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25 octubre 2010

Del dicho al hecho...



Por Mara Jiménez


Me costó muchos años lograr la abstracción mental que requería entender los dichos de mi abuela; ella casi siempre terminaba sus intervenciones en una conversación con un dicho de esos que me dejaban pensando horas y horas. Así aprendí aquello de: “Del agua mansa líbreme Dios, que de la brava me libro yo”; “Cuando Juan habla de Pedro, se conoce más a Juan que a Pedro”; “Tiene más el rico cuando empobrece que el pobre cuando enriquece”; “Al enemigo que huye, puente de plata”; “Más vale ser cabeza de ratón, que cola de León”; en fin, la colección infinita que mi abuela tenía para cada preciso momento, para amarrar con certeza cada situación, para presentarse ante mis ojos como un ser sabio, lleno de mundo y anécdotas.

De todos sus dichos, había uno en especial que repetía con más frecuencia que los demás, y que me intrigaba de sobre manera: “En la cárcel y en la cama, se conoce a los amigos”. ¡Qué duro me parecía el camino de la amistad escuchando aquello! Más aún tomando en cuenta que cuando mi abuela se refería a alguna de mis amigas de infancia, lo hacía como “Tu compañerita”, como si ninguna de mis congéneres hubiera alcanzado ante los sabios ojos de mi abuela la categoría suficiente como para referirse a ella como mi AMIGA. Las conclusiones que sacaba, era que me iba a ser imposible consolidar una amistad verdadera, a menos que estuviera yo presa, cosa que no era muy probable a los 8 años, o que cayera yo en situación de hospital y conociera en la cama contigua a aquella especial persona que habría de acompañarme el resto de mi vida, ostentando la calidad de “AMIGO”.

Mi oportunidad llegó más rápido de lo que esperaba, pues fue en esa época cuando mi padre me anunció que era indispensable someterme a una extirpación de amígdalas, pues mis fiebres e infecciones recurrentes estaban atentando contra mi proceso educativo. Yo casi moría de la emoción. Además del hecho de haberme sentido siempre morbosamente atraída a los hospitales y los salones de operaciones, estaba la promesa de que la recuperación de dicha cirugía que llevaba como tratamiento indicado comer helado a diestra y siniestra, y además, según mi abuela y sus dichos, de conocer a un verdadero amigo. Así pues, me interné en el hospital llena de emoción y expectativas acerca de mi futuro cercano. Mi cuarto tenía, en efecto, dos camas, pero me desilusioné un poco al ver la segunda vacía y apenas con un cubre colchón azul sobre ella. Pensé para mis adentro que de un momento a otro, internarían ahí a otra criatura de mi edad, pero no fue así. A la mañana siguiente a mi ingreso me fui al salón de operaciones por mi propio pie, un tanto molesta, dedicándole una última mirada a aquella cama vacía que me iba a dejar sin amigos. Después, un pinchazo doloroso en el brazo, una máscara, y mi papá que se despedía sonriente detrás del cubre bocas verde… oscuro total.

Recuerdo esa visión tan extraña obtenida con una rendija del ojo derecho abierto, que me regaló una imagen primero borrosa, después más nítida, de una niña de 8 años en la cama de al lado, en la sala de recuperación, que me miraba con una rendija del ojo izquierdo medio abierto. Después de un tiempo indefinido, cuando pude verla con claridad, es decir, con la claridad que da la anestesia con sus efectos secundarios, me descubrí a mí misma, escudriñándome desde la otra cama. Algo en mi cerebro entendió que las cosas estaban un tanto confusas, y como a la orden de CTRL+ALt+DEL de una computadora, volví a quedarme profundamente dormida.
El siguiente despertar, muchas horas después, me ofreció la visión de mis dos enormes, rojas y mutiladas amígdalas yaciendo sobre una gasa. Era mi padre que había estado esperando mi despertar para compartir conmigo el triunfo del enemigo vencido. Me interesé un poco más, las toqué para ver sí, sabiendo que eran mías, sentiría algo. Pero no, mis anginas estaban bien muertas, yo estaba ya en mi habitación, y la cama de al lado seguía vacía.

Ya en casa reflexioné sobre la oportunidad que había perdido de conocer a un amigo en la cama del hospital. ¿Sería posible que hubiese malinterpretado el sentido del dicho de mi abuela? En la cárcel y en la cama, en la cárcel y en la cama… ¡Claro! De pronto me di cuenta de mi error. Los esposos, esos eran los mejores amigos, ahí se daba uno cuenta de con quien contaba. Cerré el expediente de ese dicho, satisfecha.

Al año de este evento mis padres se divorciaron.

