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01 marzo 2012

dormir, tal vez volar...

por marichuy

Volar dormida. De niña no soñaba con ser princesa o reina de belleza. Tampoco con caballeros montando blancos corceles, que sorteaban infinidad de peligros para rescatarla de alguna torre suspendida en la colina del horror. A cambio de esas fantasías, su sueño más recurrente, incluso más allá de la adolescencia, era volar. Ella soñaba que volaba y que en su vuelo podía mirar hacia abajo y ver su cuerpo mientras dormía, como si solo una parte de ella se desprendiera dejando otra sobre la cama. Como si su cuerpo se desdoblara, a manera de protección-coartada, por si alguien la buscaba no notara su ausencia. Volaba pero no tenía alas, al menos nunca se vio con alas. Pero si era "consciente" de una sensación maravillosa: flotar y desplazarse al mismo tiempo. Fue su sueño favorito en la niñez y temprana adolescencia y aun cuando su duración era relativamente corta [si es que resulta posible mediar la duración de un sueño], hubo noches —las mejores— en que el vuelo se prolongó durante un largo rato [o al menos así lo sintió ella.]


Lo que nunca variaba era la forma de terminar: un ligero sobresalto le anunciaba el inicio del descenso. El vuelo estaba por llegar a su fin. Descenso a manera de retorno. Lenta caída que terminaba justo al sentir el leve golpeteo de un pie sobre el otro y con ello el inevitable y cruel despertar. La mejor parte de su sueño, además de la indescriptible sensación que le producía el poder mirar su cuerpo sobre la cama, era que al volar podía ver paisajes extraños, bosques algo obscuros, el mar... y la soledad. Y es que nunca se soñó volando con alguien más; ni tampoco miró a nadie más que no fuera ella.

Alguna vez le platicó de sus sueños a Carmelita, excéntrica mujer, vecina y amiga de la familia con quien acostumbraba platicar con ella y a quien debía el obsequio de hermosos libros de cuentos. Después de escucharla atentamente, Carmelita dio su veredicto: ese sueño representaba su inocencia y mientras ella no perdiera la inocencia, el sueño acompañaría todas las noches. Y no obstante que ella salió de la niñez, pasó por la adolescencia y finalmente la dejó también, siguió volando por las noches; aunque cada vez de manera más esporádica. Así hasta que una noche, desapareció por completo aquella indescriptible sensación de desprenderse de su cuerpo y surcar los aires sin miedo, ni paracaídas o red de protección.

Aún ahora, años después de aquella platica, ella sigue cuestionándose sobre la desaparición de ese sueño y su relación con la pérdida de la inocencia. Determinar cuando ocurrió. En ocasiones piensa que ya no le queda ni una gota; pero en otras, está segura que en algún lugar recóndito aún guarda algo de aquella niña que no conocía ni imaginaba la desconfianza o el miedo, ni, mucho menos, la malicia. Y cuando está en plan positivo, piensa que todavía volver aquellos vuelos nocturnos. Será cosa de apapachar lo que queda su inocencia, se dice, para volver a flotar y desplazarse, mientras su cuerpo permanece en la cama durmiendo... para que nadie se percate de su ausencia...

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la libertad es alas
es el viento entre hojas, detenido
por una simple flor; y el sueño
en el que somos nuestro sueño;
es morder la naranja prohibida,
abrir la vieja puerta condenada
y desatar al prisionero:
esa piedra ya es pan,
esos papeles blancos son gaviotas,
son pájaros las hojas,
y pájaros tus dedos: todo vuela.

—Octavio Paz
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03 octubre 2011

nocturno muerto


Primero un aire tibio y lento que me ciña
como la venda al brazo enfermo de un enfermo
y que me invada luego como el silencio frío
al cuerpo desvalido y muerto de algún muerto.

Después un ruido sordo, azul y numeroso,
preso en el caracol de mi oreja dormida
y mi voz que se ahogue en ese mar de miedo
cada vez más delgada y más enardecida.

¿Quién medirá el espacio, quién me dirá el momento
en que se funda el hielo de mi cuerpo y consuma
el corazón inmóvil como la llama fría?

La tierra hecha impalpable silencioso silencio,
la soledad opaca y la sombra ceniza
caerán sobre mis ojos y afrentarán mi frente.


[Xavier Villaurrutia, Nocturno Muerto]




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01 septiembre 2011

a la búsqueda del sentimiento patrio perdido

Alegoría a la Patria, Jorge González Camarena (1962)

Septiembre 
Siempre me han desconcertado las súbitas y llamativas manifestaciones de amor patrio de buena parte de los mexicanos. Iniciando septiembre, el mes patrio, veo brotar por todos lados mujeres ataviadas con atuendos muy mexicanos o, en su defecto, llenas de abalorios tricolores y hasta con alguna mini banderita decorando sus mejillas (fuera de las que se usan en los partidos de futbol, que el patrioterismo futbolero es otra especie digna de un serio estudio sociológico). Compañeras de oficina que año con año se dan a la tarea de pintar banderitas en la cara de quienes se deje. Las pobres no ocultan su desconcierto porque nunca me han visto portando algún vestido muy mexicano... que demuestre mi amor patrio y porque tampoco -por supuesto- me he dejado pintar una banderita en la cara. Yo las veo a ellas y a otros entusiastas del festejo patrio y no puedo evitar sentirme un poco outsider, un poco bicho raro (¿serán sinónimos?) y un poco otras rarezas...

