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17 octubre 2011

Nuestra propia leyenda.



Por Lidia 



Nunca he sido partícipe de las muestras de afecto en la vía pública.

Me sonroja sobremanera el hecho de que un extraño valore más mi mirada, o mis brazos, o mis labios, que la persona hacia quien va dirigida la exteriorización de mis emociones.

He caminado tantas veces este mismo callejón de esta mágica Ciudad, al lado de tantas personas tan diferentes entre sí.
Y siempre he llevado mis manos dentro de los bolsillos de mi pantalón.

El contacto físico es tan íntimo que no necesita demostrarse ante el público en general.

- Siempre te detienes bajo este mismo balcón.- Dices tú mientras giras tu cuerpo hacia el mío.

Yo retrocedo unos pasos para que la distancia entre nosotros deje de ser nula.

La algarabía de todos alrededor, turistas y locales, enmarcaron en ese momento, tu figura tan masculina.

- Me gustan las leyendas cursis de enamorados.- Dije sonrojándome.

Tú me miras y permaneces en silencio.

Yo, fiel a mis códigos de conducta, trato de rehuír tu mirada, pero es tan profunda que termina venciéndome.

Das dos pasos hacia mí y delicadamente acaricias mi mejilla.

Una mujer de edad avanzada pasa a nuestro lado y nos mira atónita.

Al percatarme de aquella mirada lacerante, de mi interior surge el impulso de rechazarte y continuar nuestro camino, pero algo más fuerte que yo me impide actuar, y termino indiferente hacia la cruel mirada de la mujer. Seguramente nunca en su vida recibió una caricia apasionada como ésa que tú me obsequias en este instante.

Al igual que en la leyenda del callejón donde nos encontrábamos de pie, donde el padre de Carmen sentenció injustamente el amorío de su hija con Luis, con la misma injusticia, los juicios morales de la sociedad local nos condenaban a ti y a mí.

Y como parte de un mismo estímulo, acerqué mis labios a los tuyos.

Una joven iba pasando escuchando música a través de sus audífonos, nos miró de reojo, sonrió y siguió de largo.

Un hombre trajeado y con maletín nos miró reprochando nuestra osadía y murmuró algunas blasfemias mientras seguía su curso.

La historia de nuestro beso no pasará generación tras generación, ni será contada por los residentes de aquélla hermosa Ciudad.

Pero a partir de ese día, ese balcón cobró especial relevancia para ambos, porque allí escribimos nuestra propia leyenda.

15 agosto 2011

Un Tiffany rosado.



Por Lidia

La noche trajo consigo, no sólo un color oscuro en el manto celeste, sino también grandes, continuas y agresivas gotas de lluvia que no menguaban un sólo minuto.

Maximiliano se encontraba vestido pulcramente entre colores azulados y grises, y su silueta se erguía firme y cándidamente frente a la única ventana de mi departamento que daba hacia el exterior, y cuando se percató que faltaría un buen rato para poder retirarse a su vivienda, se quitó el saco, desanudó su corbata y se sentó a la orilla de mi cama.

Yo permanecía incólume recargada en mi cabecera y le veía fijamente mientras apreciaba su increíble estética masculina.

Siempre había creído que le conocía más que cualquier otra persona en el mundo.

La lluvia arreciaba, y las mangas de mi sudadera corrían el maquillaje oscuro de mis ojos mientras los tallaba torpemente.

Abracé mis rodillas para que Maximiliano tuviera más espacio para recostarse en la cama en la que tantas veces habíamos dormido abrazados.

Nunca me había preguntado cuáles eran los sueños de un hombre como él.

Nunca había sentido tanta curiosidad hacia él hasta esa noche.

Maximiliano fue el niño solitario que siempre estuvo en el cuadro de honor.

La ausencia de una figura materna le había hecho parecer un niño abstraído que observaba al mundo detenidamente para luego realizar hipótesis acerca de la condición humana.

- Define al mundo Max.- Le pregunté alguna noche anterior mientras me recostaba en su torso.

- Es una melodía nostálgica.- Respondía él entre risas que sólo yo conocía.

O al menos, yo creía ser la única persona en el mundo que conocía la manera en que él sonreía.

- ¿Y bien?.- dijo Maximiliano recostándose en el espacio que le había hecho en mi cama.

Yo volteé a ver esa pequeña caja cuadrangular situada a mi lado derecho, y enseguida de eso, volteé a ver sus increíbles ojos que se encontraban a la expectativa de mi mirada.

Me comencé a balancear de atrás hacia adelante una y otra vez para intentar calmar mi ansiedad.

La lluvia enfureció más, y ante mis silencios, Maximiliano se puso de pie, tomó su saco, volvió a colocarlo y cuando dio el primer paso hacia la puerta de la habitación, las palabras brotaron de mis labios:

- Pero con una condición.- dije yo ahogando el llanto y fingiendo indiferencia.

- Lo que tú me pidas.- dijo él volviendo la vista hacia mí.

- Quiero que él esté sentado al otro lado de mí.- continué yo viéndole fijamente.- Así a la hora de que tú voltees hacia tu izquierda para hacer tus votos, él los esté escuchando de tu viva voz y te esté mirando directamente.

Por primera vez en mi vida, ví quebrarse a Maximiliano y miré la manera en que sus lágrimas brotaban de sus increíbles e intensos ojos.

Se acercó a mí y me abrazó fraternalmente, mientras yo también me quebraba y comenzaba a llorar.

- ¿Y a mi lado derecho? ¿Quién deseas que esté?.- preguntó él mientras se incorporaba nuevamente.

- Eso no es importante.- tartamudeé yo.- Él no está enamorado de mí- dije desviando mi mirada.

- ¿Pero qué hombre no podría estar enamorado de ti?.- dijo Maximiliano sin entender mi respuesta.

- Alguien que esté enamorado de alguien más.- Dije yo viéndolo fijamente.

Maximiliano sonrió fríamente, acarició mi pelo, besó mi frente y salió de la habitación.

Yo volteé a ver la pequeña caja que nadaba entre mis sábanas, la abrí y coloqué la pequeña y brillante joya en mi dedo anular.

Después de todo, qué mujer no sueña con recibir un tifanny rosado.


23 junio 2011

El Final Feliz

Por Sonia.


Después de esperar más de cien días encerrada en la torre, la princesa se asomó por la ventana. A lo lejos vio una polvareda que se acercaba a gran velocidad cruzando, sin detenerse ni siquiera un instante, campos y arbustos. Sabía lo que esto significaba, así que, sin miramientos… saltó hacia la libertad. Sin ningún problema cayó de pie, el césped que rodeaba el castillo amortiguó por completo la caída.


Tan lento y suave fue el descenso que el príncipe había terminado su recorrido y ahora se encontraba frente a ella. El la miró sorprendido y, mientras observaba a la princesa de cabello rojo y pecas en la cara, pensó: “Caray, creo que es más bella de lo que me han dicho”. Ella volteó levantando la mirada y se percató de la presencia del supuesto príncipe. Los dos se miraron directamente a los ojos.


-Se supone que debía rescatarte.-le dijo él.

-El dragón todavía está adentro.- acotó ella.

-Mmmhh… pero ya estás afuera.

La princesa desvió la mirada hacia la torre.

-Es que me aburrí y no estaba tan alto.

El príncipe le echo una ojeada al castillo y a la torre para después asentir con la cabeza.

-Pues yo no lo hubiera hecho.

-Típico.

-¿Perdón?

-Nada, nada.

-¿Nos vamos?- le preguntó el príncipe subiéndose al caballo.

-¿Y el dragón?

-Bueno esteeeee… ahorita regreso.- dijo el príncipe bajándose del caballo.


La princesa esperó a que su intento de rescatador entrara al lugar que la mantuvo cautiva, montó al caballo y se fue. A lo lejos alcanzó a escuchar al príncipe que gritaba desde las entrañas del castillo:


-¿Dragón? ¿Cuál dragón?


21 abril 2011

Soledad.

Por Lidia


Cuenta la gente contemporánea a él, que todas las mañanas al clarear el alba iba a la Iglesia principal del pueblo, se postraba ante el Santísimo, cerraba sus ojos, empuñaba fuertemente sus manos hasta clavar sus uñas en la piel, arrugaba su frente, y sólo Dios sabe cuáles eran los pensamientos que ese hombre elevaba a las alturas.

Antes de salir del templo, pasaba a la capilla erigida a la Virgen de la Soledad, se conservaba de pie, reclinaba su cabeza, volteaba a ver la mirada afligida y dolorosa de la Mujer vestida en túnica negra, a cuyos pies se encontraba Su Hijo desnudo, ensangrentado y coronado de espinas.

Casose en esa Iglesia a la edad de 21 años con una mujer de edad similar, con quien tuvo una amplia descendencia, como así lo dictaminaban las leyes religiosas de aquellos tiempos.

