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12 diciembre 2013
02 diciembre 2013
Una vez al año
por Ivanius
Cuando el suelo cruje sé que vendrán pronto. Es tiempo de volver a contar la leyenda de nuestro origen, la que da sentido a tradiciones que ya eran viejas cuando nuestros abuelos, y los abuelos de nuestros abuelos, no eran siquiera una semilla. Las historias que nos hacen soñar y nos recuerdan quiénes somos. Por una noche, a todos se nos olvida la prisa y nos damos el tiempo para las voces de los mayores.
Siempre estamos cerca, pero el resto del año cada quien se ocupa de sus cosas. Además, en los otros días y las otras noches hay demasiados ruidos en el aire, demasiadas distracciones. Por eso cada quien debe hacer acopio de fuerzas y no ocuparse de los demás.
Mi historia favorita habla de lo que vendrá después. Me gusta pensar que será como dicen: que ungirán mi cuerpo con aceites y mis extremidades brillarán llenas de adornos, que estaré rodeado de fragancias y presencias. Que la admiración no será una competencia, sino un estado, porque cada quien será plenamente lo que está llamado a ser.
Otros dicen que los que llegan en esta noche son los agentes del destino, y que todo lo que hacen está previsto. Que sólo algunos de nosotros, los más jóvenes, nos quedaremos aquí una vez que ellos --los ancianos y los otros-- hayan cumplido su misión. Que así tiene que ser.
Quizás todo son rumores y verdades a medias, palabras en el viento, susurros entre las ramas. Tal vez haya algo después, pero nadie lo imagina ni lo explica, porque no sabe cómo es, o porque no le ha sido posible regresar a contarnos. O tal vez sí, pero no lo hemos reconocido.
Sólo nos queda esperar, y crecer, y multiplicarnos. Ese es el último sentido de las historias: la esperanza. Esa también es la última palabra que escuchamos, una vez al año, de boca de nuestros mayores ahora que somos jóvenes, con la encomienda de transmitirla.
***
Veamos qué hay detrás del número tres: un juego de recámara con base matrimonial, cabecera y dos burós. También un amplio librero y centro de entretenimiento, junto a un hermoso antecomedor de aglomerado con cuatro sillas: todo en madera de pino de primera calidad con acabados tipo caoba y barniz resistente a las rayaduras, junto a una dotación completa de productos de limpieza con aroma a bosque para el cuidado del hogar. Este es el premio principal de hoy, cortesía de Muebles Frondoso.
***
"Mira, papá: ya terminamos de decorar el árbol. ¿Qué te parece?"
***
Esta historia, hace mucho tiempo, fue escrita con lápiz sobre hojas de papel. Y sin usar palillos de dientes.
"Una vez al año". Relato de Ivanius. Texto: © Chanchopensante.com Imagen tomada de Wikimedia Commons.
17 octubre 2013
Antes del espejo
por Ivanius
Cuando era niña recibía elogios, y no carecían de verdad, aunque gran parte de ellos enmascaraban segundas intenciones, especialmente porque era más probable hallar favor ante el rey halagando a su hija. Así descubrió el poder de la belleza, pero también su lado flaco: la vanidad.
Su otro gusto era leer, y no olvidaba nada. Pronto agotó los pocos libros a su alcance y empezó a pedir más, hasta que alguien le habló de ciertos antiguos tomos llenos de moho y secretos en el sótano del castillo. Su avidez por aprender y cierto don para los idiomas le abrió camino a los conocimientos, y tras la adolescencia finalmente se convirtió en mujer.
Una noche, a punto de quedar dormida, escuchó que alguien entraba a su habitación, y pensó que era alguno de los numerosos sirvientes del palacio, enviado a cuidar el sueño de la princesa, o a entregarle recado de parte de un admirador.
Después sintió una presencia junto a la cama, aunque no tuvo tiempo de abrir los ojos. Eso es todo lo que admite recordar.
Se cree que ocurrió algo terrible, y que la princesa, movida por el dolor, encontró un remedio en el libro de negra alquimia: la receta incluía dos gotas de su sangre, lágrimas y mercurio, con lo cual retocó los bordes del óvalo frente a su cama. El resultado, una vez seco, era imperceptible. Entonces esperó a la noche, mientras repetía un conjuro hecho de voces extrañas.
Cuando el visitante llegó de nuevo, ella se levantó a recibirlo y, extendiendo las manos, lo empujó hacia la pulida superficie, que se lo tragó como una puerta líquida.
El resto de la historia está envuelto en la leyenda de su vanidad, pues sólo se le ve sonreír cuando le pregunta al espejo, cada vez con un verso distinto, quién es la más bella del reino... porque sabe que él está obligado a contestar con la verdad.
"Antes del espejo", relato de Ivanius. Texto: © Chanchopensante.com Imagen: Mujer frente al espejo, por C.W. Eckersberg (1783-1853) tomada de Wikimedia Commons.
02 septiembre 2013
P. M.
por Ivanius
"¿Madura la tristeza?" Esa fue la pregunta, allá junto a los libros, como a veces se fraguan las ideas.
Urge saberlo, tras de que tantos y tantos textos consagran la decrepitud, el odio y el desprecio, los exabruptos jamás contenidos, los debates que no buscan aprender sino abatir, como si hablar sólo pudiera hacerse por oposición y el otro no fuera partícipe de la misma conversación, de la misma ansia, de la misma búsqueda, sino un objetivo para jugar tiro al blanco.
Sufrir como inseparable gemelo para la dignidad. ¿Es posible, cuando lo indigno es descubrir —con dolor— que la dignidad parece moneda de cambio, devaluada en la marea de la oferta y la demanda? "No te preocupes: si sabes escribir de lo que sufres, y lo haces bien, tal vez hasta logres un best-seller."