Pero pese a lo señalado, no puedo evitar preguntarme el porqué de mi falta de semejantes entusiasmos. Desde niña me pasa. Recuerdo que en la primaria siempre me escogían para los bailables del 10 de mayo (día de las madres); por más que yo le rogaba a mi Ángel de la Guarda que me volviera invisible cuando la maestra empezaba a buscar a los protagonistas, nunca me hizo el favor y la pobre Marichuy siempre terminaba siendo seleccionada para bailar en el festival. Quizá por ello, desde chiquita aprendí a "hacer de tripas de corazón" y con todo y mi gran vergüenza escénica a cuestas llegaba al dichoso festival a darle al zapatazo, perfectamente ataviada con los vistosos trajes regionales y peinada con trenzas adornadas con listones multicolores que mi santa abuela tenía a bien confeccionarme.

Septiembre... Mes patrio. Época de comer pozole, tostadas de tinga y demás antojitos mexicanos. ¿Y si a Marichuy le da por cocinarlos? Pues se dirige al supermercado más cercano (Marichuy trabaja y los mercados cierran temprano), que para su desgracia resulta ser el Wal-Mart, donde la mexicanidad de ocasión se hace presente: mesas cubiertas con sarapes como de Saltillo… made in China y provistas de los ingredientes necesarios para elaborar esos platillos taaan mexicanos: maíz pozolero pre-cocido y enlatado… made in USA; lechugas, carísimas por cierto, made in USA, unos chiles parecidos al piquín, rojísimos y preciosos… made in China, limones verdísimos y grandes, divinos pero cero ácidos… cultivados en California, aguacate cien por ciento mexicano… más caro que los otrora lujos espárragos (porque los gringos nos hicieron la caridad de levantarnos el embargo y hay que llevarles todo el producto que sea posible), pechuga de pollo para la tinga (importada de USA, aclara la etiqueta con el precio) atascada de hormonas y tan descolorida que Marichuy, siempre tan mal pensada, sospecha está congelada desde la invasión de Irak orquestada por Bush y palafreneros acompañantes. ¿Y para servir esos mexicanísimos antojitos? Pues nada como unos platos hondos propios para el pozole… made in China… but of course. Y finalmente, para brindar por nuestra independencia nacional (sic), el supermercado gringo nos ofrece variedad de botellas de tequila. Como tiene denominación de origen, este elixir etílico todavía no lo venden los chinos. Todavía.

Ante ese panorama, una emberrinchada Marichuy desiste de sus afanes culinarios y sale de Wal-Mart mentando madres –esto último le cuesta un trabajo que no vieran- después de corroborar, una vez más, el penoso desastre que vive el campo mexicano y no sin lamentar que su poco aguante etílico (sólo bebidas no mayores a 20° de contenido alcohólico) le impida consolarse con una borrachera tequilera o mezcalera que le ayude ahogar sus berrinches y, de paso, festejar la noche del 15 de septiembre dando de gritos… como mandan los cánones… Aunque sin ver la Ceremonia del Grito por TV, no vaya a ser que en un arranque le aviente la botella al tipo que encabeza los festejos desde el Balcón Central de Palacio Nacional… y pues la pobre TV ¿qué culpa tiene?

Hace tiempo decía un analista político una gran verdad:

"El Estado Mexicano y la TV han creado un pueblo patriotero y llorón... nada mejor que eso, para seguir manipulándolo..."


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30 junio 2011

monólogo de una señorita decente



Así como le digo: por más que intento nunca he podido acostumbrarme a la moral dilatada de la juventud. Será que yo soy una señorita chapada a la antigua, bien educada y con principios. No vaya a creer que de adulta me volví, dirá usted, conservadora. No Señor! Yo desde pequeña recibí una formación comme il faut. En el colegio de monjas donde estudié, desde el preescolar hasta el bachillerato, me inculcaron valores, principios y buenos modales. Todo lo que nos ensañaban (amén de las materias 'normales' del programa escolar oficial, más inglés y francés) estaba encaminado a hacer de nosotras señoritas de bien. Todos los días tomábamos clases de Moral, tema muy caro a las monjas para quienes la Moral era algo primordial: primero reprobar matemáticas o biología… antes que Moral. Ese era su lema. Aunque, ici entre nous, debo confesar que al principio esas materias me resultaban bastante aburridas. Eso sí, no me costaban trabajo, cosa que no puedo decir de las matemáticas que siempre fueron mi coco, pues desde pequeña fui un poquito distraída y dispersa. Así que para compensar mis eventuales malas notas en matemáticas, asistía a las clases de moral y buenas costumbres haciendo lo posible por poner atención y aprender. Y también estaban, claro, las clases de religión que, valga la redundancia, tomábamos religiosamente todos los días (amén de que cada viernes nos daban misa en la propia capilla del colegio). Eso, ya le digo, desde el preescolar, por lo que al salir del bachillerato, habiendo recibido tal cantidad de clases de moral, buenas costumbres y religión, asistido a tantas misas y realizado incontables confesiones, ya podía considerarme –sin ánimo soberbio- lo que se dice una señorita decente. Así que imagínese cómo me sentí tras mi ingreso a una Universidad pública, laica y mixta. Fue un completo shock. Apenas pasado un tortuoso primer mes de clases, fue inevitable preguntarme: ¿tanta educación, moral y buenos modales para terminar entre estos chamacos amorales y revoltosos? Y es que entenderá usted que después de la buena formación la que yo había recibido, de la gran ilusión que tenía por ingresar a la Universidad para estudiar Letras Clásicas, el encontrarme con que la Facultad de Filosofía y Letras era una caterva de hippitecas fumadores, mujeres de moral dilatada que sin el menor pudor se exhibían en ropas indecentes, se besuqueaban y dejan manosear a plena luz del día en los jardines de Universidad, como si no les importaran las miradas indiscretas, fue mucho para alguien como yo.

