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13 diciembre 2010

ella se fue

por  marichuy 


En el principio fue el habla. Más bien los gritos. Aislada en aquel cuarto situado al final del corredor, Alejada de todo y de todos, el instinto de supervivencia dotó a sus pulmones de una fuerza que nadie habría creído posible en su pequeño cuerpo de 18 meses. Y ahí estaba ella: primero gritando sólo cuando su hora de comida se pasaba sin que nadie le levara su biberón; para después alternar los llamados en pro de la alimentación con otros cuyo motivo nadie sabía definir: no eran enojo o llanto -de hecho no lloraba nunca… ni siquiera cuando tenía hambre-, más bien parecía un llamado de atención, una forma de recordarles que allí, en esa habitación del fondo del corredor, estaba ella… por si lo hubieran olvidado el resto de os habitantes de la casa, demasiado ocupados en sus cosas como para hacerle compañía al mimbro más pequeño de esa familia tan numerosa como excéntrica, que parecía haber olvidado cómo tratar a un bebé , pues salvo que llorara se desentendían por completo de ella. Así que no le quedaba más remedio de dar de gritos de vez en vez… nomás para que no se olvidaran de su existencia. Yo la conocí en mi adolescencia, durante mis vacaciones de verano en aquel pueblo, la tarde que llegué de visita a su casa acompañando a mi abuela. Nada más entrar, escuché sus gritos desde el cuarto del fondo del corredor, desacostumbrada a los disimulos no puede evitar preguntar quién era ese bebé con tan buenos pulmones, a lo cual la anfitriona respondió: "es Lucía que se harta de esta sola y quiere que alguien le vaya a hacer plática". Y yo, que tampoco conocía la prudencia, pregunté si ese alguien que le hiciera la plática podría ser yo, a lo cual la dama contestó casi aliviada que sí. Y así fue como se inició mi "amistad" con esa niña de grandes ojos y potentísimos pulmones. Pasé todo mi verano yendo cada día a platicar con una bebé de 18 meses, al principio no entendía qué quería, pero poco a poco aprendí a interpretar cada uno de sus gritos, a diferenciar sus necesidades, a saber que cada gritillo perseguía algo distinto: a veces reclamaba comida, otras sólo deseaba que le acercara algún objeto y en ocasiones lo que quería era que le leyera un cuento. Como esto último era a mi libre albedrío, casi siempre le leía Rapunzel pues según yo con ese cuento era con el que más inquieta y risueña se ponía (quizá sólo era mi imaginación), abriendo desmesuradamente sus redondos ojos, como si entendiera la historia, como si ella fuera Rapunzel a la espera del príncipe. Yo carecía de experiencia para cargar bebés por lo que evitaba tomarla en brazos, pero conforme transcurrían mis días de niñera voluntaria también a eso le perdí el miedo y empecé a cargarla para sacarla al jardín o cuando menos asomarnos a la barranca desde el gran ventanal de su cuarto. Siempre me intrigó que a esa edad Lucía ni siquiera gateara, menos que diera sus primeros pasos. Una tarde mientras la tenía en brazos frente a la ventana estuvo a punto de caérseme. Jamás olvidaré el hueco, la sensación de vacío en mi estómago, al sentir que se me iba de los brazos. Afortunadamente todo quedó en susto. Curiosamente, fue esa tarde cuando la niña me pareció todavía más distinta a los bebés de su edad: durante la fracción de segundo en que casi la pierdo no hizo ningún intento por llorar ni siquiera una expresión de espanto, al contrario sonrió con más fuerza, como si disfrutara del momento (y de paso mi susto). El verano siguió su curso, el término de mis vacaciones llegó y con ello el final de mi experiencia como niñera. Mi último día en el pueblo fui a verla e intenté hacer un rato divertido, pero ella estaba extrañamente callada, casi no sonrió y por primera vez en todo el tiempo que llevaba visitándola, se quedó dormida a la mitad de la lectura del cuento. Nunca más la volví a ver.

Años después, dejada atrás mi adolescencia, volví al pueblo de mi abuela durante un puente vacacional y, claro, quise ir a la casa de Lucía. Sin más hacia allá me dirigí. Cuando estuve frente a ese viejo portón con herrajes antiguos, lo primero que vino a mi mente fue la tarde cuando estuve a un tris de tirarla, después… la historia de Rapunzel. El portón fue abierto por su madre, quien me invitó a pasar y una vez dentro ocupó un largo rato en contarme cantidad de anécdotas pueblerinas, hasta que por fin me animé a interrumpirla y preguntarle por Lucía. La mujer me miró como si le hablara en latín antiguo y tras unos minutos de duda, reflexión o sabe Dios qué, y como si me dijera el estado del tiempo, me respondió: Ah, Lucía se fue. Se fue ¿a dónde? fue mi obvia respuesta, ante la cual, sin cambiar un ápice la expresión de su rostro, ausente o desinteresada, la mujer contestó pues así sólo se fue: una tarde fuimos a pasear por los alrededores de la barranca, en algún momento yo me quedé dormida mientras leía y cuando desperté la niña ya no estaba. Desde ese día nunca más la volvimos a ver. Me lo dijo así, sin mostrar emoción alguna; tal vez el dolor la había vuelto inexpresiva. Yo quería seguir preguntando pero algo de prudencia había aprendido, así que tras unos minutos de silencio me despedí de ella. Más tarde, ya en casa de mi abuela, supe que efectivamente la niña se había esfumadoaquella tarde en la barranca y que jamás se supo bien a bien si murió, si alguien se la robó o qué. Nada. Al fin pueblo supersticioso, hasta se rumoraba que los chaneques* se la habían llevado. Al escuchar esas historias sentí pena por aquella niña de enormes ojos y potentes pulmones y ya contagiada de insensateces quise creer que tal vez en efecto algún chaneque se la había llevado. Era eso o pensar en el tráfico de niños... o en algo peor..

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imagen: Anne Julie Aubry. Más de la artista aquí: http://www.annejulie-art.com/


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09 diciembre 2010

Post it - Consecuencia




Por MauVenom





Entendí que enamorarse es urgencia de huir acompañado

después supe que caminar es trabajo de hombre solo

en medio queda no lo deseado, sino lo ocurrido.



La paradoja hoy es que me ocupan más las estrellas que el contacto.

Dejé las puertas demasiado abiertas, creo.



06 diciembre 2010

Perspectivas barcelonesas


Por Pelusa








Todas las imágenes tomadas por Pelusa en Barcelona, España. 2009-2010
 

02 diciembre 2010

Solsticio interno






Para asomarse a la ventana debió cerrar primero los ojos. La verdad nunca creyó obligarse a olvidar para hacer un breve esfuerzo y comprender, porque su ángel ya solía cubrirle el rostro de acuerdo a cada imagen.