La gente del pueblo rumoraba que más que amor, un interés económico le hizo dirigir su mirada hacia ella.

Pero la gente del pueblo alimentaba su morbo de los rumores.

Nunca se sabrá qué tanta verdad había en dichas aseveraciones.

Años más tarde, mientras su hija menor quedaba encinta, la mujer que hacía el aseo de los diversos negocios de aquél hombre experimentaba en carne propia, la metamorfosis de la concepción.

La hija menor de aquel hombre tuvo un varón, y la señora del aseo tuvo una niña, quien tenía en su pantorrilla derecha el mismo lunar que el jefe de su madre.

El hombre reconoció como suya a la pequeña y le puso por nombre “Soledad”.

Quién diría que en ese momento, mi nombre de pila marcaría secretamente los senderos por los que más delante caminaría yo.

La familia numerosa de mi padre nunca me aceptó como una de ellos por ser yo una hija ilegítima, nacida fuera de matrimonio, y la materialización de la vida adúltera de su progenitor.

Estaba yo destinada a verlo a escondidas de todo el mundo mientras él salía a cuidar sus diversos negocios.

Estaba yo destinada a sentir el amor limitado de mi padre que para mí siempre fue infinito.

Mi padre sonreía intensamente cada vez que me veía llegar a su lado.

Mi padre, que bien podría haber sido mi abuelo, me veía orgullosamente debido a mis facciones estéticas y las curvas bien definidas de mi cuerpo.

Pero mi padre no estuvo conmigo el primer día de escuela, ni ninguno de mis cumpleaños, ni en ningún acto público de este pueblo, ni el día que contraje nupcias.

Un día, mi padre dejó de acudir a sus negocios.

Asistí semana tras semana anhelando encontrarle una vez más para platicarle de mis penas y alegrías.

Las semanas se convirtieron en meses, y los meses en un año.

Pasaba yo a la Iglesia principal del pueblo que estaba situada a dos cuadras de la casa de mi padre, entraba a dicho recinto y veía a mi mano izquierda la capilla erigida a la Mujer vestida de luto con el cuerpo de su Hijo a sus pies…

“Tu nombre, mi querida hija, se debe a la Virgen de la Soledad”. Solía decirme mi padre.

Y para mis adentros yo pensaba en que mi nombre nada tenía que ver con cosas religiosas, sino a las grandes omisiones emocionales que yo vivía en carne propia.

Una tarde de primavera, la gente del pueblo me hizo saber la muerte de mi padre.

La vida me negó la posibilidad de despedirme de mi padre en su lecho de muerte.

Acudí al cementerio municipal vestida de negro, y ante las miradas atónitas y severas de mis hermanos, no pude acercarme como ellos a los pies de la tumba que estaba siendo ocupada en esos momentos.

Y mientras eran colocados tabiques y cemento encima de su ataúd, yo sólo pensaba en que quizás, y sólo quizás, una parte de él, la que me dedicó a mí, también se apagó en Soledad.

24 marzo 2011

Temblando de miedo

Perdí la noción del tiempo.
¿Cuánto tiempo llevábamos en esta guerra interna contra nosotros mismos?

¿Uno? ¿Dos? ¿Cuatro? ¿Ocho? ¿Nueve? ¿Doce años?

Entré por debajo del láser que escaneaba a mi persona, miré a los guardias que me saludaban seria pero cortésmente, tomé el maletín que contenía mis documentos y apuntes, y me dirigí a la celda aislada a la que acudía cada lunes desde que empezó todo esto.

El sonido de mis tacones resonaba en todo el edificio en donde nadie más, ni siquiera las mujeres, usaban ese accesorio femenino.

- Buenos días consigliere.- Dijo el general en turno.

- Buenos días general.- Respondí sonriendo.

- ¿Cómo se ha comportado?.- Proseguí.

- Lo mismo de siempre, sólo habla con usted, y en cuanto termina su entrevista semanal, sus labios se cierran y se abren únicamente para alimentarse.

- ¿Qué es lo que está leyendo ahora?.- Dije mientras quitaba mi argolla, mis aretes y el broche de mi pelo.

- Hans Kelsen.- replicó el hombre uniformado que estaba parado enfrente de mí.

- ¿Otra vez?!?!.- respingué yo de manera extrañada.

- Ahora pidió la versión original en alemán.- Dijo él mientras yo iba dándole la espalda para entrar al cubículo donde todos los lunes, platicaba una hora con el hombre más peligroso y más inteligente de todo el país.

Entré al cubículo custodiado por cámaras y micrófonos.

Tomé asiento en una de las dos sillas separadas por una pequeña mesa de dos metros de largo, del otro lado y frente a mí, él se encontraba sentado, viéndome fijamente como desde el primer lunes en que inició mi investigación con él.

- ¿Teoría Pura del Estado, ah?.- Dije yo haciendo una ligera mueca de sonrisa.

- El siglo XX es todo de Alemania.- dijo él en ese tono elocuente que tanto me atraía.- Se elevó, se fue al inframundo, resurgió de las cenizas, fue al paraíso, volvió nuevamente a los dominios de Hares, y poco a poco, con método y constancia recuperó su honor.-

- ¿Y el siglo XXI? ¿A quién le pertenece?.- dije sin quitar mi vista de sus enigmáticos ojos oscuros.

- Si te digo por quién apostaría todo lo que tengo, no sería una apuesta equitativa, ya que es un volado donde no tengo nada qué perder.- Dijo él con su ironía tan característica.

- Todos tenemos siempre algo qué perder.- Respondí yo.

- Quizás tú tienes mucho qué perder, pero yo ya lo he perdido todo consigliere.- Dijo él en tono irónico, y antes de que yo pudiera proseguir, cambió radicalmente el tema.- ¿Por qué no traes puesta tu argolla?

Titubeé a dicha pregunta ya que en ningún momento observé que su mirada bajara a mi mano.

- No se me permite entrar con nada metálico.- Respondí extrañada.

- ¿Por qué tus ojos no brillan de manera diferente?.- Dijo nuevamente él mientras tomaba la conducción de la conversación.

- ¿Perdón?.- Dije yo sin querer responder algo que no debiera saber él.

- El hecho de que yo esté alejado de cualquier medio de comunicación consigliere, y sólo tenga acceso a las letras clásicas, no me impide proveerme de los medios de saber lo que necesito o lo que me interesa.- Dijo él fríamente.- Te recuerdo que estamos sumergidos en un mundo que yo diseñé, el caos del exterior es mi obra maestra, le aposté a las bajas pasiones de esta pútrida sociedad y no ha habido en toda mi vida, un sólo pronóstico mío que haya sido incorrecto, nuestra raza necesita una purificación, al igual que el mundo necesitó una purificación de la raza judía, con la diferencia de que nuestra aniquilación no vendrá por parte de una raza aria, sino de nosotros mismos. Sé muy bien que estás aquí como cada lunes, desde hace años, para investigar cuál es el botón que paralizará la guerra que está siendo librada allá afuera, pero me ofendes si crees que seré lo suficientemente idiota como para darte las respuestas que necesitas, aún y cuando sepas disfrazar muy bien tus preguntas. Si he accedido a hablar sólo contigo es porque tú misma eres la muestra de la pasión para mí, mis bajos deseos se ven saciados con tu presencia, tu mirada es la única interrogante para la cual no tengo respuesta alguna, y he llegado a pensar que en sí mismos, tus ojos son mi válvula de escape para no enloquecer entre estas cuatro paredes. Oh sí consigliere, tú eres la musa perfecta para mis fantasías, y por ende, la carnada perfecta de los endebles lidercillos de este país para que yo muerda el anzuelo y te prevenga qué es lo que viene.

Nunca había entendido cómo ese hombre había cometido tantos delitos graves, si parecía tan inofensivo y cuerdo.

- ¿Crees que tu próximo matrimonio iba a ser una noticia ajena a mí?- Prosiguió él.- ¿Realmente lo creías? Eres la mujer más famosa de este país consigliere, no hay un sólo paso tuyo que no esté vigilado día y noche, ¿Qué tiene ese hombre que te ha hecho elegirlo de entre todos los que estamos prendidos de tu encanto? ¿Tiene algún destello de inteligencia? ¿Tiene lucidez o claridad mental? ¿Te hace estallar en la cama?..... ¿Y sabes por qué me causa tanta intriga consigliere? Porque el brillo de tu mirada ha sido el mismo con el que has entrado en este cuarto desde la primera vez, porque conozco claramente la manera en la que una mirada brilla cuando hay euforia detrás de ella, lo cual me hace apostarle a que no estás siendo honesta con el siguiente paso que habrás de dar, y te repito, yo nunca he fallado en ninguna de mis aseveraciones hipotéticas.