Pero no sólo en materia de moral andaban mal esos muchachitos aspirantes a filósofos o letristas. Su formación cultural dejaba mucho que desear: cursaban una carrera en Letras Clásicas sin tener la menor idea de etimologías grecolatinas, aun de las más comunes. Y ni qué decir de su forma de 'escribir': su caligrafía era tan atroz que a menudo ni ellos lograban descifrar sus garabatos, tenían pésima ortografía y, por si fuera poco, utilizaban un lenguaje (escrito y oral) como de carretoneros, dicho sea con el debido respeto para los carretoneros. Y como si la ignorancia mostrada dentro y fuera de clases no fuera suficiente… ¡se creían revolucionarios! Dios bendito, lo que es no saber nada. ¿Revolucionarios? ¿Por qué? ¿Porque –decían- no creían en Dios, porque portaban camisetas con la efigie del Che mientras coreaban consignas anti-yanquis fumando cigarros malboro y bebiendo coca-cola? Dios! Primero debieron leer, por ejemplo, a Jules Michelet para saber cómo era una revolución y qué era ser un revolucionario.  

Y ni qué decir de su forma de pronunciar el inglés y el francés… Bueno, supongo que era mucho esperar que lo hicieran bien cuando ni siquiera el español empleaban correctamente. En fin, no sabe usted cuánto sufrí los cinco años que pasé ahí, la de cosas que tuve que aguantar: intolerancia, críticas, vulgaridades extremas… Demasiado hasta para mí que, amén de bien educada y formada en valores morales, soy una señorita de lo más tolerante y respetuosa de las diferencias… 




imagen: Anne-Julie Aubry, Trois femmes
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30 mayo 2011

la viuda



Las familias felices son todas iguales. Las infelices lo son cada una a su manera. Leon Tolstoi [Ana Karenina]

Desde niña siempre había escuchado la misma cantaleta: las historias de amor nunca terminan bien. O casi nunca, para dejar un espacio a los optimistas y acotando que la de ella, ni siquiera fue de amor. La suya había sido una historia de pueblo; tan típica que bien podría haber servido de guión para alguna película de Emilio elIndio Fernández. Si no fuera porque la había padecido, no la creería. En sus tiempos -primera mitad del siglo pasado-, las mujeres debían casarse muy jóvenes, pues de lo contrario eran objeto de señalamientos por su condición de "quedadas". Y cuando parecía que su destino era precisamente el de quedarse para vestir santos –opción socialmente más aceptable, antes que ser considerada una mujer de cascos ligeros- su vida dio un vuelco impensable: un mediodía en que regresaba de algún mandado, fue "robada" por el hombre que la pretendía de tiempo atrás y al cual ella no acababa de darle el sí, en razón de los más de quince años que le llevaba, así como por el hecho de haber estado casado y tener tres hijos. Todo sucedió tan rápido que, cuando reaccionó, él ya la había subido al lomo de su caballo, echaba a galopar con ella cuestas y se aprestaba a cruzar el río, mientras era seguido por los tres compinches que habían ido a ayudarle con el rapto.

Tres lustros y cinco hijos después, el escenario era otro: ya no tenía los 23 años de la soleada mañana en que fue raptada y estaba sola de nuevo; pero quizá nunca, ni siquiera aquella madrugada en que tuvo que casase como una ladrona y portando un sencillo vestido color rosa claro [de blanco y al medio día... solo se casan "las señoritas que son puras, no las mujeres que llevan un mes viviendo en pecado con un hombre", había sentenciado el sacerdote, secundado por su propia madre], se había sentido tan fuera de lugar, tan ajena a todo. Ahora estaba en la sala de su casa, vestida de negro de pies a cabeza -como si estuviera en la iglesia, traía la cabeza cubierta con un velo negro- y rodeada de un montón de personas a la mayoría de las cuales apenas conocía. El ataúd yacía al centro, rodeado por cuatro enormes cirios y docenas de flores -gladiolas blancas y olorosos nardos-, pero los "dolientes acompañantes" (en ese pueblo, las personas acudían con la misma dedicación a bodas, bautizos, primeras comuniones, bailes de fin de año y velorios), ni siquiera las señoras que rezaban el enésimo rosario por la salvación del alma del difunto, no miraban el féretro... la miraban a ella. Una viuda de 38 años y de buen ver, era objeto de más atención que una viuda anciana. La gente iba al velorio no tanto para acompañarla en su dolor y, de paso, entretener un poco su aburrida existencia provinciana, sino a juzgar si el comportamiento de la joven viuda era el adecuado: si lucía lo suficientemente triste y recatada, si lloraba como mandan los cánones. Eso era lo que la tenía incómoda: no solo era el centro de atención de las lenguas viperinas tan abundantes en su pequeña comunidad, sino que además por más que lo intentaba no lograba sentirse abatida, mucho menos con deseos de llorar desconsoladamente. No obstante, estaba empezando a arrepentirse por haber desoído el consejo de su madre: "si no puedes llorar llamamos a las plañideras y a lo mejor, de verlas te dan ganas y así habrá alguien que le llore a tu difunto."

