. Tuvo varios llamados de atención por ello y dado que su actitud no variaba, terminaron echándolo.


Con el dinero que le dieron de indemnización, puso un pequeño comercio, una especie de bazar. Pero no tuvo éxito. Su insistencia en atender fumando, con el cigarrillo colgando de la boca, lanzándole inconscientemente el humo a sus clientes, hizo que de a poco nadie ingresara al local comercial.


Debió cerrar. Se las ingenió para idearse un puesto de venta ambulante, con el que alternaba en dos o tres esquinas de la ciudad. Allí nadie podía recriminarle que fumaba, al menos estaba al aire libre.


Pero una colilla mal apagada, que arrojó debajo de la mesa que usaba para exhibir la mercadería que tenía en venta, provocó un incendió que acabó con todos sus productos y le produjo quemaduras en sus manos, mientras intentaba extinguirlo precariamente.
Sin dinero, perdió su casa. Por su obstinación con el cigarrillo y el hecho de no dejarlo a pesar de todos los problemas que le había ocasionado, tanto con el trabajo como con su salud, muchos de sus conocidos perdieron la paciencia y se alejaron.
La poca habilidad en sus manos, tras las quemaduras, hicieron que la búsqueda de trabajo fuera un fracaso continuo.


Vagó por las calles varios meses, sin dinero, mal vestido, sin amigos a los que recurrir. Deambulaba por bares, pidiendo cigarrillos a los clientes. Conseguía así no desprenderse de su vicio.


Una mañana húmeda despertó bajo los cartones que lo guarecieron en la noche con una sensación extraña, como si le faltase el aire. Sus pulmones estaban colapsando. Juan atinó a lo único que sabía hacer. Revolvió en sus bolsillos y sacó un cigarrillo arrugado, pero que aún servía.


Con manos temblorosas encendió un fósforo y prendió el último cigarrillo de su vida terrenal. Murió en la segunda pitada, con el culpable de su muerte colgando entre sus labios.
Su cuerpo fue arrojado a una fosa común, en el cementerio local. Sin lápida ni nada que indicase su presencia. Sin embargo, dicen los que visitan el campo sacrosanto que el lugar exacto dónde está enterrado es fácil de reconocer. Es allí dónde la tierra emana humo, en un hilillo poco denso, casi imperceptible, pero visible, sobre todo los días grises, en los que el cielo triste recuerda los fracasos de la vida y el diablo se ríe en alguna parte, feliz de sus actos, contento con sus logros.


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9 comentarios:

Netomancia dijo...

Gracias Sonia por la invitación!!!
Saludos!!!

Sonia. dijo...

Sorprendentemente tocas un tema que a muchos nos toca vivir desde distinta perspectiva, pero ese humo, ese hilo es aveces el conductor de las mas profundas conversaciones con alguien o consigo mismo, guarda infidad de pensamientos, se llega a encontrar un aliado poco confiable en la soledad pero hace que la misma no sea tan destructiva.

un disfraz... eso es solo lo que es.


Gracias a ti.

Mariano Magnifico dijo...

Un relato donde el asesino adopta dos caras: la de un elemento pequeño y la de uno mismo. Doble policial.

Excelente.
Saludos.

Netomancia dijo...

Gracias Sonia y Mariano. El asesino en estos casos es el propio ser humano, inconsciente e irresponsable. Cuando lo escribí, tenía un significado repleto de bronca, hoy tiene otro, lleno de dolor.
Nuevamente gracias por la invitación!

jess dijo...

Cualquiera de las personas que tenemos un vicio al cual no podemos dejar, entendemos a cabalidad tu texto.

Esperamos claro, no llegar a ese desenlace jejeje.

Saludos!

LUISTORRES dijo...

El inicio de tu relato es interesante, pero despues veo que repites mucho la palabra cigarrillo, pudiste usar otras palabras como pitillos o puchos la reiteracion de esta palabra hace del relato un poco tedioso de leer, en terminos generales un buen relato, un poco moralista pero de un final aceptable...

Saludos

MauVenom dijo...

Me pregunto que será lo que sale de la tumba de todos los demás

digo, si tuviéramos los ojos para verlo y el alma para entender.

Los vicios son desagradables... pero no por el hecho en sí, que si bien es molesto, lo es más la evidencia de lo débil que es el que lo porta.

Ahora que si el vicio es una dicisión terca... puede que se vea digno.

Saludos y gracias por estar aquí.

Con tinta violeta dijo...

Una historia real que se repite una y otra vez. Un mal, como tantos, que nos convierte en esclavos de un gesto, que a la postre arruina la vida...Me gusta el recurso final del hilo de humo escapando de la tierra. El protagonista fallece, es el diablo quien puede calificarse de contumaz.
Saludos!

Carlos de la Parra dijo...

Celebro éste relato anti tabaco.
Al protagonista ,al igual que a los fumadores les hace falta saber que el cigarrillo es una entidad engañosa que promete algo que no cumple, sin embargo tiene el degenerativo efecto de degenerar la salud.
Basta afirmarse en prometerse : Jamás fumaré un cigarrillo,no importando la neurosis del hábito vicioso causado por su abstinencia, y comenzará todo a mejorar en tu salud y tus nervios y acabarás celebrando el resto de tus días eliminar de tu vida al fantasma canceroso y portador de incontables daños que resulta ser el tabaco.
COMIENZA YA.
Yo llevo más de treinta años celebrando haber cesado éste vicio.