Me quedé petrificada escuchando atentamente cada una de las palabras que él pronunciaba. No podía creer que ese edificio de "alta seguridad" tuviera gente que creyera más en ese hombre que en el Estado.

De repente tuve la sensación de que todo lo que yo había hecho en esos años desde que entré a trabajar para el Gobierno Federal, era simple y sencillamente tiempo tirado a la basura.

Volteé a verlo nuevamente, por unos instantes todo lo que él representaba era más atrayente que lo que yo misma era parte.

Me puse de pie y caminé hacia él.

Miré hacia las cámaras de seguridad y di la indicación de que desactivaran los campos de seguridad de él para que pudiera ponerse de pie.

Al ver que mi orden no era acatada, les recordé mi investidura y los campos fueron desbloqueados.

Él observó cuidadosamente todo lo que había sucedido, se puso de pie, y en un rápido movimiento, se colocó detrás de mí y me sujetó de la cintura.

Pude ver que detrás de los cristales todos se ponían de pie, a lo que yo indiqué que siguieran en su lugar.

Sentí la manera en que su respiración se impregnaba en mi pelo y su tacto fuerte sometía mi anatomía.

- Tu compañía es lo único que puedo perder.- Dijo fríamente él.- No tiembles consigliere, a ti nunca te haría daño.

Y sin que mi mente coordinara mis palabras, mi piel se conectó a mis labios y pronuncié quedamente:

- No estoy temblando de Miedo.-  

20 enero 2011

El Disfraz del diablo




El disfraz del diablo


La historia de Juan Palomete es la de un descenso hacia las profundidas de la vida. Sin embargo, pudo haberlo evitado.



El gran problema de Juan, fue siempre el cigarrillo. El vicio comenzó de joven, cuando todavía no había pisado los quince años.


Para los veinte, fumaba alrededor de cuarenta cigarrillos por día. A los treinta, unos sesenta.
Cuando alguien le preguntaba la edad, debía mostrar el documento de identidad. Nadie le creía los "treinta y dos" que afirmaba tener.


La piel del rostro resquebrajada, el cabello ralo, los dientes manchados, el aliento fuerte, las manos temblorosas, los dedos sucios de nicotina, le daban apariencia de hombre orillando los cincuenta o incluso más.


Aquel que lo conociera, difícilmente podía imaginarse a Juan sin un cigarrillo encendido. Ya sea sosteniéndolo entre sus dedos, colgando en la comisura de la boca o apoyado en un cenicero, cerca de él.


Cuando las leyes antitabaco se pusieron de moda y fue obligación respetarlas, se vio obligado a dejar de fumar en la oficina. Esto motivaba que cada cinco minutos bajara por las escaleras, saliera a la calle y se encendiera un cigarrillo.


Volvía con el espíritu renovado, aunque tosiendo, como era costumbre. La tos era tan característica como el cigarrillo mismo. Podía saberse cuando Juan subía las escaleras por el sonido repetitivo de la tos, que por más que quisiera ocultar bajo dorso del brazo, llegaba a oídos de los demás.


No era bien visto que por querer fumar, dejara tanto su puesto de trabajo. Tuvo varios llamados de atención por ello y dado que su actitud no variaba, terminaron echándolo.


Con el dinero que le dieron de indemnización, puso un pequeño comercio, una especie de bazar. Pero no tuvo éxito. Su insistencia en atender fumando, con el cigarrillo colgando de la boca, lanzándole inconscientemente el humo a sus clientes, hizo que de a poco nadie ingresara al local comercial.


Debió cerrar. Se las ingenió para idearse un puesto de venta ambulante, con el que alternaba en dos o tres esquinas de la ciudad. Allí nadie podía recriminarle que fumaba, al menos estaba al aire libre.


Pero una colilla mal apagada, que arrojó debajo de la mesa que usaba para exhibir la mercadería que tenía en venta, provocó un incendió que acabó con todos sus productos y le produjo quemaduras en sus manos, mientras intentaba extinguirlo precariamente.
Sin dinero, perdió su casa. Por su obstinación con el cigarrillo y el hecho de no dejarlo a pesar de todos los problemas que le había ocasionado, tanto con el trabajo como con su salud, muchos de sus conocidos perdieron la paciencia y se alejaron.
La poca habilidad en sus manos, tras las quemaduras, hicieron que la búsqueda de trabajo fuera un fracaso continuo.


Vagó por las calles varios meses, sin dinero, mal vestido, sin amigos a los que recurrir. Deambulaba por bares, pidiendo cigarrillos a los clientes. Conseguía así no desprenderse de su vicio.


Una mañana húmeda despertó bajo los cartones que lo guarecieron en la noche con una sensación extraña, como si le faltase el aire. Sus pulmones estaban colapsando. Juan atinó a lo único que sabía hacer. Revolvió en sus bolsillos y sacó un cigarrillo arrugado, pero que aún servía.


Con manos temblorosas encendió un fósforo y prendió el último cigarrillo de su vida terrenal. Murió en la segunda pitada, con el culpable de su muerte colgando entre sus labios.
Su cuerpo fue arrojado a una fosa común, en el cementerio local. Sin lápida ni nada que indicase su presencia. Sin embargo, dicen los que visitan el campo sacrosanto que el lugar exacto dónde está enterrado es fácil de reconocer. Es allí dónde la tierra emana humo, en un hilillo poco denso, casi imperceptible, pero visible, sobre todo los días grises, en los que el cielo triste recuerda los fracasos de la vida y el diablo se ríe en alguna parte, feliz de sus actos, contento con sus logros.


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17 enero 2011

Escribo para ti.



Por Lidia


Todavía recuerdo el aroma de tu fragancia el día que nos conocimos.
Todavía recuerdo que ibas vestido con una prenda azul.
Azul que te quiero Azul, no más.

En ese entonces, había aprendido a reconocer a las personas trascendentes en mi vida si el primer día que estuviéramos frente a frente, hubiera algo azul de por medio.

Ya había conocido anteriormente a tres hombres, increíbles, encantadores, que llevaban puesta una playera o camisa azul el día que nos conocimos.

Tú fuiste el cuarto.
Y dado que mi número favorito es el 4, realicé todo tipo de especulaciones acerca de las señales del orden cósmico.

Nunca pensé que serías alguien de quien yo llegara a enamorarme, pero supe desde ese momento que serías alguien trascendental en mi vida.

Creí que serías una aventura de una sola noche, un lindo recuerdo para alimentar mi alma y darme elementos necesarios para autosatisfacerme en mis noches frías y solitarias.

Pero no fue así.

Eras tan irresistible y arrebatador, que podría jurar que no hay mujer que te haya besado que no se haya enamorado de ti.

Contigo aprendí a no jugar con fuego.
A no creer en mi capacidad de control sentimental y emocional.
A no creer más en tontas y ridículas coincidencias que me hicieran pensar en mensajes celestiales.

Alguna vez me dijiste: "Eres como mi mejor amiga, a quien le cuento todo de mí y además a quien puedo besar.".

Yo fui feliz esa tarde, porque entendía que además de nuestra increíble empatía intelectual, yo que no soy una mujer estética, te incitaba a la lujuria.

Tú que iniciaste viéndome como una mujer más de tu lista, me fuiste tomando aprecio y cariño, los cuales forman parte imprescindible de mi vida en este momento.

Yo que inicié viéndote como una coincidencia numerológica, me fui obsesionando con tu virilidad y soñando con tus caricias efímeras, las cuales forman parte de mi vanidad femenina y de mis sonrisas idiotas mientras voy por la calle.

Pero hoy sé que tú no necesitas el placer que yo te pudiera ofrecer.
Tú necesitas a la amiga confidente y empática.

Yo necesito tu amistad, pero de igual manera necesito el placer que me haga sentir plena como mujer.

Aunque no me lo digas para no herirme, sé que no soy tan buena o explosiva como las demás mujeres que comparten tu cama, pero me queda la satisfacción de saber que: "Nada envidio a la voracidad de tu amante más letal, ella espera tu fatalidad, yo pretendo lo inmortal....".



Tú que no sabes de la existencia de este diario, no sabrás nunca cuántas letras, sueños y fantasías te dediqué.

Ésta es la última carta que escribo para ti.

29 noviembre 2010

La ruta que va al Sur.

Todavía recuerdo la manera tan particular que tenía la gente de esta Ciudad para saludar.

Entrecruzaban las miradas, sonreían ligeramente y conforme se iban acercando, la sonrisa se acentuaba más, luego, frente a frente tenuemente hacían una venia y comenzaban a platicar; pero nunca mencionaban sus nombres, porque la gran mayoría, carecíamos del mismo.

Sólo aquellos personajes trascendentales en la memoria de nuestro pueblo eran bautizados posteriormente; de allí sobrevino tu gran nombre: "El que hará cosas enormes.".