¿Llorar ahora? No sentía el menor dese. Ni el saber que su mujeriego y jugador marido la dejaba llena de deudas, le provocaba deseos de llorar; quizá es que ya estaba cansada de hacerlo. A lo largo de su matrimonio fueron muchas las noches que lloró en silencio: de arrepentimiento por haberse casado con ese hombre al que nunca conoció realmente; de dolor, en las pocas ocasiones en que él la había golpeado; de tristeza, al sentir que su madre se ponía de lado de él, reconviniéndola para que no contradijera "al padre de sus hijos"; de rabia, las muchas noches en que él se ausentó por andar apostando a los gallos en las ferias regionales o por estar en el lecho de otras mujeres. Muchos años lloró por su causa, así que ahora no le daba la gana hacerlo. Lo único que deseaba era tirar esos nardos cuyo perfume le provocaba náuseas, beberse un buen trago de mezcal y correr de su casa a todos esos intrusos criticones. Estaba tan cansada como aburrida y somnolienta. Y entonces sucedió algo inesperado: en la puerta de su casa se apersonó una mujer que debía tener su edad, quizá unos años más, vestida de negro y con los ojos llorosos. La desconocida entró gimiendo de dolor por su amado Samuel… el difundo metido en esa caja. La recién llegada lloraba sin el menor pudor ni preocupación por las miradas que ahora se posaban sobre ella -unas con disimulo, otras sin ninguno- y en medio de sus lamentos repetía una y otra vez que amaba profundamente al muertito, que ni la esposa ni las otras lagartonas lo habían querido como ella. Se auto-presentó como su querida desde hacía... quince años. Y en ese momento, ante la mirada atónita de la concurrencia, ella, la viuda oficial, sintió que recobraba las fuerzas que necesitaba, no para llorar, sino para sobreponerse a la incomodidad y alzando la voz por encima de los lloriqueos de la querida y de los murmullos de los acompañantes, se acercó a la otra, la abrazó fuertemente y le dio las gracias por estar ahí acompañándola... Ahora si habría una viuda que lloraría como Dios manda... y además, esa otra le permitiría a ella quedar como la abnegada y piadosa viuda. Al menos en su muerte el marido había hecho algo bueno por ella...

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diciembre de 2008

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03 marzo 2011

la última noche

mujer abstracta, elena ray 

 
La última noche vimos una vieja película mexicana tan simple como divertida. Y para acompañar nuestra risa desternillada, casi catártica, comimos algo diferente a las típicas palomitas de maíz: jugosos y crujientes duraznos amarrillos. No uno ni dos. Creo que durante la película nos comimos casi un kilo de esos frutos. Extraña botana para acompañar las aventuras de una peculiar abuela provinciana, matriarca y patriarca al mismo tiempo, quien con la misma fruición que fumaba habanos, le rezaba a la virgen y cada dos por tres zumbaba a bastonazos a sus nietos ya bastante mayorcitos. Le encantaba esa película. Un aspecto que jugaba a favor era el contraste ofrecido a sus habituales lecturas, casi todas centradas en la novela decimonónica rusa, francesa e inglesa. Así que frente a historias intensas y casi siempre trágicas, la atípica cabecita blanca interpretada por Sara García devenía una especie de respiro. Reímos tanto durante la película, que cuando finalmente nos fuimos a dormir lo hicimos, literalmente, con una sonrisa en los labios. Lo recuerdo con absoluta claridad. Todo. Su risa y la mía, los gruñidos de Sara García, la simpleza del guión fílmico. Hasta el ligero calor nocturno legado por la incipiente lluvia. De aquellas risas despreocupadas, cómplices y desnudas de artificios, sus últimas risas, nuestra última película compartida, sólo me queda el recuerdo. Nada. En nuestras vidas no pasaba nada inusual. Eso creíamos. Y de repente todo pasó. En un dos por tres, nuestra querible rutina de noches de lectura alternadas con otras de películas se vio alterada para siempre. Más que alterada, eliminada definitivamente del cambiante e inacabado guión de nuestras vidas. Todo cambió. Y vino el azoro, la negación a aceptar la verdad, la rabia contenida, la impotencia gritando desde el centro de mi estómago. Las noches se volvieron tristes, su cama se quedó vacía y la mía se quedó sin mí durante las semanas en que jugamos a creer que la ciencia serviría de algo y yo me mudé al sofá contiguo a su cama en ese hospital.

¿Cuánto tiempo ha pasado? Algunos años que a veces me pesan como siglos y otras me duelen como una herida recién abierta. La memoria es tan ingrata como compleja y así como nos juega malas pasadas volviendo invisibles ciertos pasajes de nuestras vidas, es capaz de devolvernos otros en el momento más inesperado. Esto que acabo de contar, había decido dejarlo guardado en el rincón más lejano de mi tramposa memoria en un acto –pueril- de defensa propia. No quería recordar lo que siguió a esa última noche feliz. Quería olvidar los días de tensión, las horas en la sala de espera del hospital, la cara del Médico dando el diagnóstico definitivo. Olvidar mis noches de enojo reclamando a la nada por semejante injusticia. Como todos, yo también pregunté por qué, habiendo tanto malnacido en este mundo, la desgracia venía a caer sobre ella. Como todos, yo también aprendí que reclamar tal cosa era no sólo un lugar común demasiado gastado, sino también una completa inutilidad.

