
Una vez fui un ser mágico… ¿recuerdas? Casi un hada que te costaba trabajo mirar. Recuerdo que describías mi brillo como “casi insoportable”. Alguna vez, según recuerdo, con el solo roce de mis dedos bastaba para desatar al minotauro dentro del laberinto de tu libido. Tus manos se volvían anclas que enterrabas en mi piel, como si la eternidad te fuera a encontrar momificado sobre mi cuerpo sonriente.
Recuerdo también que llegaste a describir la fuerza de mis pupilas como titanes invencibles, como una fuente infinita de poder que te impulsaba a cargar el mundo sobre tus hombros como el buen Atlas… y era verdad… un día volteaste el ecuador al norte para que yo pudiera ver la aurora boreal en todo su esplendor, y también recuerdo que de manera impía le dijiste que deslucía ante mi estela.
Alguna vez, todo los olores que de mi emanaban eran tus perfumes predilectos. Retozabas gustoso entre mis senos o lamías con los ojos cerrados los dedos de mis pies para excitarme y volverme loca de risa y de deseo. No me dabas flores, decías, porque nada podía distraer a tu nariz de hundirse en catálogo de mi cuerpo.
Y gracias a que tú me lo decías y yo lo creía, surcábamos los cielos, formando nubes barrocas a nuestro antojo, y cuando fornicábamos como animales en medio de esos vuelos se desataba algún huracán en la tierra, y después decidíamos “hacer el amor” aunque fuera cosa de eros hacerlo, y los campos florecían y la brisa del mar nos mecía acompasadamente.
Todo eso se esfumó.
Todo lo dejaste guardado en la gaveta de la oficina, Zeus.
Hoy me dices que sigo siendo una diosa, que como tal tengo obligaciones. Que debo de dar el ejemplo a los mortales de fidelidad a mi hombre, aún cuando se sepa en toda esta maldita montaña que mi hombre se revuelca feliz con cuanto entrepierna le cruza por delante. Aun cuando al tratar de mirar a mi sexo me encuentre solo con un vientre roto que ha cargado a tus cuatro hijos.
Es por eso que mandé a sentarlas a todas sobre hierros calientes con la piel desnuda, a todas tus amantes, o al menos a todas las que yo conozco; pero no me sentí mejor. Ninguna de mis venganzas se iguala a nuestros incestuosos encuentros, aquellos cuando me hiciste Diosa de verdad, cuando reventábamos al universo a punta de deseo. ¿Lo recuerdas, querido Zeus?
Es por eso que con la última gota de la sangre otorgada por nuestros padres, y con el último aliento de fuerza que la venganza hueca me ha dejado, me voy del Olimpo (maldito barrio carroñero), a buscarme la vida y los placeres que aun puedo tener. A darme gusto por lo que me plazca y por donde me plazca, pero sobre todas las cosas, a no tener que ser un ejemplo para ningún ser mortal o inmortal. Voy a vivir la vida, la mía.
Con esta epístola quedas libre… o mejor aún, más claro: Estamos divorciados.
Alguna vez tuya
Hera.
Imagen que acompaña: Monte Olimpo en Marte