¡Qué imagen! Revestirse de tristeza para sobrellevarla, caer por impulso propio al suelo: no buscando aprender de la caída, sino atormentarse. Sanar por sobredosis.
Todo el bullicio mental se convierte en arruga que el café —amargo y sin cortar— disimula. Luego el hombre al final de la barra deja junto a la servilleta, húmeda de tinta, el importe exacto del cruasán con exprés, y desaparece con el sol como su sombra.
"P. M.", relato de Ivanius. Texto: © Chanchopensante.com Imagen: Fallen leaves, tomada de Wikimedia Commons.
22 julio 2013
Anatomía de una sonrisa
por Ivanius
Hay un problema cuando sonrío que siempre rompe el silencio. Ni siquiera el cansancio de mi cuerpo sabe acallar el rumor (de mi vida interior) con que digiero los momentos.
La alegría se agazapa y devora el espacio. Un instante antes, mera insinuación; al siguiente parece haber estado siempre allí (y para siempre). Le basta una sola comisura de dos labios para, como dice la conseja, nacer, crecer y reproducirse. Por eso, aunque no la descubran, es inmortal.
No teme a las arrugas, porque la acompañan y la envuelven. Sin ellas no existe: el falso declive de una boca tiesa denuncia retoque y cirugía más que gozo. En cambio, las arrugas aglomeradas proclaman, como el rayo hace con el trueno, la inminente aparición de carcajadas.
Lo único que quizás lamento son los ojos pequeños, porque captar allí el aviso es difícil. Sin embargo, arriba del ceño puede brotar magia, aunque no tan célebre como una cicatriz de rayo ni de tanto caché como punzada de bótox. El látigo en la frente también sirve de heraldo, a pesar de que su aparición suela delatar otros pensamientos en formación o en fuga.
Aun así lo aseguro: el ceño fruncido es una sonrisa que ensaya volteretas.
"Anatomía de una sonrisa", Relato de Ivanius. Texto: © Chanchopensante.com Imagen: "Falstaff", por Eduard von Grützner (1846-1925), en Wikimedia Commons.
17 mayo 2013
Ala nube
por Ivanius
A veces miro a una niña junto a mis sueños de mar. Corretea por la arena y se distrae con cosas que siempre la sorprenden: una gaviota, un pequeño cangrejo...
El otro día pasó frente a mí con una concha de caracol en las manos, y se dejó sacudir por la brisa para eliminar la arena alrededor de su nariz. Detrás de mi libreta, sé que ella no podía verme, demasiado ocupada con su propia alegría.
Después de abrir los ojos, los vuelvo a cerrar para darme cuenta de que sólo hay un telón negro. La película llena de farsas y deseos, gozos y figuraciones, ha desaparecido. Parpadeo. Advierto un tictac y una tibieza ajena.
No sé si el brillo lo encuentro en el fondo de mi ojo, ese que por deforme tuvo que ser reparado con un bisturí. Quizás por eso, cuando me contemplo, sea sólo para perseguir el rastro de cualidades y defectos, hacer un pase mágico sobre ellos y ¡vualá! A seguir mirando. Hacia afuera a veces, a veces hacia adentro.
Poco a poco, descubro que quizás me hace falta algo de vanidad. Pero, también, tal vez me conozco. O eso intento.
Enmedio de los dos hay agua. Y ya no sé si es la lluvia, el sudor u otro testigo de que estamos juntos. Lo bueno --dice él-- es que así, inseparables, puedo esperar, mientras tu cercanía me arrope.
Ella sonríe. Lo demás no requiere palabras.
Este no es un sueño. Este no es un sueño. Este no es un sueño.
No me importa. He despertado entre carcajadas.
Como yo no soy pintor, no logré dibujarla. Por eso intenté estas líneas, disfrazadas en el cuaderno que sostienen mis manos de citadino atrapado por la nostalgia del mar y de la playa.
Hoy me empeñaré en conservar esa sonrisa.
"Ala nube", relato de Ivanius (fragmento). Texto: © Chanchopensante.com Imagen: Porträt der Jeanne Hébuterne, Amadeo Modigliani (1884-1920), en Wikimedia Commons.
18 abril 2013
Recado al vuelo
por Ivanius
Lo último que hice antes de salir fue tomar un café, como me gusta hacer mientras te escribo.
Perdona la premura, y también por arrancar un trozo de periódico; ya sabes cómo funciona: madura la fruta, recoge las gracias del perro y protege el suelo de la pintura nueva, pero todavía sirve para algunas otras cosas, por ejemplo, como libreta de apuntes... accesible, aunque cada vez menos barata.
Todos los días me has dicho lo mismo: "ya que lo pagamos, deberíamos leerlo". Por eso siempre te pongo esdrújulas inventadas en los márgenes.
Pero hoy no estás. Por eso entrelacé un poco de tus palabras y las mías, para que sepas que estoy bien cuando las leas gracias al viento.
"Recado al vuelo", relato de Ivanius. Texto: © Chanchopensante.com Imagen: Kite in Greece, CC by FocalPoint, en Wikimedia Commons.
14 marzo 2013
Campo de sueños
por Ivanius
El médico dijo que acabar con el insomnio era cuestión de hábitos. Por eso cambié mi alimentación, mis actividades, incluso mi rutina en el trabajo, para ser un poco más ordenado. Tú no lo entendiste. En realidad entiendes muy poco, pero lo adivinas todo.