Pero tú siempre solías nombrarme al despedirte, tú sin tener nombre, me diste uno; y sin tener potestad alguna me obsequiaste un nombre con el que me he conducido instante tras instante, surtiendo efectos retroactivamente hasta el momento de mi concepción; ya desde el vientre materno, tu nombre y el mío estaban escritos en el libro de nuestra historia.

Has sido la única persona que ha atravesado esa barrera.

Sé muy bien que existen límites que no deberían ser cruzados nunca; generalmente nos provoca pánico el entrar a lo desconocido, y preferimos ese dulce aburrimiento a nuestro alrededor cotidiano.

Por eso me enamoré de Maximiliano.

Él era el claro ejemplo de la Anarquía, no obedecía el orden impuesto por los líderes de la Ciudad, infringió los cánones establecidos en su obituario, retó constantemente las palabras de desaprobación de su progenitor y las miradas suplicantes de su madre; resistió los castigos impuestos a su espíritu brioso, asumió la responsabilidad de todos y cada uno de sus actos; persiguió sus sueños con especial ahínco y frenesí, y se convirtió en aquél que habría de descubrir el camino más seguro para llegar a la Ciudad sin nombre que abasteció a nuestro pueblo las siguientes temporadas.

De allí trajeron semillas nuevas y fauna para alimentarnos y los conocimientos para fertilizar nuestra tierra y volverla más fecunda.

Quien hubiera creído que ese joven inquieto y pensativo, descubriría por sí solo, la manera de arribar a ese territorio descrito por los vientos del Norte.

Quien hubiera dicho que no sólo me hubiera nombrado a mí, sino también a la ruta que va al Sur.

04 noviembre 2010

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Estimados Escribidores, estimados Literaturos, estimados Fotografistas, lectores, comentaristas y visitantes distraídos:

Con toda humildad me atrevo a solicitar su apoyo para la publicación del texto que adjunto. La historia es como sigue: vagaba por las calles del centro de la ciudad de México, cuya historia y sitios de interés me son casi totalmente desconocidos (situación que, dicho sea de paso, intento solucionar en estos meses de desempleo), y terminé en una iglesia pequeñita, una casa de muñecas enclavada en la callecita a la que llaman Manzanares. Como no soy muy entendido de casi ninguna cosa, en lugar de ver los lindos detallitos de esa casita dedicada al Señor, me hinqué y fervientemente me puse a rezar un padrenuestro. Pero soy de atención dispersa, por lo que más bien terminé viendo el piso porque se puso a correr por ahí una cucaracha. La seguí con la mirada y vi que se metió en una ranura de la que salía un pedacito de tela toda vieja. Me fui a ver qué cosa era y la jalé. Y mientras más jalaba, más tela iba saliendo. Y la tela tenía un montón de cosas ahí escritas. Como estoy desempleado, dediqué los siguientes dos días a descifrar y transcribir lo que entendí. Inventé algunas cosas (bueno, muchas), porque no todo se veía muy claro. Pero me dio un montón de susto, porque fíjense qué cosa extraña: terminé con mi trabajo ayer: tres de noviembre de dos mil diez, justamente un día antes de la fecha que dice el cuento o lo que sea. Y más raro todavía: le habla a una persona que se llama Iván. Yo me llamo Iván, pero igual hay muchos ivanes por el mundo. Además, yo no tengo caballos. Ayer mismo, en una recepción, a todos los presentes les anduve contando, a todos, que en mi vida he tenido ni pizca de caballos. Dejo a su estimable consideración la amable publicación del texto.


Iván

---Comienza texto adjunto---

Si todo sale de acuerdo con mis cálculos, este perpetuo volar sobre el lomo de mi caballo volador no habrá sido en vano. Si los pasos se han seguido con precisión, este texto —escrito desde el que usted quizá considera un pasado remotísimo, ahistórico, merecedor del desdén de su curiosidad, varado en un punto ciego del tiempo, un instante inanimado, inadvertido, silencioso, jamás incluido en los libros de texto— será publicado el día cuatro de noviembre de dos mil diez en una bitácora colectiva y se hará pasar por un texto de ficción. Si usted ha sido lo suficientemente cuidadoso, habrá preparado el terreno con suficiente antelación y hará creer al resto de los participantes del colectivo que éste es un cuentito enviado por un escritorcillo invitado para la ocasión. Sin embargo, estimado Iván, usted y yo sabemos lo que está en juego. Recuerde borrar este primer párrafo antes de enviar el texto, o toda la misión podría verse comprometida, y todas las sospechas podrían caer directamente sobre usted, especialmente si aún conserva alguno de los caballos voladores. Usted es el último eslabón de un proceso que comenzó en la más remota y oscura de las antigüedades, y sólo usted puede hacer que el mensaje llegue al Volantísimo. En su discreción confiamos.

El grandísimo caballo volador (un cuentito de Diana Solano)

No hay puesteros más amables que los del Mercado de San Juan. Me dijeron los nombres de todas las frutas y verduras extrañas que encontré a mi paso. No recuerdo ninguno de esos nombres, tampoco los lugares de origen o las intrincadas recetas, por supuesto, pero sí la divertida estampa de las calabazas gigantes, los cebollines morados y los ejotes de un metro y medio de longitud. Me tomé la foto con el lechoncito pelado del pasillo dos —“Mamíferos adorables”— y observé con detenimiento la sanguinolenta carne de león del pasillo seis —“Mamíferos malvados”—. Casi al final de mi recorrido por los asombrosos pasillos —la feria de fenómenos del mundo de los abarrotes— encontré el puesto de los huevos de avestruz, y durante quince minutos discutí con la encargada las maravillas de las avestruces y los consecuentes precios elevados de sus productos: doscientos pesos el huevo ornamental, vacío; cuatrocientos el normal, listo para hacer un huevo con chile para tres meses; veintisiete millones ochocientos veintitrés mil cuatrocientos veintiséis —susurró el número sagrado— monedas de platino si eres quien creo que eres. Me llevo el ornamental: mi tía les pone lentejuelas, ja, ja, ja. Le di el viejo billete de doscientos: donde antes estaba el Claustro de Sor Juana, se leía, a la luz del detector de billetes falsos: “Las maletas ya están con Celestino —pasillo doce: ‘Tubérculos peludos y solanáceas fluorescentes’—. Por instrucción de los Volantes, fundí el platino; encontrará una enorme barra en cada maleta. Las exhibirá con un letrero —técnica: esterbrook sobre cartulina naranja—: ‘Mantequilla de ostra del Índico. Mercancía invaluable. Tóxica. Niños: cuiden a sus papás’. Las sacará una a una en los siguientes meses y las conducirá a su siguiente destino. Buen trabajo, Antena. En su discreción confío. Hasta el siguiente Gran Vuelo. Diana”. (Iván: mucho le encargo que cambie los nombres antes del último envío de esta comunicación. Dadas las circunstancias por nosotros ampliamente conocidas, no tengo creatividad suficiente para cambiar algo tan simple como eso; las molestias serán ampliamente compensadas por la generosidad del Volantísimo.)

Antena me dio el huevo, que llevé hasta el paradero de los Volantes, no sin antes pasarme por la pulquería local y echarme un curado de guayaba, darme una vuelta por el entonces todavía funcional mercado de artesanías y comprar una olla de barro negro y tomar un café en El Cordobés, donde encontré, finalmente, a Aura. A voces le conté lo bonito y popular de ir al Mercado de San Juan a comprar un huevo de avestruz ornamental para ponerle muchas lentejuelas, lo colorido de ir al mercado de artesanías, lo sabroso de los curaditos con su botana caldosa. A voces celebró conmigo que al fin hubiera decidido conocer una zona tan pintoresca de la ciudad. Nos despedimos. (Iván: si considera que no es muy claro este párrafo, le pido que lo aclare sin perder el ritmo de la narración. Debe entenderse que no en vano se confió en mi discreción, pues claramente entregué el recado, a la vez que disimulé la misión y la hice pasar por un paseo cultural lleno de color y tradición.)

Fui recibida en el atrio mismo del paradero de los Volantes, donde desempaqué la mercancía, para conmoción de todo el grupo. Comenzó entonces el Gran Proceso: la larga iluminación con lámparas de halógeno (Iván: no puedo desandar mis pasos en la escritura de este urgente documento: inserte, donde lo crea correcto, que durante mi “paseo” me detuve en la tienda de Alón, en Artículo 123, a recoger las lámparas), la lentísima incubación, los interminables segundos de la ansiada gestación de los caballos. Fue después de veintisiete millones ochocientos veintitrés mil cuatrocientos veintiséis segundos que el huevo comenzó a quebrarse para dar a luz al más sublime de los milagros: veintisiete millones ochocientos veintitrés mil cuatrocientos veintiséis caballos voladores, que fueron inmediatamente embalados y enviados con instrucciones precisas a los miembros de la sociedad secreta, excepto, claro está, los que por derecho y obligación nos correspondían. (Iván: usted recibió los suyos con las instrucciones anexas: ¿considera necesario reproducir el mensaje que entonces se emitió? Si es así, por favor transcríbalo; si no, se puede narrar directamente cómo volvimos al 27 823 426 d.V. a pisar las mariposas. No sé si usted todavía tenga ese recado en su poder. Era éste: Recomendaciones su discreción y eficacia, persuadídonos han confiarle patriótica, vital, importantísima misión. Caso éxito, será recompensado con profundidad. Ante nos preséntese, rayo.)