Creía haber olvidado la rabia y la impotencia. Y no. Anoche, mientras leía una historia ajena y distante, recordé todo y de súbito me vi aquella fría mañana, cuando tras escuchar al Médico decir "cáncer de páncreas, fase terminal", olvidé que las "señoritas decentes" no hablan como carretoneras y sin más solté un espontáneo pinche vida de mierda… Sólo que anoche, en lugar de increpar a la vida, dirigí una sarcástica sonrisa a mi caprichosa memoria… Esa gran traidora, como dijera Anaïs Nin.

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13 diciembre 2010

ella se fue

por  marichuy 


En el principio fue el habla. Más bien los gritos. Aislada en aquel cuarto situado al final del corredor, Alejada de todo y de todos, el instinto de supervivencia dotó a sus pulmones de una fuerza que nadie habría creído posible en su pequeño cuerpo de 18 meses. Y ahí estaba ella: primero gritando sólo cuando su hora de comida se pasaba sin que nadie le levara su biberón; para después alternar los llamados en pro de la alimentación con otros cuyo motivo nadie sabía definir: no eran enojo o llanto -de hecho no lloraba nunca… ni siquiera cuando tenía hambre-, más bien parecía un llamado de atención, una forma de recordarles que allí, en esa habitación del fondo del corredor, estaba ella… por si lo hubieran olvidado el resto de os habitantes de la casa, demasiado ocupados en sus cosas como para hacerle compañía al mimbro más pequeño de esa familia tan numerosa como excéntrica, que parecía haber olvidado cómo tratar a un bebé , pues salvo que llorara se desentendían por completo de ella. Así que no le quedaba más remedio de dar de gritos de vez en vez… nomás para que no se olvidaran de su existencia. Yo la conocí en mi adolescencia, durante mis vacaciones de verano en aquel pueblo, la tarde que llegué de visita a su casa acompañando a mi abuela. Nada más entrar, escuché sus gritos desde el cuarto del fondo del corredor, desacostumbrada a los disimulos no puede evitar preguntar quién era ese bebé con tan buenos pulmones, a lo cual la anfitriona respondió: "es Lucía que se harta de esta sola y quiere que alguien le vaya a hacer plática". Y yo, que tampoco conocía la prudencia, pregunté si ese alguien que le hiciera la plática podría ser yo, a lo cual la dama contestó casi aliviada que sí. Y así fue como se inició mi "amistad" con esa niña de grandes ojos y potentísimos pulmones. Pasé todo mi verano yendo cada día a platicar con una bebé de 18 meses, al principio no entendía qué quería, pero poco a poco aprendí a interpretar cada uno de sus gritos, a diferenciar sus necesidades, a saber que cada gritillo perseguía algo distinto: a veces reclamaba comida, otras sólo deseaba que le acercara algún objeto y en ocasiones lo que quería era que le leyera un cuento. Como esto último era a mi libre albedrío, casi siempre le leía Rapunzel pues según yo con ese cuento era con el que más inquieta y risueña se ponía (quizá sólo era mi imaginación), abriendo desmesuradamente sus redondos ojos, como si entendiera la historia, como si ella fuera Rapunzel a la espera del príncipe. Yo carecía de experiencia para cargar bebés por lo que evitaba tomarla en brazos, pero conforme transcurrían mis días de niñera voluntaria también a eso le perdí el miedo y empecé a cargarla para sacarla al jardín o cuando menos asomarnos a la barranca desde el gran ventanal de su cuarto. Siempre me intrigó que a esa edad Lucía ni siquiera gateara, menos que diera sus primeros pasos. Una tarde mientras la tenía en brazos frente a la ventana estuvo a punto de caérseme. Jamás olvidaré el hueco, la sensación de vacío en mi estómago, al sentir que se me iba de los brazos. Afortunadamente todo quedó en susto. Curiosamente, fue esa tarde cuando la niña me pareció todavía más distinta a los bebés de su edad: durante la fracción de segundo en que casi la pierdo no hizo ningún intento por llorar ni siquiera una expresión de espanto, al contrario sonrió con más fuerza, como si disfrutara del momento (y de paso mi susto). El verano siguió su curso, el término de mis vacaciones llegó y con ello el final de mi experiencia como niñera. Mi último día en el pueblo fui a verla e intenté hacer un rato divertido, pero ella estaba extrañamente callada, casi no sonrió y por primera vez en todo el tiempo que llevaba visitándola, se quedó dormida a la mitad de la lectura del cuento. Nunca más la volví a ver.