La falta de sueño me está convirtiendo en otra persona, pero tú jamás dices nada de mis ojeras, y siempre sabes hacerme sonreír con sólo mirarte. Tu carcajada, mitad cauta pero totalmente franca, jamás me deja indiferente.
Hablando de dejar... lo que dejé de hacer es leer, eso sí. "La cama —otra vez el doctor— no es para leer, sobre todo si quieres mejorar. Ya sabes: sólo tiene dos usos". Ahora sonrío, pero cuando yo tenía esa edad, un médico no tuteaba a un paciente que podría ser su... su tío. Tampoco haría ese tipo de chistes. O tal vez eso también es producto de la fatiga.
He aceptado todo tipo de consejos, pero cuando quiero ponerlos en práctica, tú no estás de acuerdo. ¿Por qué dormir cuando hay otras cosas que hacer, especialmente ahora que ya no leo? Y otra vez la sonrisa, y una mano en mi boca que intenta protestar, y un nuevo juguete, y una música igual de juguetona.
Me rendí, como siempre... y como siempre, la que durmió al fin fuiste tú, en mis brazos, mientras yo te miraba.
Seguramente cuando llegue mi relevo dormiré; que haga con tus juguetes lo que pueda. Con o sin consejos lo cierto es que contigo no importa (tanto) el insomnio.
"Campo de sueños", Relato de Ivanius. Texto: © Chanchopensante.com Imagen: Mexcla de Bettbezug_Helogoland, (CC_BY_SA) por Sozialutopist, y Banana_nq (PublicDomain), tomadas de Wikimedia Commons.
01 febrero 2013
Verde por tu ventana
Desde que recuerdo, se veía un árbol por la ventana de mi cuarto. Era la punta de un pino enorme que se encontraba en el jardín del vecino. El edificio en donde viví más o menos unos 30 años, estaba conformado por dos edificios paralelos y un pequeño patio entre ellos. Por lo que era difícil ver algo de vegetación por la ventana. Era necesario acostarme en la esquina de la cama para apenas vislumbrar la punta del árbol. Ahora que sé con exactitud en qué mes llegarás a la casa me he preguntado ¿Qué es lo que quiero que veas por la ventana cada mañana al despertar? Lo que se ve justo ahora es mi tercer intento fallido de azotea verde. Unas cícadas secas que un día fueron hermosas en el jardín de enfrente y que parece que sólo las subí a la azotea a morir por el implacable sol y la sequía que cada vez se alarga más. Me gustaría que por tu ventana pudieras ver verde, hojas moviéndose al viento, y, de ser posible, flores de colores. Que pudieras ver cada día, al despertar, algo agradable que te ponga de buenas. Y ahora, más que nunca, pienso en lo que quiero yo misma ver por mi ventana. En cómo transformar y disfrutar lo que vemos todos en general. Mi deseo es que podemos ver mucho y muy agradable a través de las ventanas de nuestras casas, siempre, que sea motivo para estar felices y para tener energías para cada día. De ser necesario volver a comenzar con el mismo entusiasmo con el que arrancamos el primer día de nuestra vida. En el que, con un fuerte llanto, marcamos el inicio de nuestra presencia en este “Paraíso terrenal” en el que primordialmente vinimos a gozar.
Imagen proporcionada por la autora del texto
05 diciembre 2012
El secreto del cuervo
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Por Flor de Maria Almaraz
Las noches en ese entonces eran muy calladas. La casa silenciosa albergaba a una familia compuesta por el padre y los hijos dormidos en tres camas.
Los tres mayores acostados en una cama. En otra las dos hermanas mayores. En la cama matrimonial el padre solitario y en un catrecillo viejo el más pequeño de los hijos.
Todos con el sueño cansado que da el hambre postergada.
El sueño era interrumpido a veces por el ruido del motor de algún coche perdido en la oscuridad.
La madre había acudido a dar a luz a su siguiente hijo dejando a cargo de la casa a la hermana mayor que hacía de madre con los chiquillos que la dejaban exhausta a su pequeña edad.
Como cada noche, el hombre acostado en un extremo del cuarto, luchaba contra los demonios que el alcohol sacaba perversamente de su interior. No quería hacerlo pero algo más fuerte que él le susurraba al oído que lo hiciera, que no era malo.
El sudor corría por su frente espantando al sueño que era el único que lo salvaba de la lucha contra él mismo.
Mientras tanto, las dos niñas, cada una sin moverse y con los ojos muy abiertos rogaban porque la noche terminara. Pedían a todos los cielos -cada una por su lado- que su madre regresara pronto antes de que las fuerzas las abandonaran.
La mayor dejaba escurrir las lágrimas hasta la almohada quien pesarosa las absorbía en su alma de tela.
La otra niña cruzaba los dedos pidiendo no ser llamada por ese hombre que dormía al otro lado del cuarto. Cuando esto sucedía, odiaba que fuera su padre el que la enfrentaba tan duramente a la vida.
Así pasaban las horas, cada uno sin poder dormir, con sus respiraciones rompiendo el silencio de la noche.
Cuando todo parecía sería una noche más, la voz del hombre en la oreja de la niña le pedía dejarse tocar la panza.
Ella sobresaltada se resistía sin fuerzas que se le habían acabado hace mucho y se dejaba tocar.
-No le digas a tu mamá- decía- se puede morir, acuérdate que está muy enferma- y las niñas callaban mordiéndose la lengua para no gritar su desdicha.
Así cada noche, sin que nadie se diera cuenta, el hombre convertido en cuervo a los ojos de la niña, la llamaba con su graznido incesante para hacerle caricias que en su mente infantil a ella la molestaban y le hacían que fuera desarrollando un odio contra ese hombre que no podía ser su padre.