Cuando todos hubieron recibido sus caballos, doblaron por nosotros las campanas de La Profesa. Supimos entonces que era momento de montar hacia el pasado remoto, nuestra línea del tiempo original. Volvimos e hicimos lo que no pudimos hacer la primera vez que el Volantísimo nos dio la oportunidad: pisamos —nosotros y también los caballos— las mariposas de donde hoy reposa el estéril estado de Michoacán: acabamos con las más viejas y opacas, con las naranjas y brillantes y sanas y veloces, con los capullos esperanzados, con las orugas viscosas. Efectivamente, si hoy, cuatro de noviembre de dos mil diez (Iván: le recuerdo que es vital que el texto sea publicado ése y no otro día), el Volantísimo despierta a su artificial línea del tiempo, podrá corroborar que Michoacán es estéril, clara prueba de que hemos cumplido cabalmente la misión y que absolutamente todo ha cambiado en el destino de los hombres. Para él habrá pasado un día, pero nosotros habremos estado vagando desde entonces, volando en la espesa oscuridad sobre nuestros caballos. (Todos, menos usted, Iván, a quien, qué extraño, no hemos encontrado pisando las mariposas: entregue el mensaje; será perdonado. Caso éxito, nos veremos en el siguiente Gran Vuelo.)

---Fin del texto adjunto---

28 octubre 2010

Vida estamos en paz.

Por Lidia


“…. Vida nada te debo, Vida estamos en paz.”.
Amado Nervo.

El dolor llega a ser una droga tan poderosa, que un destello de felicidad efímera
podría matar el interior.

Cuando se vive en la oscuridad, la luz envenena el alma.

Más aún cuando en el interior de uno mismo existe una continua lucha de pasiones, situaciones que simplemente están más allá del bien y del mal.

He terminado mis estudios universitarios.

He tenido la posibilidad de estudiar en una de las mejores universidades del país.

He intentado encontrar en los libros la paz que mi alma demanda.

Mis padres me aman profundamente, aún a pesar de no ser yo su hijo biológico.

Noche a noche cargo ese lastre que me impide ser feliz, aún a pesar de –tenerlo todo-.

Llegué a este mundo con un mal congénito.
Mi columna vertebral estaba deshecha.

Al llegar a este mundo, no sólo yo lloraba, también mis progenitores lo hacían.

Ellos eran un par de jóvenes absolutamente desamparados.
Sin nada en la vida, excepto un hijo anormal.

Era yo un engendro que tuvo una segunda oportunidad, pero mi segunda oportunidad le costó a mi padre perder su libertad y su vida, ir a prisión por el delito de homicidio, y en la cárcel, perder la vida por un ajuste de cuentas debido a un error en el delito cometido.

La mujer que me parió no soportó la muerte de su esposo y se suicidó.

Era yo un ser humano más que imperfecto con mucha suerte, la muerte me reclamaba a cada instante, pero algo mayor se negaba rotundamente a dejarme ir de este mundo.

Crecí en el barrio que me vio nacer y sobreviví de la manera en que pude, a los siete años una casa de orfandad me recogió y no volví nunca a ese lugar que me vio nacer, resistirme a la muerte, conocer de la pérdida de mis padres… y saber que la razón de sus fallecimientos, fui yo.

Mis nuevos padres sanaron mis heridas físicas e hicieron hasta lo imposible por sanar mis heridas internas.

Sabían de mi dolor y de las culpas expiadas, y después de años de ayuda psicológica, decidieron –sabiamente- que la única cura para mi dolor, se encontraba en el compartir mi vida.

Comencé a utilizar mis tardes para apoyar casas de asistencia y hospitales, apoyar en lo que mis conocimientos universitarios y empíricos podían, preocuparme por las vidas de aquellos seres olvidados del mundo que parecían no tener un hogar propio.

Procedíamos de la misma cuna y era justo que yo compartiera con mis hermanos la esperanza que me había sido obsequiada en mi infancia.

Una noche de carnaval me disponía a dejar el hospital para pasear por las calles coloridas y ricas en sonidos alegres, cuando llegó a urgencias un joven de edad similar a la mía.

Venía inconsciente y desangrándose debido a una herida provocada con un arma punzo-cortante en la parte baja de su abdomen.

Aún cuando no tenía noción de lo que sucedía a su alrededor, asía fuertemente entre su puño derecho un reloj de marca Tag-Heuher.

Y aún cuando sus ropas y su piel estaban bañadas en sangre y polvo, se podía apreciar los rasgos de un hombre de estética pronunciada.

- Seguramente llegó a morir.- Escuché decir a los doctores.- Nuestro banco de sangre carece de unidades de su tipo sanguíneo… es una lástima, tan joven….
- … y tan guapo…- puntualizaban las enfermeras.
- ¿Qué tipo de sangre necesitan?.- Dije mientras me acercaba a los doctores.
- B negativo.- Decían ellos afligidos y negando con la cabeza.
- Yo soy B negativo.- Dije sin dudarlo un segundo.- Corran, hagan lo necesario, ¡háganlo ya!.- grité.

Algo dentro de mí me inyectaba adrenalina y un repentino interés por ese hombre.
La vida se negaba a darme mi pase de salida.

Y algo dentro de mí sabía que también se lo estaba negando a ese hombre desconocido.

Y fue así que mi alma encontró la paz que tanto ansiaba.

Mis padres perdieron la vida debido a mí, y ahora yo le daba la vida a alguien más.

Vida nada te debo, Vida estamos en paz.

01 octubre 2010

Agustín.

- ¿Por qué corres Agustín?

- Porque me persigue.

- ¿Quién te persigue Agustín?

- No lo sé.

- ¿Cuánto tiempo llevas corriendo Agustín?

- La vida entera.

- ¿No estás cansado Agustín?

- No puedo detenerme.

- ¿De qué tienes miedo Agustín?

- De su mirada.

- ¿Qué hay en su mirada Agustín?

- Fuego.

- ¿Qué es el fuego Agustín?

- Lo que corroe mi alma.

- ¿Necesitas agua Agustín?

Me detuve en silencio. Tantas voces en mi interior desgastaban mi endeble espíritu. Miré las olas crujientes del mar estrellándose contra la arena. Ahí, enfrente de mí había un niño sentado en la orilla del mar.

- ¿Qué haces niño?

- Me refresco, forastero.

- ¿Estás perdido niño?

- No tanto como usted, forastero.

- ….. ¿Cómo te llamas niño?

- Agustín, forastero.

- ¿No te interesa saber mi nombre, Agustín?

- Sólo me interesa el agua, forastero.

Los ojos del niño no volvieron a verme, se perdieron en la inmensidad del mar.

Pasé a su lado a seguir mi propio éxodo.

- Suerte en tu encomienda, Agustín.

30 agosto 2010

soñadora

Por Lidia


La ciudad en la que vivo se encuentra a mitad de la ruta que va al Sur.
Cuando le pregunto a mis padres si algún día emigraremos de aquí hacia allá, ellos sonríen y me contestan que ésta es la tierra de mis antepasados, el lugar que nos vió nacer, y por lo tanto, el que me habrá de ver morir.
Y yo respeto su opinión, mas no la comparto.
¿Quién decidió que yo debía nacer aquí?
Mi mirada es confusa y vacía.
Mi mente abstraída sólo piensa en el libre albedrío y en un destino por cumplir.

Así que esa misma tarde junté todas mis monedas, corrí hacia la tienda de antigüedades que se localiza a siete cuadras, llegué agitada y casi sin oxígeno para poder comprar un objeto de segunda mano, uno circular con los cuatro puntos cardinales dentro de sí, uno que hasta el día de hoy, en el eterno ocaso de mis días llevo conmigo.

Ese que me indicaría a cada momento, cuál era la ruta hacia la tierra prometida.

La misma ruta que ví en planos una y otra vez; aquélla que tú aprendiste de memoria al recorrerla una y otra vez.

Tú tan aventurero, y yo tan soñadora.

29 julio 2010

Efímera.


Por Lidia

Afuera llueve copiosamente.
Y aquí adentro también.