Años después, dejada atrás mi adolescencia, volví al pueblo de mi abuela durante un puente vacacional y, claro, quise ir a la casa de Lucía. Sin más hacia allá me dirigí. Cuando estuve frente a ese viejo portón con herrajes antiguos, lo primero que vino a mi mente fue la tarde cuando estuve a un tris de tirarla, después… la historia de Rapunzel. El portón fue abierto por su madre, quien me invitó a pasar y una vez dentro ocupó un largo rato en contarme cantidad de anécdotas pueblerinas, hasta que por fin me animé a interrumpirla y preguntarle por Lucía. La mujer me miró como si le hablara en latín antiguo y tras unos minutos de duda, reflexión o sabe Dios qué, y como si me dijera el estado del tiempo, me respondió: Ah, Lucía se fue. Se fue ¿a dónde? fue mi obvia respuesta, ante la cual, sin cambiar un ápice la expresión de su rostro, ausente o desinteresada, la mujer contestó pues así sólo se fue: una tarde fuimos a pasear por los alrededores de la barranca, en algún momento yo me quedé dormida mientras leía y cuando desperté la niña ya no estaba. Desde ese día nunca más la volvimos a ver. Me lo dijo así, sin mostrar emoción alguna; tal vez el dolor la había vuelto inexpresiva. Yo quería seguir preguntando pero algo de prudencia había aprendido, así que tras unos minutos de silencio me despedí de ella. Más tarde, ya en casa de mi abuela, supe que efectivamente la niña se había esfumadoaquella tarde en la barranca y que jamás se supo bien a bien si murió, si alguien se la robó o qué. Nada. Al fin pueblo supersticioso, hasta se rumoraba que los chaneques* se la habían llevado. Al escuchar esas historias sentí pena por aquella niña de enormes ojos y potentes pulmones y ya contagiada de insensateces quise creer que tal vez en efecto algún chaneque se la había llevado. Era eso o pensar en el tráfico de niños... o en algo peor..

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imagen: Anne Julie Aubry. Más de la artista aquí: http://www.annejulie-art.com/


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12 noviembre 2010

destiempos y décimas musas



Escribir a pesar de todo, pese a la desesperación. No: con la desesperación
(Marguerite Duras, Écrire. Gallimard, 1993).

Pero al final no fue posible. Y no fue la desesperación quien venció, no competimos ella y yo. Fue algo más prosaico e irrebatible: el tiempo. Implacable e inexorable como sólo el puede ser, el tiempo me alcanzó antes de poder cumplir con mi sencillo cometido de relatar alguna historia aquí. Y ante ello, en vez de hacer mutis y fingir que no pasa nada, decidí decirlo así sin falsas excusas ni eufemismos: no hubo historia que contar. Es decir, historias hay muchas, siempre las hay. Como vuelve a decir Madame Duras en Écrire: todo escribe a nuestro alrededor. Pero alguien tiene que contarlo, relatarlo, que solo no lo hará y he ahí la falla, mi falla. Dicho esto, no me queda más que disculparme con los lectores de este blog y con mis compañeros del mismo. Y de una vez, ya que estoy ocupando un espacio y para terminar de romper con las formas, haré algo que no debería: subir un texto ajeno; en este caso un poema. La razón, o pretexto sí así lo quieren ver, es simple: hoy 12 de noviembre se celebra el 359 aniversario del natalicio de nuestra máxima poeta mexicana. Sor Juana Inés de La Cruz. Mujer luminosa y sensible de quien otros que sí saben ya han dicho bien, en especial el poeta Octavio Paz (en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, libro ampliamente recomendable si la vida de Sor Juana Inés de la Cruz les interesa), así que yo sólo me limitaré a celebrar su cumpleaños con un poema suyo.




Este amoroso tormento 
que en mi corazón se ve, 
se que lo siento y no se 
la causa porque lo siento 

Siento una grave agonía 
por lograr un devaneo, 
que empieza como deseo 
y para en melancolía. 

y cuando con mas terneza 
mi infeliz estado lloro 
se que estoy triste e ignoro 
la causa de mi tristeza.  

Siento un anhelo tirano 
por la ocasión a que aspiro, 
y cuando cerca la miro 
yo misma aparto la mano. 
Porque si acaso se ofrece, 
después de tanto desvelo 
la desazona el recelo 
o el susto la desvanece. 

Y si alguna vez sin susto 
consigo tal posesión 
(cualquiera) leve ocasión 
me malogra todo el gusto. 

Siento mal del mismo bien 
con receloso temor 
y me obliga el mismo amor 
tal vez a mostrar desdén.



[Sor Juana Inés de la Cruz
12 de noviembre de 1651-17 de abril de 1695]




Post Scriptum: aquí encontrarán un par de textos que pueden resultar de su interés, sobre la obra de la poeta mexicana Sor Juana Inés de la Cruz y Apuntes sobre Sor Juana o las trampas de la fe

   

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11 octubre 2010

etapa superior

por marichuy  

Las familias felices son todas iguales. Las infelices lo son cada una a su manera. 
(Leon Tolstoi, Ana Karenina)