Muy poco le faltó para habituarse a los destellos del cuadro interno: líneas transversales apuntando su mirada, ahora ya perdida o como fundida entre los aces que su mente creía detallar. A pesar del sedante, la muy profunda persistencia anidaba una idea todavía viva, aunque agonizante.

“¡Corre, corre! ¡Grita, Grita!”

Mucho se había ocultado y ya no pudo acceder a esa transición que siempre desdeñó según por inocua. Ignorar convenientemente recubrió su alma de comodidades falaces y sólo llantos de aire.

Al regresar y enterarse con esos ojos ya habituados a la oscuridad, su semblante reflejó un tenue deseo de continuar con aquel afanoso capricho convertido en vida, aunque apuntó que dicho atrevimiento nunca estuvo dentro de sus planes.

Callado otra vez, retrocedió y corrió la cortina.

29 noviembre 2010

La ruta que va al Sur.

Todavía recuerdo la manera tan particular que tenía la gente de esta Ciudad para saludar.

Entrecruzaban las miradas, sonreían ligeramente y conforme se iban acercando, la sonrisa se acentuaba más, luego, frente a frente tenuemente hacían una venia y comenzaban a platicar; pero nunca mencionaban sus nombres, porque la gran mayoría, carecíamos del mismo.

Sólo aquellos personajes trascendentales en la memoria de nuestro pueblo eran bautizados posteriormente; de allí sobrevino tu gran nombre: "El que hará cosas enormes.".

Pero tú siempre solías nombrarme al despedirte, tú sin tener nombre, me diste uno; y sin tener potestad alguna me obsequiaste un nombre con el que me he conducido instante tras instante, surtiendo efectos retroactivamente hasta el momento de mi concepción; ya desde el vientre materno, tu nombre y el mío estaban escritos en el libro de nuestra historia.

Has sido la única persona que ha atravesado esa barrera.

Sé muy bien que existen límites que no deberían ser cruzados nunca; generalmente nos provoca pánico el entrar a lo desconocido, y preferimos ese dulce aburrimiento a nuestro alrededor cotidiano.

Por eso me enamoré de Maximiliano.

Él era el claro ejemplo de la Anarquía, no obedecía el orden impuesto por los líderes de la Ciudad, infringió los cánones establecidos en su obituario, retó constantemente las palabras de desaprobación de su progenitor y las miradas suplicantes de su madre; resistió los castigos impuestos a su espíritu brioso, asumió la responsabilidad de todos y cada uno de sus actos; persiguió sus sueños con especial ahínco y frenesí, y se convirtió en aquél que habría de descubrir el camino más seguro para llegar a la Ciudad sin nombre que abasteció a nuestro pueblo las siguientes temporadas.

De allí trajeron semillas nuevas y fauna para alimentarnos y los conocimientos para fertilizar nuestra tierra y volverla más fecunda.

Quien hubiera creído que ese joven inquieto y pensativo, descubriría por sí solo, la manera de arribar a ese territorio descrito por los vientos del Norte.

Quien hubiera dicho que no sólo me hubiera nombrado a mí, sino también a la ruta que va al Sur.

22 noviembre 2010

Viñeta de otoño


por Ivanius

Algunas gotas de cielo gris descascaraban olores en la calle despeinada. Cada puerta o ventana abierta invita al asalto olfativo, preciso a escala industrial, agradable pero fuera de lugar. Noche de ciudad.


Más allá de la ventana, una presencia inquieta se dejó ver fugazmente. Su rostro no estaba claro, pero sí dos piernas que parecían colgar al infinito desde un abrigo verde.


Las sandalias deben ser carísimas, a juego con el pedicure y la pulsera de tobillo.


Ella quería algo o esperaba a alguien, porque no se movió en varios minutos a pesar del viento y la ligera lluvia, y no lo buscaba dentro, porque en el local, a esa hora, sólo había dos parejas: una de adultos mayores, que disipa el frío compartiendo una sopa de tallarines, y otra de jóvenes adultos, que intenta revertir la gemación a fuerza de besos. Los pocos habituales, por conocidos, no son tomados en cuenta.


Un automóvil se detuvo a su lado; fue fácil adivinar el breve diálogo, en un lugar y hora que alguna vez fueron de lo más sofisticado.


Entonces ella decidió entrar. La mesera, que tampoco perdía detalle, le ofreció café y una sonrisa, ambos por cuenta del hombre al final de la barra.


Ella no encontró lo que buscaba, y él no buscaba lo que encontró. Pero la naturaleza no le enseñó sólo al salmón cómo fluir contra la corriente.


"Viñeta de otoño". Relato de Ivanius. Texto: © Chanchopensante.com. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

18 noviembre 2010

De Visita


Por Sonia

Ramo de flores blancas, con pequeña aracnida y abeja.

Sony DSLR-A100 f/4.5 1/320 sec. ISO-250




15 noviembre 2010

Cena con Madame Sarcasme


Por Canalla

Venga y pruebe lo distinto
de este queso Mallarmé
mientras tejo macramé
y acompáñelo de un tinto,
queda aún del Baudelaire;
siempre me divierte ver
cómo sufren macilentos
esos perros sus intentos
y sus yerros de arrancar
de su carne y reencarnar,
cuando su único talento
es un poema decantado;
no abuse, tenga cuidado:
pegan rabia, matan lento.
-oooOooo-

12 noviembre 2010

destiempos y décimas musas



Escribir a pesar de todo, pese a la desesperación. No: con la desesperación
(Marguerite Duras, Écrire. Gallimard, 1993).

Pero al final no fue posible. Y no fue la desesperación quien venció, no competimos ella y yo. Fue algo más prosaico e irrebatible: el tiempo. Implacable e inexorable como sólo el puede ser, el tiempo me alcanzó antes de poder cumplir con mi sencillo cometido de relatar alguna historia aquí. Y ante ello, en vez de hacer mutis y fingir que no pasa nada, decidí decirlo así sin falsas excusas ni eufemismos: no hubo historia que contar. Es decir, historias hay muchas, siempre las hay. Como vuelve a decir Madame Duras en Écrire: todo escribe a nuestro alrededor. Pero alguien tiene que contarlo, relatarlo, que solo no lo hará y he ahí la falla, mi falla. Dicho esto, no me queda más que disculparme con los lectores de este blog y con mis compañeros del mismo. Y de una vez, ya que estoy ocupando un espacio y para terminar de romper con las formas, haré algo que no debería: subir un texto ajeno; en este caso un poema. La razón, o pretexto sí así lo quieren ver, es simple: hoy 12 de noviembre se celebra el 359 aniversario del natalicio de nuestra máxima poeta mexicana. Sor Juana Inés de La Cruz. Mujer luminosa y sensible de quien otros que sí saben ya han dicho bien, en especial el poeta Octavio Paz (en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, libro ampliamente recomendable si la vida de Sor Juana Inés de la Cruz les interesa), así que yo sólo me limitaré a celebrar su cumpleaños con un poema suyo.