Hace frío. Nuevamente siento mi sangre congelada; esa misma, que no hace mucho ardía incensantemente.

Perdí la noción del tiempo.

¿Qué es el tiempo a fin de cuentas? ¿O a inicio? ¿O a intermedio?
¿El mero transcurso de instantes?

Si yo tuviera que responder, diría que es el retador del infinito.
Y el árbitro, soy yo.
Irónicamente, mi mediación desaparecerá en algún punto, y me perderé el marcador final.

Pero no hay marcador final.
En efecto, Nada fenece; Todo es un continuo devenir.

Yo soy resultado de dicha catarsis.

Mi tiempo eras tú y los demás.
Medía mi vida por momentos felices.
Y perdí la cuenta cuando tú desapareciste, llevándote a los demás, y abandonándonos a mí y a mi memoria.

Tú tan inmortal, y yo tan efímera.

03 junio 2010

La del cielo de diamantes





Por MauVenom


‘Yo sí la sé’, afirmó con tal seguridad que provocó silencio y no la ternura propia de su edad.

Celosa de su pensar lo oculta en su risilla de cuento, va sosteniendo el cuaderno de pasta dura donde seguramente garabateó su hallazgo, digna de un respeto que confunde con descuido en su reserva existe la grandeza ausente en el discurso de quien la rodea, sus palabras, así de breves, arrojan un eco de dominio que seguramente trae de otro lugar pues aquí no lo aprendió. Encaja bien en este ambiente de sonrisas suaves que la observan sin entorpecer, anda sola pero no parece necesitar de más, acude a su ventana para conversarle a la jornada y finge distracción si en el descuido es sorprendida con sus invitados intangibles. 

Y no es que la espíe, sólo anhelo entender lo que ella sabe. 

Me pesa que el tiempo a cambio de estatura reclame su consciencia pero reconozco absurdo interrumpir el viaje, ruego en mis adentros que esos ojos permanezcan aunque el hecho reclame descifrar un nuevo idioma, que el frío no opaque ese cristal y su maravillosa descomposición de luz. 

Ingenuo yo, el cuaderno está en blanco, pero aún intuyo que esas hojas sin rostro ocultan la línea de lo simple y complicado. 

No es que nueve años sea poca edad para calcular el universo pero me inquieta la entereza con la que lleva la verdad, porque yo le creo cuando asegura que la sabe. 

Platícame, mujer de silencio, cómo es que te fue dado tal secreto. No. Mejor sigue de frente caminando por el pasto. Yo te veo.

My girl with kaleidoscope eyes*.



Derechos Registrados
Safe Creative
Edit Work: 1006036493013



Imagen: Sad Sally de la colección The Nebulous Kingdom
Anne Julie Aubry

*De Lucy in the Sky with Diamonds

27 mayo 2010

Civitas Dei.





Por Lidia




He visto llegar a todo tipo de gente a este lugar.

Algunos escépticos vienen buscando algo que obviamente nunca encontrarán porque va en contra de sus creencias.

Otros idealistas llegan para reafirmar su fuerza interna.

Unos pocos realistas únicamente hacen arribo para tomar un descanso de sus ajetreadas vidas materiales y seguir viviendo con lo poco o mucho que tienen.

Todos los visitantes pueden deambular libremente por nuestro pueblo, consumir nuestros frutos y semillas, bañarse en nuestro lago, observar nuestra fauna y naturaleza, aprender nuestras costumbres, escribir sobre nosotros, hablarle al mundo de nuestra manera de vida.

Pero los turistas saben que tienen una limitación.
La noche del cuarto día de cada mes, no pueden estar con nosotros.
Deben subir a la ciudad más cercana y dejarnos solos con nuestro propio Ritual.

A través del tiempo, he descubierto que lo único que todos nuestros visitantes tienen en común, es la curiosidad de saber si esta Ciudad tiene la magia de la que todos hablan en el exterior.

Todos, menos una.
Ella llegó en el último mes del año.
No venía buscando respuestas ni preguntas.
Simplemente, llegó a este pueblo escondido de la “civilización”.

Pidió un lugar para descansar indefinidamente.
Un corazón herido puede definir la personalidad del ser humano o puede desvanecerla para siempre.

Natalia era una mujer que pronunciaba muy pocas palabras.
Parecía que la mayoría de sus charlas eran más que nada internas.
Era común verla sentada a orillas del lago.

Pero conforme transcurrían las semanas sus silencios fueron desapareciendo.
Ahora sonreía más.
Y se interesaba más por el exterior.

Cada lunes se perdía unas cuantas horas para aparecer nuevamente con un sobre entre sus manos.
Volvía a sentarse a orillas del lago para reírse sola mientras leía.
Tomaba tinta y una hoja en blanco, y escribía enfáticamente.
Al parecer hablaba sola, pero mientras lo hacía acariciaba su vientre que cada noche se pronunciaba más.

Una tarde Natalia se acercó a mí.
Me pidió tinta porque al parecer la suya se había terminado.
Ví que su sobre tenía destinatario pero no remitente.

Era una carta dirigida hacia un hombre llamado Neftalí, y quien la enviaba se denominaba a sí misma: “Tu dulce ángel.”.
Ésa fue La señal.

Natalia estaba a punto de subir a la Ciudad, respetando así nuestra cultura y la obligación de no estar presente esa noche en nuestro pueblo, cuando la tomé del brazo y le pregunté si quería presenciar lo que estaba a punto de acontecer.

Ella me miró extrañada.
Mis ojos le brindaron la confianza necesaria para obtener su afirmación.

Y así, delante de ella, inició ese Ritual que se ha conservado en nuestro pueblo de generación en generación desde tiempos ancestrales.

Donde todos nos volvemos uno mismo, donde los cuatro elementos convergen y las estrellas brillan intensamente.

Solamente los ángeles pueden acompañarnos esta noche.

El cuerpo de Natalia temblaba y sus ojos voltearon hacia mí, para preguntarme con su mirada algo a lo que yo serenamente respondí:

“No temas dulce ángel, bienvenida a nuestro pueblo, bienvenida a la Ciudad de Dios.”.

29 abril 2010

Redención






Por Annabel Villavicencio


Cuando era niña mamá decía que era su pequeño angelito, que mucho tiempo estuve volando por el cielo alimentando ilusiones y podando los sueños de los humanos que no ponían la debida atención a esas aspiraciones que los llevaban al borde de la locura y los acercaban a la vida etérea. Recuerdo que me encantaba cuidar los suspiros que llegaban a la porción de paraíso donde yo vivía; muchos se contenían por años en el pecho de las personas, a veces por segundos pero si llegaban ahí significaba que el sentimiento que los hacía brotar era suficientemente fuerte para remontarlos a las alturas y por eso mismo debía poner especial cuidado en ellos.

Un día empecé a sembrarlos, solo que no siempre en tierra fértil: no era extraño que un suspiro de libertad guardado celosamente se convirtiera al llegar en un árbol de ilusión si yo tenía tiempo de atenderlo en agradecimiento a su belleza. Aunque también dejaba de atender unos pocos y se transformaban en monstruos con ramas fuertes de sueños descabellados. Así pues, con los años mi edén se llenó de maleza, de sentimientos que brotaban de lugares inesperados o de hermosos rosales cuyas flores se deshojaban sin que nadie hiciera por cuidarlos.

Entonces, Él me llamó a su presencia. Suavemente me recordó aquellos tiempos donde revisaba mi área diligentemente, metiendo entre mis alas las hojas marchitas de mis jardines. ¿Dónde quedó tu devoción? ¿Que ha sido de tu magia? ¿Qué, de los anhelos que has manejado desde antes que el aire fuera aire? Un descanso, fue su sabio consejo. Con estas palabras, los arcángeles a su lado me explicaron que sería humano por un tiempo, quitaron mis pequeñas alas y con un beso en cada mejilla me dejaron aquí.

Así explicaba ella mis hoyuelos y las cicatrices de mi espalda. Los arañazos de mis manos son por las espinas de los sueños de locura y mis uñas siempre sucias por la tierra que cuidé desde el inicio de las eras. Dice también que debo estar orgullosa de dar flores a los habitantes de esta tierra y que su manera de pagarlo es con una burda moneda acompañada a veces de una sonrisa. Nunca olvides que descuidaste un jardín lleno con su magia y ahora tu deber es darles una rosa por cada sueño que no han cumplido.

Me pregunto si los otros niños son angelitos como yo. No todos tienen sus ropas rasgadas o les afecta tanto el frío, quizás se les permitió olvidar su pecado o están descansando en la tierra por faltas menos graves... o éste es su infierno. Mamá dice que no debo hablarles, que mi vida pasada no es tan importante para ellos, pero quiero que alguien me ayude a volver, extraño mis jardines y las nudosas hebras de la maleza que se enredaba entre mis arbustos llenos de vida. 