Aquel mediodía, Sara -de 35 años- entró en mi oficina como si una fuerza extraña la impulsara a moverse. Caminaba con determinación, pero, al mismo tiempo, parecía no ser ella quien controlara sus vigorosos pasos. En ese tiempo, yo detentaba el cargo de consejera al interior de una atípica ONG que lo mismo se ocupaba de brindar apoyo social y orientación legal a adolescentes y adultos en problemas, que a enarbolar banderas ecologistas. En mis inicios en dicha ONG, me trabajo consistía en atender a las víctimas o denunciantes de delitos ecológicos, pero tras la resolución de un par de casos algo complicados que me tocó atender, la Presidenta de la ONG decidió que lo mío… eran los casos perdidos. Sólo a alguien demasiado insensato, o extremadamente optimista, podría habérsele ocurrido que yo era la persona indicada para escuchar y aconsejar a las almas en pena. Pero así fue. Y así fu como yo, que no sabía si agradecer o maldecir por tal encargo, de un día para otro me encontré escuchando penas ajenas y tratando de poner cara de circunstancia, antes de soltar de mi ronco pecho algún rollo ad-hoc, medianamente coherente, pero lo más distante posible del discurso a lo Caldo de pollo para el alma que tanta alergia me causaba. Una vez dentro, Sara tomó asiento frente a mí y acto seguido, casi sin mediar respiro, desgranó una historia de amor y desengaños tan parecida, y a la vez tan distinta, a las muchas que a esas alturas de mi encargo yo había tenido la oportunidad de conocer. Tras escucharla hablar sin parar durante casi una hora, apenas haciendo pausas para dar sorbitos al vaso con agua que yo le había ofrecido, la mujer dio un primer respiro-suspiro hondo, tras el cual me miró fijamente para luego guardar silencio como diciéndome: ahora te toca. Vaya cosa, pues en ese momento era yo quien más necesitaba un respiro antes de poder balbucear algo, después de haber sido bombardeada con semejante vendaval de detalles de su vida marital. Cierto que su historia era la misma historia de amor-desengaño-desamor que ha conocido la humanidad desde tiempos inmemoriales, pero la fuerza con la que la había contado, apenas acompasada por el brillo de su mirada y el hecho de que en ningún momento se hubiese interrumpido para auto-conmiserarse y menos para romper en llanto, le conferían un cariz distinto, obligándome a dejar los apapachos verbales justo a un lado de la caja de Kleenex, pues esta vez salían sobrando: la mujer no había venido que le enjugaran las lágrimas  

-No sé qué decirte: tú no buscas un consejo ni ayuda para tomar una decisión, al parecer ya tomada. Lo que no entiendo, permíteme que sea claridosa, es para qué has venido aquí, a donde normalmente acuden mujeres hundidas en la desolación que no pretenden mayor cosa que un poco de consuelo, una voz amiga, quizá cierta complicidad.

La mujer sonrío, me miró con un dejo de simpatía y sin preámbulos me dijo:

-La verdad es que vine aquí porque en medio de mi drama hay dos cosas a las que no estoy dispuesta: una es la conmiseración de mis familiares y amigos, no sin el aderezo de sus bien intencionados consejos abogando porque yo demuestre el temple de las mujeres aguantadoras y deje pasar esta -nueva- humillación e infidelidad propinada por mi sacro marido. Y la otra, no me da la gana –como me aconsejan otros- ir a ver a una sicoanalista, delante de la cual habré de hablar mientras ella me mira con displicencia. No. Yo no necesito que me terapeen. Lo que necesito es que alguien ajeno a mi historia me escuche y, tal vez, emita alguna opinión. Estoy dolida, no lo niego, pero es más el enojo que el dolor. Y eso es lo que me ayudará a salir más rápido, pues el enojo es la etapa superior del sufrimiento.

Ya plenamente instalada en su etapa superior del sufrimiento post-engaño, Sara me contó el único detalle que hasta entonces había omitido: El coraje de Sara no se debía a que su marido, un conservador Pastor de la Iglesia Evangélica…. mujeriego sin remedio, le hubiese pintado nuevamente el cuerno (o ya se había acostumbrado a tales aventuras sacras o  él ya no le importaba). No. Lo que realmente le molestaba es que esta vez, en lugar de enredarse con alguna beata de su Congregación, su santurrón marido hubiera escogido a una rubia oxigenada de pechos operados, a quien a leguas se le notaba lo lagartona y que además -este debía ser el verdadero detonante de su rabia y de su decisión a divorciarse- él hubiese pagado los implantes de la susodicha!!

-Pagárselos a ella y no a mí, que más de una vez le manifesté mi deseo de hacerme un retoque, y él me detuvo diciendo que si Dios me había querido sin grandes voluptuosidades, así debía permanecer y que, además, a él así le gustaba. Hipócrita, bien que lo demuestra revolcándose, entre Salmo y Salmo, con esa güera oxigenada y siliconeada. Pero ya verá, como los escándalos dañarían su posición en la Congregación, va a tener que darme lo que pida y lo primero que voy a hacer será, por supuesto, regalarme unos implantes grandiosos y bien puestos, luego operarme la nariz y finalmente teñirme el cabello de pelirrojo…

Y así continuó Sara durante varios minutos narrando su planes a corto plazo, hasta que por fin respiró aliviada, casi feliz, al concluir su narración en lo más alto de la cresta de la etapa superior del dolor post-rompimiento…


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13 septiembre 2010

el infierno


por  marichuy
*si les apetece, podrían acompañar la lectura de este relato escuchando no me dejes