Los hermanos mayores intuían que pasaba algo con las niñas pero el padre se encargaba de tranquilizarlos diciéndoles que no pasaba nada, mientras en los ojos de la pequeña no había más lagrimas sino un fulgor extraño que da el odio contenido.
Pasó entonces la vida.
Los niños de hicieron hombres porque las niñas fueron mujeres a fuerza de caricias obscenas.
Cada uno hizo su vida aparentemente sin ningún problema.
Pero nadie sabía que las hermanas cada una guardaba un secreto que pedía no ser rebelado para que el padre subido en un pedestal no se derrumbara.
El cuervo había logrado que su secreto fuera guardado hasta el fin de los tiempos.
Imagen proporcionada por el autor del texto
26 noviembre 2012
Cita
por Ivanius
Todo parece ridículo, pero debe ser la costumbre. Por eso su sonrisa no me sorprende tanto.
Aquí estamos de nuevo, aunque no como antes. Por lo menos yo.
Ella, en cambio, no parece haber cambiado (ni aprendido).
La desnudez de ambos sigue siendo cómoda... e interesante.
Por momentos es fría; luego, los rituales hacen su papel y las cosas cambian poco a poco.
Como no hay distracciones, y cada uno sabe lo que hace, el resultado también es el de siempre.
Al final, la musa y la hoja en blanco han desaparecido. Otra vez.
"Cita". Relato de Ivanius. Texto: © Chanchopensante.com Imagen: Wikimedia Commons
22 octubre 2012
Abandono
por Ivanius
Presa del interminable miedo de último minuto, tocó a la puerta. No podía volver atrás ahora.
Luego, el hombre elegido la guió a una habitación al fondo del pasillo. “Allá será la magia”, se dijo.
A la luz de las velas, tragó saliva pensando —como tantas antes que ella— en su marido.
Finalmente, se entregó con deleite a la habilidad de aquel experto silencioso y caro.
Media hora más tarde, estaba radiante de alegría con su nuevo peinado.
"Abandono". Relato de Ivanius. Texto: © chanchopensante.com Imagen: Hair-dress of a Georgian Lady, por W.E. Curtis (1850-1911), tomado de Wikimedia Commons.
30 agosto 2012
No me sueñes esta noche
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| Urban Alley by Debra Hurd |
Por El Pasante
Alejandro Castro
Veía un punto, un pequeño
punto al final de un túnel tantas veces transitado. Susurros de voces que se
mezclaban en un enjambre de frases sin forma anunciaban la proximidad del nuevo
sueño; las paredes viscosas del útero en forma de media luna se abrían para
recibir al microcosmos que llegaba cargado con las imágenes de un mundo
inexplorado y desafiante. Cientos de brazos extendidos daban la bienvenida a la
nueva noche mientras la mujer trataba de mantener el equilibrio, a sabiendas
que, al igual que los otros, terminaría siendo absorbida por la fuerza de un
pensamiento que apenas comenzaba a nacer. Era como el despertar de un génesis
en medio de la quietud de un sueño lejano y desconocido. La nueva realidad que comenzaba a acoger a sus huéspedes se
presentaba tan incierta como las anteriores realidades, como los anteriores
génesis que, al igual que este, pintaban de blanco y negro los contornos de un
paisaje cada vez más parecido a las antiguas figuras familiares. No todos eran
absorbidos, era una cuestión de turnos; cada uno tenía que cumplir con una
cierta cantidad de horas a la semana. Los que no iban se quedaban encerrados en
sus cápsulas, desnudos y en posición fetal a la espera de una nueva irrupción. El
proceso era siempre el mismo, y sin embargo Anabel no terminaba de
acostumbrarse a la violenta sacudida que la sacaba de su lugar en la nada y la
obligaba a vivir de nuevo otra vida, con otros protagonistas, en otros
escenarios, con otros testigos. Nunca un sueño se repetía; nunca estaba en el
sueño de la misma persona más de una vez; todos eran tan distintos como las
huellas dactilares de los humanos, pero todos, invariablemente, se alimentaban
de las mismas emociones, los mismos miedos y las mismas frustraciones que le
daban vida a una imagen mental nacida en el subconsciente de algún desconocido.
Anabel era, por decirlo
de alguna manera, un “extra” de sueños, de esas personas que se aparecen en los
sueños de los otros con el único propósito de hacer de relleno. También eran conocidos
como los testigos; en cada noche presenciaban de primera mano las miserias
humanas que solo podían aflorar bajo el oscuro cobijo de la noche muda. Al
igual que los otros, Anabel carecía de historia; solo tuvo conciencia de si
misma cuando por primera vez entró por el agujero del túnel hasta aterrizar
suavemente en el útero o cápsula que había sido dispuesta para ella. No tenía
pasado, o al menos creía no tenerlo ya que las imágenes de los miles de sueños
a los que era asignada borraban de su
memoria cualquier atisbo de alguna vida propia. Tampoco tenía edad, ni forma
definida, ni siquiera sexo; unas veces podía ser una pequeña niña entre la
multitud, a veces una anciana mirando el atardecer desde algún balcón, incluso
podía resultar siendo un hombre trotando por la orilla de la playa. Solamente
cuando estaban desnudos y acurrucados en sus lunas se veían como eran en
verdad, y Anabel, remitiéndonos a esta referencia, resultaba ser una hermosa
mujer en la mitad de los 20, alta y esbelta como un maniquí, con el cabello
negro azabache que contrastaba con los haces de luz que rodeaban su cámara. Los
úteros en realidad no eran muy grandes, tenían el tamaño necesario para que la
persona cupiera acurrucada. Su forma de media luna facilitaba el acomodamiento
en su interior, permitiendo que la espalda se doblara en el grado preciso, sin
que faltara espacio o se viera en aprietos a la hora de cerrar las paredes. No
tenían necesidad de alimento, ni tampoco sentían frío. Solamente se alimentaban
cuando la persona que los soñaba soñaba que estaba comiendo.
