Por MauVenom
Este niño del que les hablo estaba impresionado con el color verde por la
simple razón de que así era el auto de la casa, en la escuela, sin embargo,
admiraba el negro de la tinta porque le daba seriedad a sus letras, por otro lado, la pluma roja tenía capacidad
de hacer que todo se viera importante, urgente. Deslumbrado también por una mariposa azul eléctrico y las luces neón de aquellas dos ciudades. Otro verde
presente era el de los ojos de su madre aunque al chico se le hacían tan normales como los azules de su padre… pero la mirada
gris del abuelo era cosa aparte. A este niño le compraron mil pinturas y con
todas ensayó, mezcló y en algún primario momento atravesó la idea de dedicarse
a las artes gráficas, pero no, el inventario ofrecido por la naturaleza era insuperable y ninguno de esos lápices lo pudo igualar nunca.
Impresionante; la policromía de los peces vistos a través del agua
cristalina del acuario.
Este adolescente descubrió que el color negro en la sala laqueada como
piano era fuerte y retador como sus propias emociones. La estética de aquellos
años ayudó a crecer la manía y todo cuanto llegó se tornó negro, incluso los
amigos se tiñeron para todos caminar por la calle en un uniforme que pretendió ser una rebeldía con clase. De aquellos días se
quedaron también los ojos obscuros de aquella chica que fue obsesión, el blanco
impoluto de las paredes que resaltaban todo, el azul de la aerolínea que llevó
y trajo, el color cobre de la piel bronceada y el logotipo de un
perfume presente que lleva en su nombre el pantone completo.
Único; el negro de aquel gato irrepetible que con su
partida se lo llevó todo.
Este joven del que les cuento despertó un día sintiendo rechazo por la
lobreguez que lo acompañó tiempo atrás y descubrió gran alivio en aquellos
jeans azul claro y las playeras de tono simple que antes parecieron tan elementales. Probablemente fue por la vida frente al mar que el azul tomó la importancia dominante del Océano Pacífico mismo, quizá por aquel cielo de
verano que todo lo demás se manchó celeste. Iniciaron los años
cobalto en los que alternó la tranquilidad y la tristeza, la electricidad y la
fluidez, las flores del norte con las aguas del sur.
Extraordinario; el azul brillante de esa noche en el desierto donde dejé el poco corazón que quedaba.
Este hombre presente diluyó aquel azul tristeza en el agua con la que hoy riega la tierra de la cual nació este rojo implacable, calidez que parece invadirlo todo para amanecer de nuevo y vivir un esplendor que promete extender los años. Maderas, plantas
encendidas, pigmento de arena... legado de un país sin inhibiciones que arma
paisajes con arcilla. Así en el color del fuego descubro ímpetu,
promesa de vehemencia, un episodio que no pronostiqué. Integral a un mundo al cual al finalmente pertenezco.
Prodigioso; el rojo sol que veo desde esta ventana nueva como el
destino que ahora estreno.
Antes de irnos deberíamos conseguir los óleos de cada color que marcó
una etapa. Poner en un lienzo porciones de cada uno dependiendo de
cuántos años dominaron la visión, mezclarlos, el tono final será lo que en realidad fuimos. La luz que aportamos a este inentendible graffiti.
Me gustaría descubrirme brillante, luminoso.