Este amoroso tormento 
que en mi corazón se ve, 
se que lo siento y no se 
la causa porque lo siento 

Siento una grave agonía 
por lograr un devaneo, 
que empieza como deseo 
y para en melancolía. 

y cuando con mas terneza 
mi infeliz estado lloro 
se que estoy triste e ignoro 
la causa de mi tristeza.  

Siento un anhelo tirano 
por la ocasión a que aspiro, 
y cuando cerca la miro 
yo misma aparto la mano. 
Porque si acaso se ofrece, 
después de tanto desvelo 
la desazona el recelo 
o el susto la desvanece. 

Y si alguna vez sin susto 
consigo tal posesión 
(cualquiera) leve ocasión 
me malogra todo el gusto. 

Siento mal del mismo bien 
con receloso temor 
y me obliga el mismo amor 
tal vez a mostrar desdén.



[Sor Juana Inés de la Cruz
12 de noviembre de 1651-17 de abril de 1695]




Post Scriptum: aquí encontrarán un par de textos que pueden resultar de su interés, sobre la obra de la poeta mexicana Sor Juana Inés de la Cruz y Apuntes sobre Sor Juana o las trampas de la fe

   

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08 noviembre 2010

Acerca de las hojas






Por MauVenom



Se me ha dicho que las hojas en el viento son amores caídos de las vidas de los hombres

por eso el color de fuego, su estrepito, que se rompan al tomarlas

dejaron a su dueño en tiempo de avanzar cediendo a la corriente, así que en la nostalgia hay un júbilo frío con ilusiones de otros, el espejismo de haberlo tenido todo

robo el sentir ajeno de los viajeros vegetales en su ballet de noviembre, representación de por que las cosas cambian y no vuelven

descifro la coreografía y el hielo me la quita

estas hojas no me pertenecen, son pasiones prestadas que el aire revela para que yo aprenda, las que de mí fueron van lejos acusándome con un extraño

debo poner atención, no evitar la sonrisa o el dolor, lo que llegue está ya escrito y despertar podrá limpiarlo.

O eso dice el que me cuenta las cosas. Yo escucho.

Hablar con el otoño es don que otorga el estar solo.



Derechos Registrados
Safe Creative
Edit Work: 
1101278348302


04 noviembre 2010

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Estimados Escribidores, estimados Literaturos, estimados Fotografistas, lectores, comentaristas y visitantes distraídos:

Con toda humildad me atrevo a solicitar su apoyo para la publicación del texto que adjunto. La historia es como sigue: vagaba por las calles del centro de la ciudad de México, cuya historia y sitios de interés me son casi totalmente desconocidos (situación que, dicho sea de paso, intento solucionar en estos meses de desempleo), y terminé en una iglesia pequeñita, una casa de muñecas enclavada en la callecita a la que llaman Manzanares. Como no soy muy entendido de casi ninguna cosa, en lugar de ver los lindos detallitos de esa casita dedicada al Señor, me hinqué y fervientemente me puse a rezar un padrenuestro. Pero soy de atención dispersa, por lo que más bien terminé viendo el piso porque se puso a correr por ahí una cucaracha. La seguí con la mirada y vi que se metió en una ranura de la que salía un pedacito de tela toda vieja. Me fui a ver qué cosa era y la jalé. Y mientras más jalaba, más tela iba saliendo. Y la tela tenía un montón de cosas ahí escritas. Como estoy desempleado, dediqué los siguientes dos días a descifrar y transcribir lo que entendí. Inventé algunas cosas (bueno, muchas), porque no todo se veía muy claro. Pero me dio un montón de susto, porque fíjense qué cosa extraña: terminé con mi trabajo ayer: tres de noviembre de dos mil diez, justamente un día antes de la fecha que dice el cuento o lo que sea. Y más raro todavía: le habla a una persona que se llama Iván. Yo me llamo Iván, pero igual hay muchos ivanes por el mundo. Además, yo no tengo caballos. Ayer mismo, en una recepción, a todos los presentes les anduve contando, a todos, que en mi vida he tenido ni pizca de caballos. Dejo a su estimable consideración la amable publicación del texto.


Iván

---Comienza texto adjunto---

Si todo sale de acuerdo con mis cálculos, este perpetuo volar sobre el lomo de mi caballo volador no habrá sido en vano. Si los pasos se han seguido con precisión, este texto —escrito desde el que usted quizá considera un pasado remotísimo, ahistórico, merecedor del desdén de su curiosidad, varado en un punto ciego del tiempo, un instante inanimado, inadvertido, silencioso, jamás incluido en los libros de texto— será publicado el día cuatro de noviembre de dos mil diez en una bitácora colectiva y se hará pasar por un texto de ficción. Si usted ha sido lo suficientemente cuidadoso, habrá preparado el terreno con suficiente antelación y hará creer al resto de los participantes del colectivo que éste es un cuentito enviado por un escritorcillo invitado para la ocasión. Sin embargo, estimado Iván, usted y yo sabemos lo que está en juego. Recuerde borrar este primer párrafo antes de enviar el texto, o toda la misión podría verse comprometida, y todas las sospechas podrían caer directamente sobre usted, especialmente si aún conserva alguno de los caballos voladores. Usted es el último eslabón de un proceso que comenzó en la más remota y oscura de las antigüedades, y sólo usted puede hacer que el mensaje llegue al Volantísimo. En su discreción confiamos.

El grandísimo caballo volador (un cuentito de Diana Solano)

No hay puesteros más amables que los del Mercado de San Juan. Me dijeron los nombres de todas las frutas y verduras extrañas que encontré a mi paso. No recuerdo ninguno de esos nombres, tampoco los lugares de origen o las intrincadas recetas, por supuesto, pero sí la divertida estampa de las calabazas gigantes, los cebollines morados y los ejotes de un metro y medio de longitud. Me tomé la foto con el lechoncito pelado del pasillo dos —“Mamíferos adorables”— y observé con detenimiento la sanguinolenta carne de león del pasillo seis —“Mamíferos malvados”—. Casi al final de mi recorrido por los asombrosos pasillos —la feria de fenómenos del mundo de los abarrotes— encontré el puesto de los huevos de avestruz, y durante quince minutos discutí con la encargada las maravillas de las avestruces y los consecuentes precios elevados de sus productos: doscientos pesos el huevo ornamental, vacío; cuatrocientos el normal, listo para hacer un huevo con chile para tres meses; veintisiete millones ochocientos veintitrés mil cuatrocientos veintiséis —susurró el número sagrado— monedas de platino si eres quien creo que eres. Me llevo el ornamental: mi tía les pone lentejuelas, ja, ja, ja. Le di el viejo billete de doscientos: donde antes estaba el Claustro de Sor Juana, se leía, a la luz del detector de billetes falsos: “Las maletas ya están con Celestino —pasillo doce: ‘Tubérculos peludos y solanáceas fluorescentes’—. Por instrucción de los Volantes, fundí el platino; encontrará una enorme barra en cada maleta. Las exhibirá con un letrero —técnica: esterbrook sobre cartulina naranja—: ‘Mantequilla de ostra del Índico. Mercancía invaluable. Tóxica. Niños: cuiden a sus papás’. Las sacará una a una en los siguientes meses y las conducirá a su siguiente destino. Buen trabajo, Antena. En su discreción confío. Hasta el siguiente Gran Vuelo. Diana”. (Iván: mucho le encargo que cambie los nombres antes del último envío de esta comunicación. Dadas las circunstancias por nosotros ampliamente conocidas, no tengo creatividad suficiente para cambiar algo tan simple como eso; las molestias serán ampliamente compensadas por la generosidad del Volantísimo.)