Ocasionalmente los
testigos tenían parlamento, pero era algo breve, lo suficiente para asegurar el
normal discurrir de la trama. No hablaban entre ellos (a menos que la persona
que los soñaba dispusiera lo contrario), nadie los coordinaba y sin embargo
cada uno sabía cual era su rol en el sueño de turno. No buscaban protagonismo,
sabían que el peso de la historia estaba sobre el soñador y que, cuando todo
terminara, ellos volverían a su pedazo de luna a esperar la invasión del nuevo
sueño. En si resultaba un trabajo tedioso; solo una vez Anabel sintió que la
monotonía que caracterizaba su rutina diaria se quebraba cuando le tocó co
protagonizar el sueño de un hombre joven:
-
Te
amo Anabel.
-
Y
yo a ti Byron- contestaba ella, y él la abrazaba con tal fuerza que ella creyó
que todas sus formas y todos sus sexos se derretirían como una vela en ese
momento. Como lo dictaminan las leyes, no lo volvió a ver, no supo más del
joven soñador que la abrazaba con tanta pasión, pero desde ese momento decidió
tomar el nombre que aquel hombre le había repetido tantas veces.
La existencia de los
testigos estaba compuesta por fragmentos de recuerdos de otras vidas que
alcanzaban a absorber en cada inmersión. No tenían vida propia; morían con cada
despertar y volvían a nacer envueltos en las ensoñaciones de algún extraño que
se dejaba abandonar a las divagaciones
de su mente. En cada jornada los testigos sabían que no podían salirse de la
línea invisible que había sido trazada para ellos, que solo eran sombras. A
pesar de cambiar de apariencia cada uno sabía quien era quien, y ocasionalmente
se saludaban entre ellos con una leve inclinación de cabeza. Los testigos no
podían caminar más allá de los límites establecidos, no podían hacer preguntas
(no había a quien además), no podían salirse del cuadro que había sido pintado
para ellos, no podían escoger en que sueño estar. En la quietud de su solitario
rincón esperaban resignados la llegada del nuevo sueño que les traería, aunque
de forma brumosa, los pensamientos y las emociones con las que armarían una
historia de vida, algo que hiciera más llevadero la soledad de su oscuro
exilio. No le tenían miedo a las pesadillas, de hecho las aguardaban con ansias
ya que en ellas podían asumir un rol más interesante. Los testigos eran los
encargados de asustar al durmiente con toda suerte de trucos e imágenes: ogros,
vampiros, hombres lobo, jinetes sin cabeza y a veces algún personaje de alguna
película de terror eran las visiones adaptadas para hacer estremecer en su
lecho al soñador. Entre más resentimiento guardara el testigo en su interior
más terrorífica se tornaba la pesadilla. A lo que si le tenían miedo, y
bastante, era a ser soñados por animales; la idea de adquirir la forma de
gusanos, ratas, o pequeños animales que entraran en el menú de algún depredador
sediento de sangre era algo que los mantenía con cierto grado de paranoia.
Escondida en su luna,
Anabel buscaba respuestas a las preguntas que taladraban su cabeza: ¿Quién era
ella? ¿Un ángel? ¿Una idea suelta? ¿Un pensamiento tirado al vacío? ¿Una
estrella fugaz que recogía y atesoraba en su capa de gases las historias que encontraba en
las distintas galaxias que recorría? No llevaba mucho tiempo en ese oficio,
pero sentía que la carga emocional de presenciar miles y miles de historias la
oprimían hasta la muerte. De pronto, un pensamiento resplandeció en su mente
como un rayo; en cuestión de segundos Anabel supo lo que quería, lo que había
estado esperando por tanto tiempo pero que no sabía: Anabel no quería ser más
un sueño, Anabel quería soñar. Aguardaría la próxima inmersión para escapar por
el túnel, esquivaría los haces de luz, las visiones desordenadas, y correría
sin cansancio hasta encontrar un sitio en la lejanía donde pudiera abandonarse
a sus propias divagaciones. En el acuario los testigos no sueñan, solo tienen
consciencia de si mismos. Anabel no sabía exactamente con que se iba a
encontrar, pero no le importaba; estaba harta de la monotonía, de los días al
carbón, de presenciar vez tras vez sueños ajenos. No quería ser más un objeto
impasible colocado estratégicamente en la fantasía de otros; estaba harta de
que su esencia variara a capricho del soñador. Tal vez los otros estaban acostumbrados, y no los podía juzgar, al fin
y al cabo es más fácil ser testigos pasivos de la vida de otros que atreverse a
vivir la vida propia.
No pasó mucho tiempo para
que Anabel pusiera en marcha su plan de fuga. Esa noche los contornos del útero
comenzaron a vibrar como siempre ocurre cuando se avecina la llegada de un
sueño. Estaba decidida, no correría hacia el punto de luz sino que aprovecharía
su breve instante de libertad para correr hacia el extremo opuesto del túnel.
Las paredes elásticas que la rodeaban proyectaban imágenes de sueños en los que
ella estuvo, eran como un gran telón que reproducía las imágenes de películas
experimentales. A medida que se alejaba el eco de las voces se hacía cada vez
más ensordecedor, era como si aquel mundo inmaterial la reclamara, como si le
pidiera que se quedara.
-
¡Anabel!
