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14 enero 2012

Vintage


Fue un buen golpe. Con esa venta iba a tener para comida y mota para tres, tal vez cuatro semanas. Genaro iba más que entusiasmado mientras pedaleaba esa bicicleta rosa de esas a las que llaman vintage,  su robo había sido más que fácil. Ahí estaba, en un pequeño patio de rejas muy bajas, sin cadena, con una casa en absoluto silencio –como suelen estarlo la mayoría a las tres de la mañana-, con una familia de sueño muy pesado. Los había visto apenas unos días atrás: una pareja joven en espera de un bebé. Seguro no iban a necesitar la bicicleta. Al menos no les iba a doler demasiado…
Eso pensaba Genaro mientras se dirigía a su casa en ese bólido rosado de tono cremoso. El viento no tan frío de la madrugada de verano le daba -como a todo aquel que lo haya hecho- una sensación de libertad –esa libertad que justo por ese acto corría el riesgo de perder- y confort –a esa menos acostumbrado- que se alcanza cuando alguien se siente dueño de su espacio, cuando se siente también, soberano de sí, de su voluntad. Tal era su excitación que tocó la campanilla varias veces. Los escasos transeúntes y conductores que se cruzaron con él no pudieron más que sonreír ante tal espectáculo: un hombre de un físico magro pero realmente mal encarado que mostraba tal felicidad sobre una bicicleta tan femenina –por no decir aniñada- no era causa de burla sino de buen humor. Era una especie de milagro, de esos milagros bizarros que ocurren en las madrugadas de las grandes ciudades.
Cuando Genaro llegó a su casa, buscó el mejor sitio para colocar la bicicleta. ¿En donde estuvo alguna vez la sala o en donde quedaban las patas de la mesa? Era difícil decidir en una casa pequeña sin muebles. En eso estaba cuando la voz de su madre lo obligó a salir de su concentración.
-Ya era hora cabrón. ¿Qué conseguiste?
-Una bicla.
-¿Está buena?
-Simón.
-¿Cuánto crees que te den por esa chingadera?
-No sé. Chance si la llevo al empeño me den más que si se la dejo al gordo.
-Pues te la llevas de una vez, no tenemos ni madres qué comer.
-Nel, la llevo en la tarde.
La anciana respondió con un portazo. Entró a su recámara murmurando algo que a Genaro no le importaba.
Observó de nuevo la bicicleta y al ver la canastilla blanca vacía, decidió colocar ahí su encendedor, su más preciado –por no decir único- bien.
Al caer la noche, Genaro tomó la bicicleta y se encaminó a casa del gordo. Seguramente le iba a ofrecer poco dinero pero una buena ración de mota. Mota, la mota que ya le hacía falta. La mota que quería probar mientras pedaleaba. El toque final a la sensación que le causaba la bicicleta.
No es que Genaro nuca hubiera tenido una bicicleta. Por allá de los 8 años tuvo una de segunda mano: azul, de montaña. Estaba re buenota la bicla pero como casi todo en su vida, se tuvo que vender. Una madre vieja que apenas si podía caminar y apartar lo que se podía vender de la basura no le dejaba muchas posibilidades de juego. Sus travesuras fueron la preparación para su oficio, aunque también sabía que no había nacido para cosas grandes. Se dedicaba a robar autopartes, a ordeñar autos y revender gasolina, a hurtar ropa de los lazos descuidados, algunas veces cosas más interesantes como muebles mal colocados, juguetes y bicicletas…ahhh…bicicletas. Nunca una como esta, tan…delicada.
Decidió cambiar su rumbo. No iría con el gordo sino con la gorda. Ella le fiaba la mota. Le urgía un gallo. Sabía que esa noche no se iba a deshacer de la bicla. Sabía que eso le traería problemas con su madre, pero no le importaba demasiado. Sabía que la quería, que era suya, que sin costarle era suya de una forma en la que no había sentido algo suyo antes. Un tipo que andaba de allá para acá con su actitud escurridiza y aspecto no tenía siquiera secuaces. Así lo enseñó su madre a base de trabajillos y golpizas, no se puede confiar en nadie, ni siquiera uno en el otro.
Pasaron varias noches. Pelas, golpes, rasguños, gritos. Genaro y su madre jamás se pondrían de acuerdo: vender o no la bicicleta. Podían detenerlo. Podía moverse más rápido con lo que consiguiera. Podía comprarse una más barata con lo que le sacara. Pudo mandarlo a la escuela. Pudo ser más listo. Pudo haberlo cuidado mejor. Pudo no nacer. Podía callarse.
Las semanas se les volvían pesadas. Las ansias lo carcomían. Pocas cosas habían caído en sus manos y los estragos del hambre se hacían notar en su humor. No se soportaban. Genaro encontraba paz únicamente al salir de la casa en su vehículo. No se atrevía a  dejarlo solo con su madre. Conocía su mala salud, su poca fuerza y su mala entraña. Sabía que podía desaparecerla, destruirla, venderla.
Una mañana soleada, molesta. El estómago de Genaro rugió. A hurtadillas entró a la recámara de su madre. Seguro tendría algo escondido para comer que no pensaba compartirle. Tropezó y no hubo respuesta, ni un golpe ni un ruido. Genaro sintió tanta soledad y alivio. Era su primer encuentro con la muerte.



5 comentarios:

QUANTUM dijo...

Hay una frase que escuché en el film
'Braveheart' que dice:

"Si la muerte te sonrie, devuélvele la sonrisa"

[Because I Got High ]

Enoch dijo...

La cadena se ve rota. Pequeño detalle que hace inverosímil lo demás.

Unknown dijo...

Quantum: I got High me ha hecho reír de una forma que no esperaba hacerlo esta noche. Muchas gracias.

Enoch, mi fantasma. Un buen observador sabría que la cadena no está rota, sólo zafada.

Ivanius dijo...

Se le quitó el hambre; tal vez después de pasear en bicicleta...

QUANTUM dijo...

*GLADIATOR