Antena me dio el huevo, que llevé hasta el paradero de los Volantes, no sin antes pasarme por la pulquería local y echarme un curado de guayaba, darme una vuelta por el entonces todavía funcional mercado de artesanías y comprar una olla de barro negro y tomar un café en El Cordobés, donde encontré, finalmente, a Aura. A voces le conté lo bonito y popular de ir al Mercado de San Juan a comprar un huevo de avestruz ornamental para ponerle muchas lentejuelas, lo colorido de ir al mercado de artesanías, lo sabroso de los curaditos con su botana caldosa. A voces celebró conmigo que al fin hubiera decidido conocer una zona tan pintoresca de la ciudad. Nos despedimos. (Iván: si considera que no es muy claro este párrafo, le pido que lo aclare sin perder el ritmo de la narración. Debe entenderse que no en vano se confió en mi discreción, pues claramente entregué el recado, a la vez que disimulé la misión y la hice pasar por un paseo cultural lleno de color y tradición.)

Fui recibida en el atrio mismo del paradero de los Volantes, donde desempaqué la mercancía, para conmoción de todo el grupo. Comenzó entonces el Gran Proceso: la larga iluminación con lámparas de halógeno (Iván: no puedo desandar mis pasos en la escritura de este urgente documento: inserte, donde lo crea correcto, que durante mi “paseo” me detuve en la tienda de Alón, en Artículo 123, a recoger las lámparas), la lentísima incubación, los interminables segundos de la ansiada gestación de los caballos. Fue después de veintisiete millones ochocientos veintitrés mil cuatrocientos veintiséis segundos que el huevo comenzó a quebrarse para dar a luz al más sublime de los milagros: veintisiete millones ochocientos veintitrés mil cuatrocientos veintiséis caballos voladores, que fueron inmediatamente embalados y enviados con instrucciones precisas a los miembros de la sociedad secreta, excepto, claro está, los que por derecho y obligación nos correspondían. (Iván: usted recibió los suyos con las instrucciones anexas: ¿considera necesario reproducir el mensaje que entonces se emitió? Si es así, por favor transcríbalo; si no, se puede narrar directamente cómo volvimos al 27 823 426 d.V. a pisar las mariposas. No sé si usted todavía tenga ese recado en su poder. Era éste: Recomendaciones su discreción y eficacia, persuadídonos han confiarle patriótica, vital, importantísima misión. Caso éxito, será recompensado con profundidad. Ante nos preséntese, rayo.)

Cuando todos hubieron recibido sus caballos, doblaron por nosotros las campanas de La Profesa. Supimos entonces que era momento de montar hacia el pasado remoto, nuestra línea del tiempo original. Volvimos e hicimos lo que no pudimos hacer la primera vez que el Volantísimo nos dio la oportunidad: pisamos —nosotros y también los caballos— las mariposas de donde hoy reposa el estéril estado de Michoacán: acabamos con las más viejas y opacas, con las naranjas y brillantes y sanas y veloces, con los capullos esperanzados, con las orugas viscosas. Efectivamente, si hoy, cuatro de noviembre de dos mil diez (Iván: le recuerdo que es vital que el texto sea publicado ése y no otro día), el Volantísimo despierta a su artificial línea del tiempo, podrá corroborar que Michoacán es estéril, clara prueba de que hemos cumplido cabalmente la misión y que absolutamente todo ha cambiado en el destino de los hombres. Para él habrá pasado un día, pero nosotros habremos estado vagando desde entonces, volando en la espesa oscuridad sobre nuestros caballos. (Todos, menos usted, Iván, a quien, qué extraño, no hemos encontrado pisando las mariposas: entregue el mensaje; será perdonado. Caso éxito, nos veremos en el siguiente Gran Vuelo.)

---Fin del texto adjunto---

01 noviembre 2010

Puente en el tiempo.

Quiero a la tierra amarilla
Que baña el Ebro lodoso:
Quiero el Pilar azuloso
De Lanuza y de Padilla.

José Martí



Puente de Piedra (s. XV) tendido sobre el río Ebro, con la Basílica del Pilar al fondo.
Zaragoza, España. (2010)

Por lo general gusto de compartirles fotos en las que encuentren algún otro sentido además del placer de observar una imagen. Hoy, por el contrario, es casi una postal lo que les traigo como aquellas que, para no olvidar, se llevan los extranjeros de regreso a su hogar. ¿La razón? Esta es la memoria de lo que resultó ser para mí más que una excursión, un reencuentro.

28 octubre 2010

Vida estamos en paz.

Por Lidia


“…. Vida nada te debo, Vida estamos en paz.”.
Amado Nervo.

El dolor llega a ser una droga tan poderosa, que un destello de felicidad efímera
podría matar el interior.

Cuando se vive en la oscuridad, la luz envenena el alma.

Más aún cuando en el interior de uno mismo existe una continua lucha de pasiones, situaciones que simplemente están más allá del bien y del mal.

He terminado mis estudios universitarios.

He tenido la posibilidad de estudiar en una de las mejores universidades del país.

He intentado encontrar en los libros la paz que mi alma demanda.

Mis padres me aman profundamente, aún a pesar de no ser yo su hijo biológico.

Noche a noche cargo ese lastre que me impide ser feliz, aún a pesar de –tenerlo todo-.

Llegué a este mundo con un mal congénito.
Mi columna vertebral estaba deshecha.

Al llegar a este mundo, no sólo yo lloraba, también mis progenitores lo hacían.

Ellos eran un par de jóvenes absolutamente desamparados.
Sin nada en la vida, excepto un hijo anormal.

Era yo un engendro que tuvo una segunda oportunidad, pero mi segunda oportunidad le costó a mi padre perder su libertad y su vida, ir a prisión por el delito de homicidio, y en la cárcel, perder la vida por un ajuste de cuentas debido a un error en el delito cometido.