Cada vez que Sebastián miraba a Odette, su esposa, sentía que su corazón dejaba de latir, como si muriera un poco a causa de la conmoción que su sola presencia le provocaba. La amaba desmesuradamente, de una forma, decía su madre, que no era normal. Los hombres no deben amar así, solía repetirle la autora de sus días ante el temor de que un día el corazón de su amado hijo en verdad dejara de latir y porqué, además, su nuera no le gustaba nada. Y no sólo a su celosa madre le parecía excesivo el amor que Sebastián le profesaba a su mujer. Alejandro, su mejor amigo, más de una vez le había comentado que su forma de amar estaba bien para una heroína de novela romántica decimonónica, pero no para un financiero del Siglo XXI. Pero a él no le importaban las opiniones ajenas y a tales señalamientos respondía: ¿quién determina cuánto debe o no amarse, en dónde está la tabla de medidas donde se señala hasta qué límite es correcto amar? Para Sebastián lo único que importaba era lo que Odette sintiera, pensara, hiciera, gozara o sufriera… todo. Si el genio de la lámpara de Aladino se le hubiese aparecido, le habría pedido como único deseo poder adentrarse en los pensamientos de ella, en especial cuando se quedaba callada, lejana, a miles de km de él. Cuando eso pasaba, generalmente en medio de la lectura de algún libro o escribiendo en su laptop, Sebastián la sentía tan inasible, que deseaba con todas sus fuerzas poder saber en qué o en quién pensaba ella, en dónde se hallaba en ese momento, quién desvelaba sus sueños despiertos, quién poblaba sus recuerdos. Hubiera querido saberlo todo, todo lo que no sabía, todo lo que había en su pasado y en su presente desconocido para él. Sufría tanto como la amaba, cuando a su sentir ella se le escapaba como agua entre los dedos, no porque se alejara físicamente, sino por la infranqueable distancia que parecía haber entre su vida con él y esa otra vida virtual. Y le dolía; le pesaban como un plomo esos silencios, sentirse excluido de sus pensamientos más íntimos, de una parte de su vida. Le abrumaba no poder entrar en esa esfera que ella parecía cuidar tan celosamente. Y en medio de esa perenne ansiedad por saber todo de ella, en paralelo a su inmenso amor, Sebastián fue siendo invadido por otro sentimiento, uno tan abrasador como su pasión por ella, pero infinitamente más doloroso y quemante: los celos. Y así, un buen día se encontró escudriñando sus gestos más insignificantes, buscando en cada movimiento, mirada perdida, suspiro y estremecimiento de ella, una razón, un motivo, la existencia de alguien más y con ello, el temor de su abandono. Necesitaba saber qué le robaba sus pensamientos, quién le causaba esas miradas melancólicas perdidas en la contemplación de los cielos plomizos al fin del verano, en quién soñaba cuando él se acercaba sin hacer ruido y rodeaba su talle aprensivo, posesivo, provocándole un súbito estremecimiento. Mi reino por tus pensamientos, solía preguntarle alguna noche tras hacer el amor, a lo que ella respondía entre divertida y somnolienta tu reino no vale mis pensamientos, para luego acurrucarse en su pecho y quedarse profundamente dormida, dejándolo sumido en una profunda desazón acompañada de insomnio. Y del escudriñe de gestos y miradas, muy pronto Sebastián pasó al vulgar espionaje: empezó a seguirla, a escuchar sus conversaciones telefónicas, a hurgar en los cajones de su ropa íntima, a deshojar libros y cuadernos, a devanarse los sesos intentadodar con el nick de su laptop, en busca de claves secretas, de notas, de lo que fuera, cualquier seña del engaño que debía ser el causante de los silencios y miradas nostálgicas de su mujer. Sentía celos de la computadora; no entendía por qué pasaba tanto tiempo frente a ella y menos qué y a quién, escribía. En su mente sólo podía caber la idea de que por ese medio (internet) se comunicaba con alguien más. Pero no la enfrentaba, ni siquiera cuando ella lo llegaba a sorprender escudriñándola y a pregunta expresa de qué pasaba, él repondría con vaguedades. Los meses se consumían bajo esa dinámica, al tiempo que él se consumía en su infierno de celos avivados por las variadas historias de infidelidades que su afiebrada mente había delineado, hasta llegar al colmo de cifrar en un chico de 20 años, a quien su mujer daba clases de inglés por las tardes, al causante de sus celos, pues él era el único hombre mayor de 6 años con quien Odette, educadora en un jardín de niños, trataba de manera cotidiana. Llegó el momento en que ya no pudo más y, negado como estaba a aclarar dudas con ella, decidió tomar la odiada laptop y llevarla con un experto en descifrar claves e invadir computadoras ajenas. Si frente a esa maquinita pasaba buena parte de su tiempo, era porque ahí guardaba los secretos de su infidelidad, esa que Sebastián estaba seguro existía. El experto no hizo preguntas (hacker con reparos morales o éticos, no es digno de respeto), dándose de inmediato a la tarea solicitada. Y por fin, tras varios intentos en vano, logró acceder a la vida virtual de Odette, con un resultado decepcionante (el hacker anhelaba hallar una historia truculenta, cuasi pornográfica, que justificara la aprensión de su cliente), pues ni en su cuenta de correo electrónico, ni en las de las redes sociales a las que estaba adscrita, o en sus archivos de texto, encontró el menor indicio de una infidelidad virtual. Una vez revisado el disco duro y demás depósitos de información de la laptop, y no sin algo de sorna, comunicó al paranoico marido que su mujer, amén de ser una bloguera medianamente exitosa e incipiente tuitera, a lo que más se dedicaba era a la escritura de una novela en la cual pretendía rehacer el destino de la célebre adultera suicida Emma Bovary, cuya infidelidad y destino fatal parecían obsesionar a Odette, a juzgar por la gran cantidad de información y los varios textos alternativos que tenía para los capítulos que llevaba escritos…



imagen: fotograma del film L'Enfer, de Claude Chabrol


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