Empecé a suspirar mucho para ver si alguien entendía mis llamados y venía por mí, soñaba con mis plantitas, con hacer mejoras, oraba para decirle que entendía mi lección, que me llevara, que no podía vivir en este lugar donde el frío llenaba mi piel de marcas, donde mamá no me dejaba olvidar, decía que su pecado era mío y que yo pagaba por ambas, que si dejaba que por un solo segundo me distrajera que perdería el camino de regreso para siempre. Suspiraba cuando escuchaba el llanto de las calles, al sentir el hierro de los hombres, suspiraba cuando el espíritu desconocido me torcía por dentro el cuerpo y cuando la cruz dejaba su marca en mi piel, suspiraba cuando me partía el corazón, suspiraba cuando entendía palabras nuevas, suspiraba cuando mamá me decía que no lo hiciera.

Suspiraba tanto que mi alma se quedó chiquita y no fue suficiente para que pudiera recuperar mis alas. Suspiraba tanto que mi vida se quedo vacía y no fue suficiente para esperar que vinieran por mí y me llevaran de vuelta a Él. Suspiraba tanto que se fue mi magia y no fue suficiente para que diera fruto. Suspiré tanto que para seguir viviendo tuve que morirme.



26 abril 2010

Alea Jacta Est





Por Lidia



Su nombre fue Maximiliano.


Siempre creyó que su padre lo había nombrado así por la similitud con su propio nombre.


Desconocía que una noche, en su incipiente juventud, su progenitor soñó con ese nombre.

Los hombres llevan grabado en el corazón el nombre de su hijo desde antes de su nacimiento.

Pero Maximiliano comprendió esa parte de la vida de un hombre, hasta que él mismo fue parte del genial acto de la procreación.


Maximiliano nunca supo quién fue su madre.


Había muchos rumores en la Ciudad.


Unos decían que su padre había ido a meditar a algún bosque y encontró un niño siendo amamantado por una loba.


Otros decían que su padre había ido a hacer tratos con las grandes firmas internacionales, y en el trayecto los rayos del sol y el cálido viento del Sur, hicieron germinar de manera anticipada los sembradíos, dando vida a Maximiliano.


Y sólo unos cuantos, murmuraban entre las sombras que el padre de Maximiliano había concebido a su hijo con una rara mujer que llegó a la Ciudad una noche lluviosa de Abril.


La mujer decían, denotaba una raza distinta en sus rasgos faciales, en la complexión de su cuerpo y en el acento de su voz.

Hablaron unas horas, parecían conocerse antaño, aún cuando ella era una total desconocida, se perdieron un par de días, y una noche fría de Enero, un cesto con un niño en sus adentros fue entregado al mejor negociante de la Ciudad.


Aún cuando el padre de Maximiliano seguía siendo un ser sexual, no había nadie en el mundo que compartiera su vida como el niño que o bien, había sido amantado por una loba, o surgido de brisas suaves del extranjero, o procreado por el acto humano más trascendente desde el inicio de la humanidad.


- ¿A qué te dedicas padre? –

- A ordenar papeles y a representar a personas Maximiliano, si sigues mis pasos, serás el mejor y honrarás tu nombre.

Maximiliano volteó a ver la portada de la carpeta que su padre tenía en su escritorio.

Había tres palabras que Maximiliano entendería y comprendería a cabalidad muchos años después.

- Maximiliano.... ¡Despierta! ¡Hoy es tu gran día!

Maximiliano abrió sus ojos, vio el hermoso rostro de Natalia sonriendo intensamente y recordó aquella tarde en la que su padre profetizó el momento que estaba a punto de vivir.

Recordó la portada de la carpeta colocada encima del escritorio de su padre.

Sonrió levemente y dijo de manera segura:

Alea Jacta Est.

22 abril 2010

Cuentos Tropicales I




Por Mara Jiménez



Fernando corría por la calle oscura. Hubiera podido cerrar los ojos y no hubiera tropezado con nada, la ruta le era tan familiar que se movía con la agilidad de un gato callejero. Bueno, él era un poco eso, un gato callejero, sin vínculos ni cariños profundos, que dormía donde la noche lo sorprendía, y que comía sin mirar la mano que le extendía el plato. Su respiración se hacía más agitada conforme oía los ladridos de los perros que se acercaban, acechándolo. Podía oler la saliva de los animales furiosos que seguían su rastro sin tregua y sus gruñidos resonaban en su garganta, haciendo difícil respirar. Nunca había sentido ese miedo, nunca pensó verse en esa situación. El calor de agosto le infringía todo el peso del trópico sobre sus hombros, parecía como si corriera dentro de una gelatina a medio cuajar, pero no podía dejarse atrapar. A sus 13 años, y habiendo sido declarado “caso social” por las autoridades habaneras desde los 11 años, su destino sería un internado de tiempo completo y los mirones ojos de todas las instituciones sobre su cabeza. Por eso renunció al sueño de ser médico, por eso no le dijo a nadie que su padre lleva 10 días borracho, y desapareció de la casa el día que lo encontró muerto. Olía muy mal. Estaba podrido por dentro, en vida. Fernando estaba seguro que se le había reventado el hígado, porque la casa olía parecido a la carnicería del barrio, que a pesar de estar vacía desde hacía varios meses, mantenía un olor pútrido como recordatorio de sus alojamientos y la falta de higiene. El calor lo pudre todo rápido, incluida la inocencia. Se reía de los sueños de la primaria de estudiar medicina, del esfuerzo, de las notas altas, de la mirada de compasión de los maestros.
Hacía dos años ya de la muerte (o la pudrición final) de su padre, y desde entonces se había dedicado a esconderse. Así, escondido en la cama de un camión llegó a Alquizar, cerquitica de la Habana, y ahí conoció al Boris, ese campesino rudo, delincuente de nacimiento y sin escrúpulos, que vio en Fernando una mina de oro. Lo acogió en su casa algunos días, le enseñó a rascabuchar a las guajiras cuando se bañaban en sus improvisadas casetas de madera y después le enseño el arte de templarse a las terneras para desahogar los instintos que despertaba la miradera. Después le dio a fumar la hierbita y lo enganchó. Le ofreció un suministro completo de hierba a cambio de que llevara marihuana a La Habana, y entregarala en el Vedado a su socio “El Pana”. ¿Quién iba a sospechar de un chama de ese tamaño?
Fernando daba viajes de Alquizar a la Habana cada 10 días, llevando y trayendo en un cinto de tela pegado a la barriga una cantidad respetable de marihuana. En efecto, los policías y DTIs hacían revisiones de las mochilas de los pasajeros que viajaban insolados en las camas de los camiones por la carretera, pero pasaban de largo por su lado sin mirarlo siquiera. El negocio daba “pa vivir”, para comer, para subsistir.
Mientras corría, sintió la humedad de la tela del cinto pegada a su piel sudada, y en medio de la carrera, se lo arrancó y lo boto en cualquier esquina, ya se haría cargo él de Boris, y aguantaría la mano de palos que le iba a dar por aquello… maldita Migdalia, esa chiquita le había descompuesto la vida. Desde que la vio en los bajos de la casa de El Pana, sintió que el corazón le volvía a latir, pues desde la muerte (o la peste) de su padre, parecía que lo tenía paralizado. Se sintió churroso e indigno de la sonrisa que la jebita le hizo con sus 14 años, sus dientes blancos y las téticas chiquiticas. Desde ese día, pasaba a una gasolinera abandonada donde había una llave con agua, y se lavaba la cara y los sobacos, enjuagaba un poco la camisa, y se la ponía húmeda, abrochándola solo del botón del cuello para que volara mientras él caminaba y se fuera secando. Migdalia empezó a saludarlo; Migdalia empezó a conversar con él; Migdalia le dio la mano; Migdalia se dejó robar un beso.
Fernando empezó a dar más viajes de los debidos de Alquizar a La Habana, porque el negocio iba bien y sus bolsillos crecían. Nunca se percató de los policías y los DTIs se repetían en el camino y empezaban a mirarlo con desconfianza. Cuando ahorró lo suficiente, le compró al Pana un relojito de los que vendía en el mercado negro. Era blanco, no tenía números, pero si unas rayitas rosadas en lugar de ellos y un corazón de un rosa muy pálido en el medio con una piedrecita que imitaba un brillante. Se lo regaló a Migdalia, que estaba encantada y se lo puso en seguida. ¿Cómo iba saber él que Migdalia se lo iba a enseñar a su hermana mayor? ¿Cómo iba a saber que la hijaeputa de la hermana se lo diría a sus padres? ¿Cómo iba a saber que el padre de la chiquita comemierda, era el jefe de sector de la policía? ¿Cómo podía adivinar que lo estaban espiando y que en cuanto entró a casa del Pana, iban a montar un operativo en la puerta y se iba a tener que escapar por la ventana? Y ahora, mientras corría y se hacía estas preguntas, al tiempo que el gruñido de los perros le cortaba la respiración, ¿cómo iba a saber que esa maldita piedra se iba a cruzar en su camino y lo iba a hacer tropezar tan estrepitosamente? Mientras volaba, antes del aterrizaje, cerró los ojos y por primera y única vez, invocó a su padre: “Coño, viejo, haz que me explote el hígado como a ti”. Pero no sucedió. Lo próximo que supo fue que tenía el vaho de los 3 pastores alemán arriba de la nuca, y los pitos de la policía sonaban muy cerca. Empezó a reír y pensó: “Ta bien. De todos modos, médico, ya no iba a ser”.