La mujer que me parió no soportó la muerte de su esposo y se suicidó.

Era yo un ser humano más que imperfecto con mucha suerte, la muerte me reclamaba a cada instante, pero algo mayor se negaba rotundamente a dejarme ir de este mundo.

Crecí en el barrio que me vio nacer y sobreviví de la manera en que pude, a los siete años una casa de orfandad me recogió y no volví nunca a ese lugar que me vio nacer, resistirme a la muerte, conocer de la pérdida de mis padres… y saber que la razón de sus fallecimientos, fui yo.

Mis nuevos padres sanaron mis heridas físicas e hicieron hasta lo imposible por sanar mis heridas internas.

Sabían de mi dolor y de las culpas expiadas, y después de años de ayuda psicológica, decidieron –sabiamente- que la única cura para mi dolor, se encontraba en el compartir mi vida.

Comencé a utilizar mis tardes para apoyar casas de asistencia y hospitales, apoyar en lo que mis conocimientos universitarios y empíricos podían, preocuparme por las vidas de aquellos seres olvidados del mundo que parecían no tener un hogar propio.

Procedíamos de la misma cuna y era justo que yo compartiera con mis hermanos la esperanza que me había sido obsequiada en mi infancia.

Una noche de carnaval me disponía a dejar el hospital para pasear por las calles coloridas y ricas en sonidos alegres, cuando llegó a urgencias un joven de edad similar a la mía.

Venía inconsciente y desangrándose debido a una herida provocada con un arma punzo-cortante en la parte baja de su abdomen.

Aún cuando no tenía noción de lo que sucedía a su alrededor, asía fuertemente entre su puño derecho un reloj de marca Tag-Heuher.

Y aún cuando sus ropas y su piel estaban bañadas en sangre y polvo, se podía apreciar los rasgos de un hombre de estética pronunciada.

- Seguramente llegó a morir.- Escuché decir a los doctores.- Nuestro banco de sangre carece de unidades de su tipo sanguíneo… es una lástima, tan joven….
- … y tan guapo…- puntualizaban las enfermeras.
- ¿Qué tipo de sangre necesitan?.- Dije mientras me acercaba a los doctores.
- B negativo.- Decían ellos afligidos y negando con la cabeza.
- Yo soy B negativo.- Dije sin dudarlo un segundo.- Corran, hagan lo necesario, ¡háganlo ya!.- grité.

Algo dentro de mí me inyectaba adrenalina y un repentino interés por ese hombre.
La vida se negaba a darme mi pase de salida.

Y algo dentro de mí sabía que también se lo estaba negando a ese hombre desconocido.

Y fue así que mi alma encontró la paz que tanto ansiaba.

Mis padres perdieron la vida debido a mí, y ahora yo le daba la vida a alguien más.

Vida nada te debo, Vida estamos en paz.

25 octubre 2010

Del dicho al hecho...



Por Mara Jiménez


Me costó muchos años lograr la abstracción mental que requería entender los dichos de mi abuela; ella casi siempre terminaba sus intervenciones en una conversación con un dicho de esos que me dejaban pensando horas y horas. Así aprendí aquello de: “Del agua mansa líbreme Dios, que de la brava me libro yo”; “Cuando Juan habla de Pedro, se conoce más a Juan que a Pedro”; “Tiene más el rico cuando empobrece que el pobre cuando enriquece”; “Al enemigo que huye, puente de plata”; “Más vale ser cabeza de ratón, que cola de León”; en fin, la colección infinita que mi abuela tenía para cada preciso momento, para amarrar con certeza cada situación, para presentarse ante mis ojos como un ser sabio, lleno de mundo y anécdotas.

De todos sus dichos, había uno en especial que repetía con más frecuencia que los demás, y que me intrigaba de sobre manera: “En la cárcel y en la cama, se conoce a los amigos”. ¡Qué duro me parecía el camino de la amistad escuchando aquello! Más aún tomando en cuenta que cuando mi abuela se refería a alguna de mis amigas de infancia, lo hacía como “Tu compañerita”, como si ninguna de mis congéneres hubiera alcanzado ante los sabios ojos de mi abuela la categoría suficiente como para referirse a ella como mi AMIGA. Las conclusiones que sacaba, era que me iba a ser imposible consolidar una amistad verdadera, a menos que estuviera yo presa, cosa que no era muy probable a los 8 años, o que cayera yo en situación de hospital y conociera en la cama contigua a aquella especial persona que habría de acompañarme el resto de mi vida, ostentando la calidad de “AMIGO”.

Mi oportunidad llegó más rápido de lo que esperaba, pues fue en esa época cuando mi padre me anunció que era indispensable someterme a una extirpación de amígdalas, pues mis fiebres e infecciones recurrentes estaban atentando contra mi proceso educativo. Yo casi moría de la emoción. Además del hecho de haberme sentido siempre morbosamente atraída a los hospitales y los salones de operaciones, estaba la promesa de que la recuperación de dicha cirugía que llevaba como tratamiento indicado comer helado a diestra y siniestra, y además, según mi abuela y sus dichos, de conocer a un verdadero amigo. Así pues, me interné en el hospital llena de emoción y expectativas acerca de mi futuro cercano. Mi cuarto tenía, en efecto, dos camas, pero me desilusioné un poco al ver la segunda vacía y apenas con un cubre colchón azul sobre ella. Pensé para mis adentro que de un momento a otro, internarían ahí a otra criatura de mi edad, pero no fue así. A la mañana siguiente a mi ingreso me fui al salón de operaciones por mi propio pie, un tanto molesta, dedicándole una última mirada a aquella cama vacía que me iba a dejar sin amigos. Después, un pinchazo doloroso en el brazo, una máscara, y mi papá que se despedía sonriente detrás del cubre bocas verde… oscuro total.

Recuerdo esa visión tan extraña obtenida con una rendija del ojo derecho abierto, que me regaló una imagen primero borrosa, después más nítida, de una niña de 8 años en la cama de al lado, en la sala de recuperación, que me miraba con una rendija del ojo izquierdo medio abierto. Después de un tiempo indefinido, cuando pude verla con claridad, es decir, con la claridad que da la anestesia con sus efectos secundarios, me descubrí a mí misma, escudriñándome desde la otra cama. Algo en mi cerebro entendió que las cosas estaban un tanto confusas, y como a la orden de CTRL+ALt+DEL de una computadora, volví a quedarme profundamente dormida.
El siguiente despertar, muchas horas después, me ofreció la visión de mis dos enormes, rojas y mutiladas amígdalas yaciendo sobre una gasa. Era mi padre que había estado esperando mi despertar para compartir conmigo el triunfo del enemigo vencido. Me interesé un poco más, las toqué para ver sí, sabiendo que eran mías, sentiría algo. Pero no, mis anginas estaban bien muertas, yo estaba ya en mi habitación, y la cama de al lado seguía vacía.