Hoy en día tengo pocos amigos.

10 comentarios:

Houellebecq dijo...

A mí también me ha pasado a menudo que dichos sin sentido en mi infancia lo han cobrado por completo al madurar. Menos mal que están ahí para cuando los podemos apreciar. Me ha gustado esta entrada.

Sofía_ Selegna dijo...

Excelente entrada!! Sabea, al llegar a la parte en la que el personaje se mira así misma pensé que nuestro mejor amigo es uno mismo, pues somos con nosotros con quienes convivimos toda la vida.

De los dichos, muchos encienrran razón pero no son literales según mi experiencia. Más bien los amigo surgen cuando la vida se pone pesada e insoportable.

Saludos y me encanto =D

ANYELYT.. dijo...

Buen post, me encantan los dichos desde niña unos eran obvios para entender otros no tanto pero lograban su objetivo hacernos pensar ,meditar etc.
SALUDOS.

jess dijo...

La sabiduría popular....

Siempre tan fidedigna.

Íjoles la verdad es que yo espero no tener que poner a prueba a mis amigos!!!!

Aunque jejeje mi organismo es un tanto defectuoso y los he tenido a mi lado en tres ocasiones. :)

Saludossss!!!

Un tipo dijo...

Aunque me encanta como relata todo, el final quedó muy corto (en todo caso habría sido mejor como microrrelato).


Pero muy chido :)


Saludos.

Eva Magallanes dijo...

¡Hay mucho trecho!... quizás ese refrán se refiere a que puedes constatar o no, si una persona que ya consideras tu amigo/a es "de verdad" tú amigo/a, cuando te encuentras en situaciones límites como la enfermedad o la cárcel. Es decir, tu abuela quizo decir que los que te acompañan allí y mantienen su lealtad, son verdaderos amigos. Y más al "hueso": los amigos se ven en las buenas y en las malas, en las duras y en las maduras.
A mi también me operaron de amígadalas cuando niña y me encantan los refranes y las formas de expresiòn que dan identidad a un pueblo, a una cultura. Si te interesa, te invito a:
http://www.elsurnuestro.blogspot.
com
Allí en el archivo encontrarás la categoría: Identidad del Sur y en ella refranes y modos de decir.
Un abrazo fraterno desde el confín austral.

marichuy dijo...

Querida

Los refrenas pueden tener, me parece, más de una interpretación. Mi abuela repetía mucho ese refrán pero yo siempre lo he entendido de forma distinta:

El amigo, el verdadero amigo, será aquel que no te abandone en la enfermedad ni en las dificultades. Ahí, en esos momentos dificultades, es cuando se diferencian los verdaderos amigos de los simples compañeros.

Besos

Mara Jiménez dijo...

Me he reido mucho pensando en mi poca claridad para escribir, jajajajajajajajajaja! Desde luego que yo sé lo que significa ese refrán, aprendí con los años que los verdaderos amigos están con nocotros en las situaciones límites y que es a través de estos tamices que uno se va quedando con unos cuantos compañeros de vida. Pero a los ocho años, no logré entenderlo así. Si, este relato es anecdótico.

Houellebecq: Quizás parte de crecer, sea entender la vida desde el punto de vista de los adultos que una vez vimos con la mirada hacia arriba. Gracias!

Sofía Selegna: Yo también quiero creer que era una viso, y que al final uno sólo cuanta con uno mismo. Gracias!

Anyelyt: Pensar y vivir, o a lo mejor vivir para pensar. Gracias!

Jess: No te creo nada, si eres una amiguera de lo pior... y uno de esos espíritus que nacieron para caminar acompañdos, jejejeje. Un besito.

Un tipo: Tienes razón, pero así acaba... o a lo mejor se completa el día que me muera!!! jua, jua, jua. Gracias por tu comentario.

Eva: Un saludo al sur, al que espero volver prooooontoooooo. Yo sé lo que quería decir mi abuela, lo sé hoy, lo supe después.

Marichuy bettyblue: En este caso, el que tu describes es el único significado... pero repito, yo esperaba que el hospital me trajera una amiga, mucho helado, y atención. Oajlá la vida fuera igual d efácil que como lo era cuando tenia ocho años! Un besito.

Ivanius dijo...

No sé qué es mejor: el rcuerdo, el hospital o el refrán. Quizás el conjuntarlos en relato.

Voy por helado.=)

MauVenom dijo...

La amistad, como ramificación del amor es algo tan complicado como satisfactorio

existe pero como todo en la vida, lejos de lo que imaginamos iba a ser

más nos vale aprender a entender y asimilar.

Amo los refranes y la sabiduría de las abuelas.

Besos