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22 marzo 2010

Tizne de Pájaro Azul


 Por Jolie

Cuando era muy pequeña, el Abuelo le regaló en aquellas vacaciones un pájaro azul, una avecilla según la descripción en su memoria eidética de alegre colorido y pecho naranja.  Pasaba las tardes dibujando dioramas creados especialmente para él,  que colocaba como escenografías con cintas detrás de la jaula

Terminados los días poco antes de volar a casa, volver a la escuela y las obligaciones diarias junto con sus padres, el ave murió paradójicamente en vísperas de la resurección.  Lo envolvió cuidadosamente en una tela de encaje y lo llevó al atrio de la pequeña capilla que había en aquel Jardín, lloró un poco teniendo al pequeño animal entre sus manos y decidió ocultarle el desceso al Abuelo, para no darle un disgusto por su enfermedad.

 Y ahi estaba, quemando sus iridiscentes alas una pluma tras otra frente al cirio enorme que siempre se hallaba encendido. De pronto alguien entró, era  la cocinera que interrumpiendo el ritual tan particular, extrañada le preguntó que era lo que estaba haciendo, ella ocultó al pobre animal desplumado bajo su vestido sin fijarse que en el roce,  tiznó el pequeño delantal de gasa que llevaba puesto,  no supo decir más nada se secó las lágrimas y solo se le ocurrió decir que estaba quemando una carta de amor.

18 marzo 2010

Mi nombre desnudo.


Por Jess

“Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemos.”
Umberto Eco.

“Morales, Daniel Morales.”- Dijo ella de una manera deliciosa, mientras acostada boca abajo al filo de la cama acariciaba las letras azules bordadas en mi bata de laboratorio que estaba tirada en el suelo de mi habitación.

Esa noche Elisa no sólo desnudó mi cuerpo y mi interior, sino también mi nombre.

Nunca había prestado atención a la fonética del mismo, hasta el momento en que ella, desnuda, pronunciaba esas palabras soslayando todos los elementos que la sociedad imponía para la formación de los nombres desde tiempos ancestrales, y de repente, yo no era el hijo de un hombre apellidado Morales, ni el primogénito de una mujer llamada Daniela, no era el nieto de un campesino que luchó en la Revolución, ni era el hombre que tenía homónimos al por mayor … en el momento en que Elisa lo pronunciaba, le daba una verdadera razón de ser a mi denominación humana, cobraba sentido cada palabra, y me identificaba plenamente y a satisfacción.

Había perfecto equilibrio entre esencia, materia y asignatura forzosa.

Nosotros no decidimos la manera en que nos individualizamos en sociedad al momento en que se expide una acta de nacimiento, pero sí decidimos la idea en que la sociedad te ubica al escuchar tu nombre.

Daniel Morales cobró relevancia para mí en el momento en que entendí que Elisa me había nombrado.

Ella nunca supo la trascendencia de su vida en la mía esa noche en que desnudo y fatigado por el esfuerzo físico al que ella siempre me llevaba a la hora de hacerle el amor, no podía sino esbozar una leve sonrisa al observar sus ojos azules fisgoneando mi departamento y todo detalle que había en él.

Ninguna mujer me había hecho sentir como ella.

Y sé que con ningún hombre se había estremecido nunca, de la manera en que lo hacía conmigo.

Lo que más me atraía de ella era su sonrisa, su mirada generalmente era fría y escondía sus verdaderas intenciones, pero las muecas de sus labios y mejillas terminaban por descubrirla.

Nadie sabía esa parte de su personalidad.
Sólo yo.

¿Quién diría que al despedirse de mí se iría a acostar con mi mejor amigo?

Podía entender que la fortuna de él la sedujera mucho más que mi nombre bordado en letras azules, pero no sabía si junto a él sonreía con la misma intensidad y sinceridad con la que lo hacía conmigo.

Nunca supe si también desnudó su nombre.

Él continuamente alardeaba conmigo de la manera en que ella le hacía el amor, y me preguntaba si alguna vez yo había tenido a alguna mujer de tal nivel.

De no ser por el cariño fraternal que le tenía por ser mi amigo desde la infancia, seguramente lo hubiera odiado cada vez que me hablaba de ella.

…..Por el cariño fraternal y porque era mi jefe.

Él creía ciegamente en mí.
Desde niños.
Crecimos juntos.
Lo defendí de los niños mayores.
Le enseñé las trampas de la vida.
Juntos aprendimos las clases de química en las que él sobresalía debido a mi intelecto.
Él tenía los medios necesarios para echar a andar proyectos, y yo tenía el cerebro y la inclinación por la teoría y la práctica.
Teníamos la fórmula secreta para ser un gran equipo.
Él rico, famoso y exitoso.
Y yo con un salario generoso y mi nombre en letras pequeñas en los diversos contratos de patentes.

Elisa fue el trofeo más hermoso que la riqueza, la fama y el éxito trajeron a la vida de él.
Irónicamente siempre compartimos todo, comenzando por el nombre y terminando en Elisa.

Nunca lo envidié.
Yo era feliz con lo que tenía.

Hasta el día en que se comprometió con Elisa.
Tenía la esperanza de que mantuviéramos nuestro affair de manera secreta.
Pero ella, de la nada, se fue de mi vida.
No volvió a recibir ninguna de mis llamadas, esquivaba mi mirada cada vez que yo la veía en eventos sociales, sus ojos azules camaleónicos fingían amor y devoción hacia su esposo, más nunca la volví a ver sonreír.

Continuamente me dirigía a un lugar de mala muerte llamado “Elise” para acostarme con cuanta meretriz se me pusiera enfrente, pero ninguna sonreía como Elisa… ninguna se fijaba en el color azul de mis camisas.

Ninguna desnudaba mi nombre.

Meses después Elisa se embarazó.
Fue madre de un hermoso niño que heredó sus ojos azules… y su sonrisa.

Poco a poco su matrimonio fue decayendo. Lo sé porque ella me llamaba algunas noches, yo contestaba eufórico en un inicio, pensando que me pediría volver a verla, pero en cuanto mi voz sonaba, ella colgaba el auricular.

Nunca entendí la razón por la que ella no fuera feliz, hasta que Daniel me pidió que analizara la muestra de sangre de su hijo y le dijera si era compatible con la sangre de él.

Al momento de hacer los diferentes análisis, y como me lo esperaba, no había ninguna incompatibilidad genética.
Desgraciadamente, el hijo de Elisa era fruto de su relación con Daniel, con el Daniel equivocado.

Pero mi amor ciego e irresponsable hacia ella, vio la posibilidad de volver a estar juntos.
Sabía que ella me seguía amando como la primera vez.
Yo sólo quería volverla a ver sonreír.
Y decidí cambiar los resultados de los análisis.

Seguramente se divorciarían y Elisa quedaría libre para regresar a mi lado.
Yo tenía lo suficiente para hacerla vivir modestamente, pero sin ninguna carencia.

Fui un idiota.

Hubiera preferido no volver a verla sonreír nunca más, que saberla perdida para siempre.

Como dije, Daniel creía ciegamente en mí.
Desde niños.
Maldito el momento en que no sólo violé mi ética, sino también quebranté la confianza en mí depositada... y en el que traicioné a mi nombre.

Nunca creí que Daniel reaccionaría de la manera más inhumana posible por su “traición.”.

Dudo mucho que él haya llorado como yo, la pérdida de su esposa.

Vi su cuerpo desnudo en los forenses y escuché la declaración del asesino de Elisa.

No sé si odiaba más a mi antiguo compañero de aulas o me odiaba más a mí por haber sido la causa de dicho acto.

Sólo sé que un doce de Febrero Elisa fue asesinada.

Y ese mismo día partí de esa Ciudad como un fantasma, sin dejar huella o rastro alguno de mi paradero.

Me despojé del traje que llevaba puesto, pero hasta el día de hoy, conservo la camisa que llevaba puesta ese día, que era la misma camisa azul que me vestía el día que conocí a Elisa.

No hay día ni noche que no acaricie dicha prenda y vea esa sonrisa intensa pronunciando mi nombre desnudo.