Ya en casa reflexioné sobre la oportunidad que había perdido de conocer a un amigo en la cama del hospital. ¿Sería posible que hubiese malinterpretado el sentido del dicho de mi abuela? En la cárcel y en la cama, en la cárcel y en la cama… ¡Claro! De pronto me di cuenta de mi error. Los esposos, esos eran los mejores amigos, ahí se daba uno cuenta de con quien contaba. Cerré el expediente de ese dicho, satisfecha.

Al año de este evento mis padres se divorciaron.

Hoy en día tengo pocos amigos.

21 octubre 2010

Paseodoble

por Ivanius

A veces cae la lluvia

y nos enciende recuerdos.

Bajo techo renegamos
por temor a encontrar seco
el pozo de la memoria
con todo lo que había dentro.

Por eso
si cae la lluvia
no decimos nada.

No decimos nada serio.

Sólo es compartir un trago,
una canción,
un abrazo.

Pero nunca preguntamos
cuando se nos cae la lluvia
dónde huyeron los recuerdos.

"Paseodoble". Poema de Ivanius. Texto: © Chanchopensante.com. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

19 octubre 2010

Nosce te ipsum

Por Canalla

“Conócete a ti mismo”: quizá no haya otro aforismo más conocido y malinterpretado en la tierra que éste, de la filosofía griega al psicologismo más barato en un solo paso. Esto cuando, más bien, algunas personas se conocen tanto y les agrada tan poco lo que saben, que sepultarlo bajo un alud de mentiras es su rutina; otras menos, lo suficiente para vivir guardando las apariencias y morir igual de inadvertidas, y sólo pocas se desconocen por completo, tal vez único caso en que la ignorancia es una bendición, digna de envidia por un budista si esto fuera posible.

14 octubre 2010

October Colors


Por Sonia.




Feria de la "Gran Calabaza", Dallas.

Sony DSLR-100 f/8 1/125sec. ISO-100



11 octubre 2010

etapa superior

por marichuy  

Las familias felices son todas iguales. Las infelices lo son cada una a su manera. 
(Leon Tolstoi, Ana Karenina)

Aquel mediodía, Sara -de 35 años- entró en mi oficina como si una fuerza extraña la impulsara a moverse. Caminaba con determinación, pero, al mismo tiempo, parecía no ser ella quien controlara sus vigorosos pasos. En ese tiempo, yo detentaba el cargo de consejera al interior de una atípica ONG que lo mismo se ocupaba de brindar apoyo social y orientación legal a adolescentes y adultos en problemas, que a enarbolar banderas ecologistas. En mis inicios en dicha ONG, me trabajo consistía en atender a las víctimas o denunciantes de delitos ecológicos, pero tras la resolución de un par de casos algo complicados que me tocó atender, la Presidenta de la ONG decidió que lo mío… eran los casos perdidos. Sólo a alguien demasiado insensato, o extremadamente optimista, podría habérsele ocurrido que yo era la persona indicada para escuchar y aconsejar a las almas en pena. Pero así fue. Y así fu como yo, que no sabía si agradecer o maldecir por tal encargo, de un día para otro me encontré escuchando penas ajenas y tratando de poner cara de circunstancia, antes de soltar de mi ronco pecho algún rollo ad-hoc, medianamente coherente, pero lo más distante posible del discurso a lo Caldo de pollo para el alma que tanta alergia me causaba. Una vez dentro, Sara tomó asiento frente a mí y acto seguido, casi sin mediar respiro, desgranó una historia de amor y desengaños tan parecida, y a la vez tan distinta, a las muchas que a esas alturas de mi encargo yo había tenido la oportunidad de conocer. Tras escucharla hablar sin parar durante casi una hora, apenas haciendo pausas para dar sorbitos al vaso con agua que yo le había ofrecido, la mujer dio un primer respiro-suspiro hondo, tras el cual me miró fijamente para luego guardar silencio como diciéndome: ahora te toca. Vaya cosa, pues en ese momento era yo quien más necesitaba un respiro antes de poder balbucear algo, después de haber sido bombardeada con semejante vendaval de detalles de su vida marital. Cierto que su historia era la misma historia de amor-desengaño-desamor que ha conocido la humanidad desde tiempos inmemoriales, pero la fuerza con la que la había contado, apenas acompasada por el brillo de su mirada y el hecho de que en ningún momento se hubiese interrumpido para auto-conmiserarse y menos para romper en llanto, le conferían un cariz distinto, obligándome a dejar los apapachos verbales justo a un lado de la caja de Kleenex, pues esta vez salían sobrando: la mujer no había venido que le enjugaran las lágrimas  

-No sé qué decirte: tú no buscas un consejo ni ayuda para tomar una decisión, al parecer ya tomada. Lo que no entiendo, permíteme que sea claridosa, es para qué has venido aquí, a donde normalmente acuden mujeres hundidas en la desolación que no pretenden mayor cosa que un poco de consuelo, una voz amiga, quizá cierta complicidad.

La mujer sonrío, me miró con un dejo de simpatía y sin preámbulos me dijo:

-La verdad es que vine aquí porque en medio de mi drama hay dos cosas a las que no estoy dispuesta: una es la conmiseración de mis familiares y amigos, no sin el aderezo de sus bien intencionados consejos abogando porque yo demuestre el temple de las mujeres aguantadoras y deje pasar esta -nueva- humillación e infidelidad propinada por mi sacro marido. Y la otra, no me da la gana –como me aconsejan otros- ir a ver a una sicoanalista, delante de la cual habré de hablar mientras ella me mira con displicencia. No. Yo no necesito que me terapeen. Lo que necesito es que alguien ajeno a mi historia me escuche y, tal vez, emita alguna opinión. Estoy dolida, no lo niego, pero es más el enojo que el dolor. Y eso es lo que me ayudará a salir más rápido, pues el enojo es la etapa superior del sufrimiento.

Ya plenamente instalada en su etapa superior del sufrimiento post-engaño, Sara me contó el único detalle que hasta entonces había omitido: El coraje de Sara no se debía a que su marido, un conservador Pastor de la Iglesia Evangélica…. mujeriego sin remedio, le hubiese pintado nuevamente el cuerno (o ya se había acostumbrado a tales aventuras sacras o  él ya no le importaba). No. Lo que realmente le molestaba es que esta vez, en lugar de enredarse con alguna beata de su Congregación, su santurrón marido hubiera escogido a una rubia oxigenada de pechos operados, a quien a leguas se le notaba lo lagartona y que además -este debía ser el verdadero detonante de su rabia y de su decisión a divorciarse- él hubiese pagado los implantes de la susodicha!!