¿Qué haces?
Volteó para mirar; era
Edwing, otro de los testigos con el que compartió horas y horas de jornadas
monótonas en paisajes descoloridos y absurdos. Era quizá el testigo con el que
más había coincidido; se distinguían, más nunca antes se habían dirigido
palabra.
- No sigas Anabel. No
sabes con lo que te puedes encontrar. No sabes si lo que vas a ver te va a
gustar.
Ella quiso responder algo
pero la emoción de saberse pronto libre la embriagaba. Cuando fijó su mirada en
lo que restaba de camino vio una puerta de bronce por cuyos resquicios se
asomaba el resplandor de una luz limpia. Avanzó lentamente, sabiendo que cada
paso definiría su suerte futura.
-
¡Anabel!
Giró para despedirse pero
Edwing había desaparecido. De pronto, las paredes comenzaron a cerrarse en un
intento desesperado por aprisionarla. Las escenas de los sueños habían sido
cambiadas por la imagen de todos y cada
uno de los testigos que ahora la miraban entre incrédulos y horrorizados. Anabel
veía como los rostros de todos ellos se acercaban mientras las paredes se
pavoneaban en una danza trémula, moviéndose y sacudiéndose para acelerar el
encuentro entre ambos lados del largo pasadizo.
El túnel quiso tragársela, pero Anabel consiguió llegar hasta la puerta
de bronce evitando quedar atrapada entre la estructura viscosa hecha a partir
de retazos de sueños reciclados. Al abrir la puerta, sus ojos contemplaron lo
que nunca antes imaginaron que podía existir: ante ella había un mundo de
colores, un escenario en el que los árboles eran verdes, el cielo azul y las
personas rosadas, negras y amarillas.
-
Debo
estar soñando- pensó.
Al adentrarse en aquel
paisaje descubrió lo que ya había visto en otras visiones; era una ciudad
normal, una metrópoli con grandes rascacielos y hombres y mujeres caminando
apresuradamente hacia alguna parte. Nadie parecía fijarse en ella. Anabel
restregaba sus ojos tratando de acostumbrarse a la luz que se desprendía de los
objetos que la rodeaban. De repente, la voz de una niña la sacó de sus pensamientos.
-
Abuelito,
¿por qué esa señora se ve en blanco y negro?
-
Manuela,
querida, no señales, y sabes que no debes hablar tampoco.
-
Si,
pero es que estoy aburrida.
-
Lo
se; ya vendrán sueños más emocionantes niña, ahora cállate.
Anabel intentó acercarse
a la pareja, pero el anciano y la niña se habían alejado apresuradamente para
evitar cualquier posible contacto. Estiró sus brazos y descubrió con horror que
sus manos, sus muñecas, sus antebrazos y todo su cuerpo carecían de color.
Nerviosa, empezó a caminar por la gran avenida buscando alguna cara conocida,
alguna pista que le dijera que estaba ocurriendo. Las personas pasaban a su
lado y ni se inmutaban ante su presencia. Intentaba hablarles pero ellos
seguían de largo. En su paranoia hasta le pareció ver que los perros callejeros
se alejaban de ella. En su angustia, se
sentó en el andén tratando de dar una explicación lógica a los últimos
acontecimientos, aunque, vale aclarar, ni ella misma entendía que era la
lógica. El revuelo de su cabeza no evito
que se percatara de la figura que se había parado junto a ella. ¡Era Edwing!
- ¿Qué
es todo esto? – preguntó tímidamente- ¿Por qué sigo viéndome en blanco y negro
cuando acá afuera todo es de color?
-
Estas
soñando Anabel; eres un sueño soñando un sueño. Eres el sueño de alguien que no
ha dejado de soñarte jamás.
-
¿Y
quien es esa persona?
-
¿En
realidad quieres conocer más al respecto?
-
Si,
quiero.
- Te
advierto, vas a descubrir algunos asuntos relativos a tu origen; vas a saber
cosas que sería mejor continuaran guardadas en el baúl de los olvidos.
-
No
me importa.
Edwing la tomó del brazo
y la llevó hacia un callejón ubicado frente a un parque de niños.
-
Los
testigos somos almas en pena, ánimas que buscamos menguar nuestro dolor recorriendo
mundos que solo son posibles en el desvarío de alguna mente ajena a la
realidad. Se nos concede el don del olvido para no cargar con una tristeza
excesiva sobre nuestras espaldas, sin embargo, ocasionalmente las imágenes del
pasado se hacen presentes para tratar de confundirnos.
Al oír estas palabras
Anabel sintió como si el peso de tres galaxias le cayera encima.
-
¿Dónde
estamos? Preguntó.
-
Donde
todo comenzó.
Fue en ese instante que
Anabel entendió todo. La venda fue quitada de sus ojos y pudo observar
claramente la verdad sobre ella misma, su pasado y el dolor inexplicable que la
oprimía. De pronto, se acordó de las noches de bohemia en los antros más
perdidos de la ciudad; de las escenas de celos; de las inyecciones de heroína,
cada vez más constantes ya no solo para agradarlo a él sino para calmar
desesperadamente su propia ansiedad que la devoraba como león rugiente. Recordó
la escapada de su casa para ir tras el hombre que le había prometido los
placeres sublimes del sexo prohibido; las poesías de Alejandra Pizarnik susurradas
en noches de lujuria bajo una tormenta de sábanas y las humillaciones diarias
para mendigar una pizca de amor de aquel quisquilloso dios que le había
otorgado la gracia de la lástima. Se acordó de las lágrimas derramadas mientras
en vano pedía el perdón de sus padres, de la expulsión de la universidad, de
los asaltos callejeros para financiar el consumo de su “macho alpha” que había
aprendido a manipularla de forma vergonzosa, pero, y por encima de todo, se
acordó de ese puñal caliente traspasando su vientre después de haberle dicho
con voz de suspiro por la emoción:
-
Estoy
embarazada
La imagen que presenció
en aquel callejón se convertiría en el escenario de un sueño perpetuo al que sería
condenada por la eternidad, un sueño que se repetiría noche tras noche. Un
sueño sin testigos. El sueño de un hombre con las ropas ensangrentadas que
sostenía por la cintura a una mujer agonizante y enamorada.