-Pagárselos a ella y no a mí, que más de una vez le manifesté mi deseo de hacerme un retoque, y él me detuvo diciendo que si Dios me había querido sin grandes voluptuosidades, así debía permanecer y que, además, a él así le gustaba. Hipócrita, bien que lo demuestra revolcándose, entre Salmo y Salmo, con esa güera oxigenada y siliconeada. Pero ya verá, como los escándalos dañarían su posición en la Congregación, va a tener que darme lo que pida y lo primero que voy a hacer será, por supuesto, regalarme unos implantes grandiosos y bien puestos, luego operarme la nariz y finalmente teñirme el cabello de pelirrojo…

Y así continuó Sara durante varios minutos narrando su planes a corto plazo, hasta que por fin respiró aliviada, casi feliz, al concluir su narración en lo más alto de la cresta de la etapa superior del dolor post-rompimiento…


*****

06 octubre 2010

Descubrimiento




Por MauVenom


Escribir ha sido un acto irresponsable, ni siquiera rebelde, un trance de exploración sin más encargo que cierta bravura pues haberlo hecho con miedo acusaría fraude aún cuando la honestidad a veces resultó en experimentos que fue mejor enterrar por bien del autor o de las almas quietas que leen y prefieren no cruzar del otro lado. 

Así que para el incrédulo escribidor la figura de las musas fue correspondencia de lo trillado; la inspiración es trabajo tosco, un golpe de suerte y muchos de teclado, servilletas borroneadas, papeles en desorden... o eso pensaba porque ahora que se afilia a un mundo análogo que consiente nuevos vicios descubre esas dos presencias que acechan a corta distancia, han estado siempre ahí pero no las había notado por necio. 

Una de ellas sostiene un catalogo de objetos obscuros, caracteres góticos que se vuelven guión denso de solución firme. 

La otra señala hacia el empedrado de las emociones, con su vegetación asfixiante y luz opaca que descompone en recuerdos casi irracionales. 

Pero él no quiere eso. No más.

‘Entonces todo esto es obra suya y yo idiota juré que escribir me pertenecía’


Las musas descansan en esta mística plaza que el escribidor habita pero les devuelve el donativo pues no es de uso en el futuro revolucionado que se espera. 

Ha aparecido una tercera voz, sin cuerpo aún, que dicta argumentos inentendibles para el auditorio pero naturales a la mente del ordenaletras, sin embargo el sentido del nuevo texto es indescifrable en idioma regular y será captado por raros individuos solamente. Que los hay. 

En silencio el escribidor se pregunta, como veces antes, si es locura o entendimiento, será el lugar donde se unen ambos. Como sea, no podra encontrar camino atrás. 



Derechos Registrados
Safe Creative
Edit Work: 1101278348296



04 octubre 2010

Inflingidos










Inseminada por las suicidas atisbo en la oquedad de la palabra el terror fosforescente de sus carnes frágiles. Como jarrones en añicos o vestidos en jirones o muñecas de trapo desvirgadas en la noche balbuceante del poema - inútil y blanco - el parto sanguinolento de la existencia. Versos, cebos para la engorda, carnazas, señuelos, corolas del deshoje cotidiano, pétalos consumados en éteres tóxicos, idos al mar, al río, a la nada barbitúrica. Sus osamentas tengo en mis manos, cada página, un hueso. Los vocablos y las letras, restos. Bajo los escombros la indecible entraña de lo viviente. Conservar este reflejo, llevarlo entre mis labios como el agua que se escurre hasta sus sepultas bocas, extintas mariposas con las alas intactas. 

II 

El agua, el agua, el flotar del agua. Su cuerpo, su cuerpo acalorado meciéndose gota perdida al fondo desnuda y húmeda la mente, la mente errante zozobrando la mano lánguida hundida en el vaivén todo lo deshace, la calle, la casa, las paredes naufragan, de agua las paredes, de agua la memoria y en oleajes arrancan dejando al cuerpo, el cuerpo solo, lavado de presencia se mece puñado de fibras desprendidas que en el agua del inicio respira por primera vez y expele al mundo, en la vena abisal la sangre silba ansiando el filo y viene manso y se escabulle disfrazado con su piel trae todo lo viviente hacia su pulso, océano gigante gira el agua gira la mano gira la cabeza el pelo amortajándole las sienes, crujen los objetos, cruje el mundo, el cuerpo se refleja sombra monumental en el olvido, el agua, el agua, el flotar del agua la mente cae entumecida en su regazo. 



01 octubre 2010

Agustín.

- ¿Por qué corres Agustín?

- Porque me persigue.

- ¿Quién te persigue Agustín?

- No lo sé.

- ¿Cuánto tiempo llevas corriendo Agustín?

- La vida entera.

- ¿No estás cansado Agustín?

- No puedo detenerme.

- ¿De qué tienes miedo Agustín?

- De su mirada.

- ¿Qué hay en su mirada Agustín?

- Fuego.

- ¿Qué es el fuego Agustín?

- Lo que corroe mi alma.

- ¿Necesitas agua Agustín?

Me detuve en silencio. Tantas voces en mi interior desgastaban mi endeble espíritu. Miré las olas crujientes del mar estrellándose contra la arena. Ahí, enfrente de mí había un niño sentado en la orilla del mar.

- ¿Qué haces niño?

- Me refresco, forastero.

- ¿Estás perdido niño?

- No tanto como usted, forastero.

- ….. ¿Cómo te llamas niño?

- Agustín, forastero.

- ¿No te interesa saber mi nombre, Agustín?

- Sólo me interesa el agua, forastero.

Los ojos del niño no volvieron a verme, se perdieron en la inmensidad del mar.

Pasé a su lado a seguir mi propio éxodo.

- Suerte en tu encomienda, Agustín.

27 septiembre 2010

Las manos...

...donde pueda verlas!



Imagen tomada a la entrada de una tienda en Barcelona, España (2010)

20 septiembre 2010

Fiebre

por Ivanius

La fiebre es impredecible. Un momento antes, nada; al siguiente, el universo entero se caldea y el delirio toma el control.

Mil imágenes fugaces se entrelazan.

Es una carrera sin aliento, un trance sostenido hasta que aparece un rostro.


Sus rasgos los aclara más la fatiga que el método. El frenesí es vicio de atleta, segundo aire antes de la rendición o la victoria.

Esta presencia mantiene viva a su víctima para que le sirva, en embeleso hipnótico, al filo entre el placer y el dolor.


Es imposible ceder, a costa de lo que sea. Así llega la energía.


Mis sentidos aumentan o desaparecen: a veces, mi frente o mis dedos se bañan de sudor, o un calambre me asalta. Todo danza ante mis ojos; la música me aísla y esconde para quedar a solas con mi obsesión.

Esta nueva vida no es producto de la casualidad. Una idea se convirtió en deseo, se alimentó de esfuerzo y desvelos hasta ser fuerte para iniciar su propio camino.


El personaje avanza sin mirar atrás. Ha partido en busca de lectores.