-
Perdóname-
le decía entre llantos- por favor, perdóname.
-Ya lo he hecho- le respondía ella
en un susurro.
- Te amo, te amo tanto Anabel.
- Y yo a ti Byron.
Después aparecía un
pequeño punto, un punto al final de un túnel tantas veces transitado junto a
susurros en forma de sombras, sombras que la reclamaban.
Imagen: Urban Alley de Debra Hurd
05 agosto 2012
Graffiti
Por MauVenom
Este niño del que les hablo estaba impresionado con el color verde por la simple razón de que así era el auto de la casa, en la escuela, sin embargo, admiraba el negro de la tinta porque le daba seriedad a sus letras, por otro lado, la pluma roja tenía capacidad de hacer que todo se viera importante, urgente. Deslumbrado también por una mariposa azul eléctrico y las luces neón de aquellas dos ciudades. Otro verde presente era el de los ojos de su madre aunque al chico se le hacían tan normales como los azules de su padre… pero la mirada gris del abuelo era cosa aparte. A este niño le compraron mil pinturas y con todas ensayó, mezcló y en algún primario momento atravesó la idea de dedicarse a las artes gráficas, pero no, el inventario ofrecido por la naturaleza era insuperable y ninguno de esos lápices lo pudo igualar nunca.
Impresionante; la policromía de los peces vistos a través del agua cristalina del acuario.
Este adolescente descubrió que el color negro en la sala laqueada como piano era fuerte y retador como sus propias emociones. La estética de aquellos años ayudó a crecer la manía y todo cuanto llegó se tornó negro, incluso los amigos se tiñeron para todos caminar por la calle en un uniforme que pretendió ser una rebeldía con clase. De aquellos días se quedaron también los ojos obscuros de aquella chica que fue obsesión, el blanco impoluto de las paredes que resaltaban todo, el azul de la aerolínea que llevó y trajo, el color cobre de la piel bronceada y el logotipo de un perfume presente que lleva en su nombre el pantone completo.
Único; el negro de aquel gato irrepetible que con su partida se lo llevó todo.
Este joven del que les cuento despertó un día sintiendo rechazo por la lobreguez que lo acompañó tiempo atrás y descubrió gran alivio en aquellos jeans azul claro y las playeras de tono simple que antes parecieron tan elementales. Probablemente fue por la vida frente al mar que el azul tomó la importancia dominante del Océano Pacífico mismo, quizá por aquel cielo de verano que todo lo demás se manchó celeste. Iniciaron los años cobalto en los que alternó la tranquilidad y la tristeza, la electricidad y la fluidez, las flores del norte con las aguas del sur.
Extraordinario; el azul brillante de esa noche en el desierto donde dejé el poco corazón que quedaba.
Este hombre presente diluyó aquel azul tristeza en el agua con la que hoy riega la tierra de la cual nació este rojo implacable, calidez que parece invadirlo todo para amanecer de nuevo y vivir un esplendor que promete extender los años. Maderas, plantas encendidas, pigmento de arena... legado de un país sin inhibiciones que arma paisajes con arcilla. Así en el color del fuego descubro ímpetu, promesa de vehemencia, un episodio que no pronostiqué. Integral a un mundo al cual al finalmente pertenezco.
Prodigioso; el rojo sol que veo desde esta ventana nueva como el destino que ahora estreno.
Antes de irnos deberíamos conseguir los óleos de cada color que marcó una etapa. Poner en un lienzo porciones de cada uno dependiendo de cuántos años dominaron la visión, mezclarlos, el tono final será lo que en realidad fuimos. La luz que aportamos a este inentendible graffiti.
Me gustaría descubrirme brillante, luminoso.
03 mayo 2012
¡No frene!
En general me percibo libre en las lides del amor. Pero mi terapeuta no piensa lo mismo. Todo empezó cuando alguien colocó su carrito del súper frente al mío obstaculizando mi paso. Al voltear se encontraron nuestras miradas y pensé – Uf, que lindo hombre-. El me recibió con una hermosa sonrisa y una luz cálida emanaba de sus ojos. Yo, sin hacer un sólo gesto, me di la vuelta y regresé por donde venía. Avancé un par de pasillos más y me lo volví a encontrar pero rápidamente cambié de rumbo. Él insistió y se paró enfrente de la caja donde me encontraba pagando. Traté de ignorarlo pero sentía el peso de su mirada sobre mí. El pánico me invadió pero cuando salí de la caja él ya no estaba. Así que subí mis compras al coche, me sentía exaltaba y un poco absurda por ni si quiera haberle devuelto la sonrisa aunque también sentía alivio de que hubiera desaparecido. Cuando llegué a la salida del estacionamiento volteé para ver si podía pasar y descubrí que él estaba parado justo ahí, se acercó y me dijo con suave tono –¡Pero que lindaaaa!- Arranqué y me fui con la certeza de haber hecho lo correcto. Cuando le conté a la terapeuta me dijo -¿Cuántas veces has visto un hombre guapísimo en el súper? -Deja de correr, si no sabes qué hacer, simplemente detente y deja que las cosas sucedan, disfruta las sorpresas-
No estuve muy de acuerdo, en mi cabecita no existía la posibilidad de permitir una avanzada amorosa con un desconocido en el súper. ¿Qué le diría a los nietos? - Conocí a su abuelo en el súper!- No, imposible.