Sólo entonces la fiebre cede. Soy libre otra vez. O eso creo... hasta la próxima historia.


"Fiebre". Relato de Ivanius. Texto: © Chanchopensante.com. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

16 septiembre 2010

Oración suicida

Por Canalla

"Sólo hay dos cosas en esta vida que un hombre verdadero debería evitar: amar a una mujer y escribir poesía": Charles Bukowsky


Negro el hilo
de mi locura,
azul el filo
de la navaja,
rojo el paño
de mi mortaja
y blanca tu mano,
que todo cura.

Negra la cruz
de mi sinrazón,
azul la luz
de la buena suerte,
roja mi vena
si me das muerte
y blanca condena
tu corazón.
-oooOooo-

13 septiembre 2010

el infierno


por  marichuy
*si les apetece, podrían acompañar la lectura de este relato escuchando no me dejes

Cada vez que Sebastián miraba a Odette, su esposa, sentía que su corazón dejaba de latir, como si muriera un poco a causa de la conmoción que su sola presencia le provocaba. La amaba desmesuradamente, de una forma, decía su madre, que no era normal. Los hombres no deben amar así, solía repetirle la autora de sus días ante el temor de que un día el corazón de su amado hijo en verdad dejara de latir y porqué, además, su nuera no le gustaba nada. Y no sólo a su celosa madre le parecía excesivo el amor que Sebastián le profesaba a su mujer. Alejandro, su mejor amigo, más de una vez le había comentado que su forma de amar estaba bien para una heroína de novela romántica decimonónica, pero no para un financiero del Siglo XXI. Pero a él no le importaban las opiniones ajenas y a tales señalamientos respondía: ¿quién determina cuánto debe o no amarse, en dónde está la tabla de medidas donde se señala hasta qué límite es correcto amar? Para Sebastián lo único que importaba era lo que Odette sintiera, pensara, hiciera, gozara o sufriera… todo. Si el genio de la lámpara de Aladino se le hubiese aparecido, le habría pedido como único deseo poder adentrarse en los pensamientos de ella, en especial cuando se quedaba callada, lejana, a miles de km de él. Cuando eso pasaba, generalmente en medio de la lectura de algún libro o escribiendo en su laptop, Sebastián la sentía tan inasible, que deseaba con todas sus fuerzas poder saber en qué o en quién pensaba ella, en dónde se hallaba en ese momento, quién desvelaba sus sueños despiertos, quién poblaba sus recuerdos. Hubiera querido saberlo todo, todo lo que no sabía, todo lo que había en su pasado y en su presente desconocido para él. Sufría tanto como la amaba, cuando a su sentir ella se le escapaba como agua entre los dedos, no porque se alejara físicamente, sino por la infranqueable distancia que parecía haber entre su vida con él y esa otra vida virtual. Y le dolía; le pesaban como un plomo esos silencios, sentirse excluido de sus pensamientos más íntimos, de una parte de su vida. Le abrumaba no poder entrar en esa esfera que ella parecía cuidar tan celosamente. Y en medio de esa perenne ansiedad por saber todo de ella, en paralelo a su inmenso amor, Sebastián fue siendo invadido por otro sentimiento, uno tan abrasador como su pasión por ella, pero infinitamente más doloroso y quemante: los celos. Y así, un buen día se encontró escudriñando sus gestos más insignificantes, buscando en cada movimiento, mirada perdida, suspiro y estremecimiento de ella, una razón, un motivo, la existencia de alguien más y con ello, el temor de su abandono. Necesitaba saber qué le robaba sus pensamientos, quién le causaba esas miradas melancólicas perdidas en la contemplación de los cielos plomizos al fin del verano, en quién soñaba cuando él se acercaba sin hacer ruido y rodeaba su talle aprensivo, posesivo, provocándole un súbito estremecimiento. Mi reino por tus pensamientos, solía preguntarle alguna noche tras hacer el amor, a lo que ella respondía entre divertida y somnolienta tu reino no vale mis pensamientos, para luego acurrucarse en su pecho y quedarse profundamente dormida, dejándolo sumido en una profunda desazón acompañada de insomnio. Y del escudriñe de gestos y miradas, muy pronto Sebastián pasó al vulgar espionaje: empezó a seguirla, a escuchar sus conversaciones telefónicas, a hurgar en los cajones de su ropa íntima, a deshojar libros y cuadernos, a devanarse los sesos intentadodar con el nick de su laptop, en busca de claves secretas, de notas, de lo que fuera, cualquier seña del engaño que debía ser el causante de los silencios y miradas nostálgicas de su mujer. Sentía celos de la computadora; no entendía por qué pasaba tanto tiempo frente a ella y menos qué y a quién, escribía. En su mente sólo podía caber la idea de que por ese medio (internet) se comunicaba con alguien más. Pero no la enfrentaba, ni siquiera cuando ella lo llegaba a sorprender escudriñándola y a pregunta expresa de qué pasaba, él repondría con vaguedades. Los meses se consumían bajo esa dinámica, al tiempo que él se consumía en su infierno de celos avivados por las variadas historias de infidelidades que su afiebrada mente había delineado, hasta llegar al colmo de cifrar en un chico de 20 años, a quien su mujer daba clases de inglés por las tardes, al causante de sus celos, pues él era el único hombre mayor de 6 años con quien Odette, educadora en un jardín de niños, trataba de manera cotidiana. Llegó el momento en que ya no pudo más y, negado como estaba a aclarar dudas con ella, decidió tomar la odiada laptop y llevarla con un experto en descifrar claves e invadir computadoras ajenas. Si frente a esa maquinita pasaba buena parte de su tiempo, era porque ahí guardaba los secretos de su infidelidad, esa que Sebastián estaba seguro existía. El experto no hizo preguntas (hacker con reparos morales o éticos, no es digno de respeto), dándose de inmediato a la tarea solicitada. Y por fin, tras varios intentos en vano, logró acceder a la vida virtual de Odette, con un resultado decepcionante (el hacker anhelaba hallar una historia truculenta, cuasi pornográfica, que justificara la aprensión de su cliente), pues ni en su cuenta de correo electrónico, ni en las de las redes sociales a las que estaba adscrita, o en sus archivos de texto, encontró el menor indicio de una infidelidad virtual. Una vez revisado el disco duro y demás depósitos de información de la laptop, y no sin algo de sorna, comunicó al paranoico marido que su mujer, amén de ser una bloguera medianamente exitosa e incipiente tuitera, a lo que más se dedicaba era a la escritura de una novela en la cual pretendía rehacer el destino de la célebre adultera suicida Emma Bovary, cuya infidelidad y destino fatal parecían obsesionar a Odette, a juzgar por la gran cantidad de información y los varios textos alternativos que tenía para los capítulos que llevaba escritos…



imagen: fotograma del film L'Enfer, de Claude Chabrol


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