Tiempo después viajaba en el metro, en mis pensamientos le pedía a mi abuela y a mi tía (mis Ángeles de Tiempo Completo), que si en vida habían tenido tan buen gusto, por qué no me mandaban ya a la pareja correcta, que se presentara con toda claridad en mi vida. Aún no terminaba esta idea, cuando un hombre atractivo y cordial me pidió que lo orientara pues se encontraba perdido. Le expliqué cómo llegar a donde quería ir y me dijo que la verdad era un pretexto para hablarme pues si no se acercaba era probable que no nos volviéramos a encontrar. Lo miré y sentí un fuerte impulso de correr mientras pensaba; ¿Qué le voy a decir a los nietos? -¡Conocí a su abuelo en el METRO!- ¡Socorro! Pero esta vez fue más fuerte en mi interior la voz de la terapeuta y aunque reaccioné como autómata, al menos dejé ambos pies plantados en el piso y me permití escuchar su agradable voz para luego dejarlo ir para siempre.
Ahora, un hombre se me presenta sorpresivamente y me tiene totalmente desbordada, descontrolada, aturdida e invade por completo todos mis pensamientos. Y sé que en está ocasión, hubiera sido prudente ignorar todo mi aprendizaje terapéutico y retomar la conocida estrategia de correr, pero lo único que pude ver en el fondo de sus ojos traslucidos fue un gran letrero que decía 'NO FRENE'.
No sé que pasó.
¿Y ahora qué les voy a contar a mis nietos?
Ya sabré qué decirles cuando llegue ese momento. La vida es una historia que no se termina de acabar hasta que se llega al final, pero mientras, hay que vivirla, dejar que las cosas sucedan y de ser posible disfrutarla. Es tan fugaz al borde de esos labios.
Imagen proporcionada por el autor del texto
01 marzo 2012
dormir, tal vez volar...
por marichuy
Volar dormida. De niña no soñaba con ser princesa o reina de belleza. Tampoco con caballeros montando blancos corceles, que sorteaban infinidad de peligros para rescatarla de alguna torre suspendida en la colina del horror. A cambio de esas fantasías, su sueño más recurrente, incluso más allá de la adolescencia, era volar. Ella soñaba que volaba y que en su vuelo podía mirar hacia abajo y ver su cuerpo mientras dormía, como si solo una parte de ella se desprendiera dejando otra sobre la cama. Como si su cuerpo se desdoblara, a manera de protección-coartada, por si alguien la buscaba no notara su ausencia. Volaba pero no tenía alas, al menos nunca se vio con alas. Pero si era "consciente" de una sensación maravillosa: flotar y desplazarse al mismo tiempo. Fue su sueño favorito en la niñez y temprana adolescencia y aun cuando su duración era relativamente corta [si es que resulta posible mediar la duración de un sueño], hubo noches —las mejores— en que el vuelo se prolongó durante un largo rato [o al menos así lo sintió ella.]
Lo que nunca variaba era la forma de terminar: un ligero sobresalto le anunciaba el inicio del descenso. El vuelo estaba por llegar a su fin. Descenso a manera de retorno. Lenta caída que terminaba justo al sentir el leve golpeteo de un pie sobre el otro y con ello el inevitable y cruel despertar. La mejor parte de su sueño, además de la indescriptible sensación que le producía el poder mirar su cuerpo sobre la cama, era que al volar podía ver paisajes extraños, bosques algo obscuros, el mar... y la soledad. Y es que nunca se soñó volando con alguien más; ni tampoco miró a nadie más que no fuera ella.
Alguna vez le platicó de sus sueños a Carmelita, excéntrica mujer, vecina y amiga de la familia con quien acostumbraba platicar con ella y a quien debía el obsequio de hermosos libros de cuentos. Después de escucharla atentamente, Carmelita dio su veredicto: ese sueño representaba su inocencia y mientras ella no perdiera la inocencia, el sueño acompañaría todas las noches. Y no obstante que ella salió de la niñez, pasó por la adolescencia y finalmente la dejó también, siguió volando por las noches; aunque cada vez de manera más esporádica. Así hasta que una noche, desapareció por completo aquella indescriptible sensación de desprenderse de su cuerpo y surcar los aires sin miedo, ni paracaídas o red de protección.
Aún ahora, años después de aquella platica, ella sigue cuestionándose sobre la desaparición de ese sueño y su relación con la pérdida de la inocencia. Determinar cuando ocurrió. En ocasiones piensa que ya no le queda ni una gota; pero en otras, está segura que en algún lugar recóndito aún guarda algo de aquella niña que no conocía ni imaginaba la desconfianza o el miedo, ni, mucho menos, la malicia. Y cuando está en plan positivo, piensa que todavía volver aquellos vuelos nocturnos. Será cosa de apapachar lo que queda su inocencia, se dice, para volver a flotar y desplazarse, mientras su cuerpo permanece en la cama durmiendo... para que nadie se percate de su ausencia...
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la libertad es alas
es el viento entre hojas, detenido
por una simple flor; y el sueño
en el que somos nuestro sueño;
es morder la naranja prohibida,
abrir la vieja puerta condenada
y desatar al prisionero:
esa piedra ya es pan,
esos papeles blancos son gaviotas,
son pájaros las hojas,
y pájaros tus dedos: todo vuela.
—Octavio Paz
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